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                                   Sesenta voces por Israel desde México


















Hay grandes libros en el mundo, y grandes mundos en los libros.

La publicación de Sesenta voces por Israel desde México fue posible por el amor a esta patria y  
sus páginas encierran múltiples visiones de un país que en sí mismo contiene infinidad de mundos.  
Con el fin de  festejar el aniversario de los 60 años de la creación del Estado, se convocó a 60 voces de  
escritores para que hablaran, con tinta y papel, del Israel que guardan en su memoria y lo que  
significa en su corazón.

Inicialmente, me comentó May Samra, que el proyecto estuvo concebido como una revista,  
pero la idea creció hasta conformar el libro que tenemos en nuestras manos.  Al leerlo, encontramos  
que Israel es:  una historia de siglos, una tierra, es una poesía, una mujer, el amor a la libertad, los  
conflictos, la solidaridad, un idioma renacido entre sus campos de frutos, flores, mares y desiertos.   
Voces que analizan, describen, narran sucesos, experiencias, y cantan a esta tierra y a su gente con  
prosas y poemas.

Sesenta voces por Israel desde México nos regala informaciones de un país lleno de vida,  
de alegría de vivir y de energía emprendedora.  Nos habla de Israel como patria espiritual de muchos  
mexicanos y de algunos de sus hijos que desearon adoptarla como lugar de residencia. Nos muestra   
innumerables logros obtenidos desde la creación del Estado, así como testimonios, sentimientos y  
lazos de amistad entre dos países hermanos:  Israel y México.

Mucho, tal vez, quedó pendiente en los tinteros, más historias, más evidencias y días vividos,  
porque, como dijo en algún momento Isabel Turrent, Cada quien tiene su propio Israel… cada quien  
encuentra en esta tierra lo que va a buscar…

A todas las personas que hicieron posible la publicación de este libro, desde la idea original   
hasta su nacimiento, doy gracias, gracias a todos ustedes por su presencia, y especialmente, gracias a  
May Samra por invitarme a compartir en este día con ustedes:



EL ISRAEL QUE GUARDO EN MI CORAZÓN

Pisé la tierra de Israel por primera vez en el año de 1974.  Bebí de sus aguas y me bañé en sus  
mares y cascadas.  Encendí el fuego de mi corazón con su gente y los bellos ojos de los niños. Y el  
viento y el aire de sus ciudades y desiertos, me robaron el aliento con que miré entonces cada  
centímetro del país.

Año de 1974, cuando las monedas y billetes que circulaban eran SHEQUELS Y LIROTS.   
Cuando la Embajada de México estaba a cargo de mi querida poeta Rosario Castellanos. Tiempo en  
que aún resonaban los sucesos iniciados el 6 de octubre de 1973, y recientemente había concluido la  
Guerra de Iom Kipur.  Golda Meir fungía como Primera Ministro, y Moshe Dayán era Ministro de  
Defensa.

En aquel ambiente fue que arribé a una tierra casi adolescente, con tan sólo algo más de una  
veintena de años después de la Declaración de su Independencia.  Arribé sin conocer el idioma  
hebreo, y con el  deseo de descubrir la Palestina de la que hablaban mis abuelos.  Descubrir la Tierra  
Santa, la Tierra Prometida, el Eretz Israel y la magia de su nombre.  Descubrir en fin, a los  
descendientes de Jacob que se llamaron a sí mismos Hijos de Israel,  los israelíes que hoy día siguen  
luchando por su tierra, su casa, su país.

Arribé gracias al trabajo que realizaba en el Instituto del Fondo Nacional para la Vivienda de  
los Trabajadores  (INFONAVIT) institución que tenía un interés especial por conocer desarrollos  
habitacionales como los que se realizaban en Israel, y gracias a una beca que me fue otorgada por el  
CONACYT  y el National Council of Development (NCDR).  Ambas instituciones tenían un Programa  
de Cooperación Técnica en el que se llevaban a cabo intercambios de especialistas.  La finalidad era  
realizar un año de estudios en materia de Asentamientos Humanos y creación de Nuevas Ciudades,  
los llamados "New Towns".

Estudié en la Universidad Hebrea de Jerusalén y fui supervisada por el Dr. Alexander Berler,  
Director de la División Socioeconómica del Ministerio de la Habitación. (Misrad ha Chicun). Me  
convertí en investigadora dentro del “Neighborhood Planning Team” a cargo del Dr. Joseph Slijper,  
grupo con el que examinamos y revisamos los conceptos básicos de la planeación de nuevas ciudades,  
barrios y comunidades.  Realicé una investigación de campo de los aspectos psicosociales de la  
inmigración judía y de los inmigrantes, la "Aliyá" y los "olim".  Así conocí muchos pueblos, ciudades y  
familias provenientes de todos los países del mundo, y que era necesario se asimilaran e integraran a  
una nueva vida.
Kiryat Gat fue la ciudad donde realicé la investigación.  Ubicada en el centro de Israel,  
cercana a Jerusalén y más cercana aún a la Ciudad de Gaza, que después de la guerra de los seis días  
estaba ocupada por Israel.  Kiriat Gat fue creada a mitad de los años cincuentas por 18 familias  
procedentes de Marruecos. Su población aumentó rápidamente con una mayoría de inmigrantes  
judíos procedentes del norte de África. Su economía se basó inicialmente en el procesamiento de  
productos agrícolas de la región como el algodón y la lana. A principios de los años de la década de los  
70´s  adquirió el estatus de municipalidad y se convirtió en la ciudad de Israel numero 31.  De ella  
recuerdo aún sus pequeñas calles y edificios, y sobre todo, las sonrisas de aquellos niños que me  
seguían curiosos mientras realizaba las encuestas a los habitantes del lugar.
En aquellos años setentas, el objetivo habitacional, era estimular la descentralización de la  
población de las grandes ciudades como Haifa, Tel Aviv y Jerusalén.  Significaba una intensa  
planificación del país en su conjunto, aumentando las oportunidades de trabajo, servicios y  
entretenimiento para que llegaran a todos los inmigrantes en zonas de desarrollo.  Los principales  
problemas sociales en aquellos "nuevos asentamientos urbanos" estaban relacionados con el arraigo e  
integración de poblaciones heterogéneas. El gran objetivo era, transformar en un corto período de  
tiempo, a aquel gran número de personas con diversas costumbres, ocupaciones, lenguas, en fin,  
asimilar culturas diferentes en una misma tierra.

Gracias a algunos recuerdos que guardé en mi memoria, y a mis padres que coleccionaron las  
cartas que les enviaba para contarles cada paso de aquel viaje maravilloso, puedo reconstruir,  
después de mucho tiempo, las presencias y los hechos que aún viven en mi corazón.

Recuerdo que el día que pisé el pequeño aeropuerto de Tel Aviv, ahí estaban esperando Arie  
Comay y Batsheva, su esposa. De origen chileno, Arie era funcionario del Prime Minister Office y  
representante latinoamericano de los estudiantes extranjeros, y lo mejor, amante de la poesía y  
poeta. Había un delicioso clima de 20 grados de temperatura, y mis ojos ávidos por capturar cada  
instante del recorrido hasta Jerusalén.  Aún sin hablar el idioma, mis primeras palabras en hebreo  
fueron:  ani lo medaveret ivrit tovtodá ravá,  boker tov,  laila tov.  Mis siguientes palabras: ¡ iofi !  
bet zeider, sabra.  Entonces entendí que los amigos y hermanos nacidos en el Estado de Israel se les  
llamaba sabras, que en español significa tuna, la fruta de un cactáceo del desierto que, como ellos, es  
espinosa por fuera y dulce por dentro.  Y así fui encontrando a mis amigos, a mis sabras inolvidables  
que me enseñaron una forma de vida distinta y una visión del mundo, del amor y de la libertad que no  
conocía.

Las calles estaban llenas de soldados con bayoneta en mano.  Al principio esto me asustaba un  
poco, después, cada soldado, era un hermano más protegiendo a la población civil, a las familias, los  
niños, las casas y las fronteras.  Y así encontré el sitio donde habité en Jerusalén, rodeada de canteras  
rosadas en la calle de Keren Hayesod  # 17 entrada guimel, a unos pasos de la calle de Jaffo y del  
Hotel King David.  Una casa que compartía con Shula Mitavski y donde me visitaron amigos queridos  
con quienes estudiaba y paseaba por Israel.  Porque al tiempo de estudio le robé instantes para viajar  
a todo lo largo y ancho del país.  Porque esperaba los días de vacaciones para subirme en un camión  
de Egged y emprender camino a cualquier parte.
Mientras estudiaba, visité decenas de veces la Ciudad Vieja de Jerusalén.  Penetré sus  
murallas a través de cada una de sus puertas;  conocí sus barrios, el Muro de los Lamentos, la Vía  
Dolorosa, el Santo Sepulcro; en el mercado musulmán compré objetos exóticos, y comí pitas y faláfel.   
Viajaba a Haifa, a Tel Aviv, a Richon Le Zion donde viven primos de mi familia. Descendí a 400  
metros del nivel del mar,  floté en las aguas sorprendentemente aceitosas del Mar muerto, y me quité  
algunos años cubriéndome con su lodo negro, que seguramente fue el cosmético que utilizó la bella  
Cleopatra.
También  había reuniones, fiestas, convivios, y desde mi arribo, Arie Comay me presentó a la  
poeta y embajadora Rosario Castellanos.  Mujer cuya vida y obra se desarrollaban en un tiempo de  
conflictos mundiales e ideologías radicalizadas. La soledad era una de sus musas.  Y con cariño nos leía  
sus poemas mientras comíamos panuchos y antojitos mexicanos deliciosos. Uno de tantos días la  
escuchamos leyéndonos su poema:
Apelación al solitario
Es necesario, a veces, encontrar compañía.
Amigo, no es posible ni nacer ni morir
sino con otro. Es bueno
que la amistad le quite
al trabajo esa cara de castigo
y a la alegría ese aire ilícito de robo.
¿Cómo podrás estar solo a la hora
completa, en que las cosas y tú hablan y hablan,
hasta el amanecer?
Y nos amanecíamos hablando de política y poesía. Varias veces estuve con ella, siempre  
elegante, impecable, con su cabello recogido y su collar de perlas. Hicimos planes para realizar en  
Israel un concierto con mis padres, Rosita Rimoch y Armando Montiel, a quienes ella conocía y  
admiraba. Dos días antes de su muerte la visité, estaba triste.  Dos días después me anunciaron que  
Rosario, siempre en la primera línea contra la discriminación y desigualdad de relaciones y derechos  
de la mujer, había muerto en Tel Aviv. La lloramos, muchos que la queríamos la lloramos.  
Paradójicamente al año siguiente de su muerte, se celebró el Año Internacional de la Mujer, iniciativa  
suya por la que luchó y no pudo ver culminada.  Rosario vive en mi corazón.
En aquellos días, y actualmente también, me gustaba soñar, imaginar, obstinarme con el pensamiento  
hasta lograr algo. Soñaba con conocer el Parlamento israelí, la Knéset, no únicamente en su exterior  
como cualquier turista, sino por dentro.  Conocer aunque fuera de lejos a Golda Meir, a Moshé Dayan,  
y observar a sus miembros en sesiones de trabajo, hablando, discutiendo.  Y sucedió que conocí a un  
joven de nombre Hallil, quien resultó ser hijo del representante beduino en el Parlamento. Nos  
hicimos amigos.  Gracias a él pude realizar mi sueño, entré al Parlamento. Vi, a través de los inmensos  
ventanales de forma semicircular, a aquellos personajes de la historia.  Con Hallil, también conocí una  
de las ciudades más antiguas del pueblo judío, Beer Sheva y su pintoresco Mercado Beduino  
pletórico de vestidos y artesanías orientales. Y después de pasearme ese día en un camello, durante  
varias horas seguí sintiendo el extraño vaivén con que caminan los dromedarios.
Así llegó el día de las fiestas de Pessaj, y la Universidad Hebrea de Jerusalén anunciaba un viaje  
al Desierto del Sinaí del 9 al 14 de abril.  Ni corta, ni perezosa, recorrí las tiendas y me compré un  
sleeping bag, bolsas de campamento, linterna, cantimplora  y  zapatos antiresbalantes.  Dormiríamos  
con la cara a las estrellas, y como era necesario protegerse del frío, Avi me prestó una chamarra vieja  
que usó cuando fue soldado durante la guerra de los seis días.  Enia Ofri, de Petah Tikva, se convirtió  
en mi intérprete, mi compañera de viaje y amiga.  El recorrido era en hebreo y fui comprendiendo los  
sonidos de una lengua renacida que poco a poco se hizo familiar a mis oídos.

El viaje inició recorriendo el camino a orillas del Mar Muerto hasta llegar a Eilat.  Aún puedo  
ver esa bella playa en Dahab, donde juntos cantábamos, cocinábamos y descansamos por la noche.     
Visitamos el Cañón rojo de Eilat que recuerdo bajo el nombre  de Cañón de Mevohim, aquella grieta  
de formas caprichosas labrada por la erosión, que me pareció una de las más bellas esculturas  
naturales que había visto hasta entonces.  Llegamos a la punta de Ras Muhamad, donde se cruzan el  
canal de Suez y el Golfo de Eilat. Desde ahí  pude apreciar lejanamente la tierras Jordana y Egipcia y el  
comienzo del Mar Rojo. Visitar entonces aquellos países era imposible por razones políticas y  
cuestiones de guerra, y el camino sólo nos permitió llegar hasta la ciudad de Sharm El Skeikh en la  
punta sur de la península del Sinaí.  Hoy en día este lugar es conocido mundialmente por sus altas  
montañas, sus playas de agua cálida y transparente y su exótica fauna marina. En su origen fue un  
pequeño pueblo pesquero israelí, que años más tarde, tras los acuerdos de Campo David, Israel  
devuelve a Egipto  convirtiéndose, debido a su importante posición estratégica, en una base naval  
egipcia.

En el recorrido arribamos a Atur en el desierto de Wadi Firán, con su soledad y sus beduinos  
que corrían a saludar cuando pasábamos a su lado.  Hombres en camellos y mujeres tapadas con su
«niqab» atuendo que les cubre todo el cuerpo y sólo deja ver sus ojos.  Y de repente, en aquel paisaje  
de arenas insoportablemente caluroso, apareció frente a nosotros el Oasis de Firan.  Miles y miles de  
palmeras y agua dulce, casas y chozas, templos y cementerios beduinos.   Y a toda aquella  
indescriptible sorpresa a cuestas, se sumó otra palabra hebrea que aprendí con dolor e indignación:   
hadashot, hadashot, noticias noticias:  El 11 de abril de 1974 , tres miembros del Comando General en  
el Frente Popular para la Liberación de Palestina , penetraron desde el Líbano a la ciudad fronteriza  
israelí de Kiryat Shemona. Los terroristas mataron a dieciocho residentes de un edificio de  
apartamentos, entre ellos nueve niños. Una matanza que conoció el mundo entero como la "masacre  
de Kiryat Shemona".  Entonces derramé lágrimas que no conocía, lágrimas por desconocidos  
inocentes en medio de una guerra que aún hoy día me es incomprensible.

Con toda aquella tristeza compartida proseguimos el viaje.  Teníamos que escalar la Montaña  
de Moisés y sus 4, 000 escalones, donde el profeta esperó 40 días a que le fueran dictadas las tablas  
de la ley.  El difícil ascenso comenzó a las 2 de la mañana, pero se hizo menos difícil todos tomados de la  
mano, cantando y pensando que lograríamos ver el amanecer en lo alto de la montaña.  Hacía mucho  
frío, apreté la chamarra de Avi contra mi cuerpo, y no me olvidé de llevar conmigo ni la cantimplora, ni  
la linterna para la caminata.     120 jóvenes, 4 madrijim, los guías, y una luna llena que fue la luz, la  
menorá que nos alumbró el ascenso.   Arribamos a la cima a las 5 de la madrugada, en el momento en  
que el día comenzaba a nacer.  El espectáculo que vi no tiene palabras suficientes para describirlo.   
Aquel hermoso sol amarillo y arenoso que desplegó sus destellos entre las nubes, las montañas y la  
naturaleza milenaria, me pasmó. Aún hoy vive en mis ojos y en el silencio de mis recuerdos.  En medio  
de la inmensidad que nos rodeaba descansamos largo rato admirándola para no olvidar, y comenzamos  
el descenso.  Cada paso entre rocas antiquísimas, entre polvo añoso, y de repente ante nosotros, el  
Monasterio de Santa Catarina. Un monasterio beduino impresionante en  mitad del desierto y  
oculto entre las montañas. Construido donde la tradición supone que Moisés vio la "zarza que ardía sin  
consumirse", uno de los más antiguos que hoy en día continúan habitados. Se le conoce también con el  
nombre de Monasterio de la zarza ardiente, y en el año 2002, fue declarado Patrimonio de la  
Humanidad  por la UNESCO.

(Durante el regreso a Jerusalén, calladamente sentí que acababa de vivir como una habitante más  
en las páginas del Antiguo Testamento).
  
Días más tarde se festejaba el 26 aniversario de la Independencia de Israel.   En la  
ciudad de Jerusalén y en todo el país resonaba la música, los cantos judíos, los shirim extraídos de las  
plegarias, los salmos, y composiciones de carácter nacional como la famosa canción "Jerusalem de Oro",  
de Naomi Shemer. Todos entonábamos a coro nuestras voces en idiomas hebreo, ladino, idish, y los  
bailes se manifestaron en cada rincón:  en los teatros, en las calles y en los campus de las  
universidades. Las Compañías de danza Bat Dor y Bat Sheva, bailaban tonadas orientales, yemenitas,   
jasídicas, joras. Orquestaban sus sonidos, guitarras como el ud turco, el kinor arpa o violín, las flautas   
zurna, y jalil, y tambores como el dehula, y el darbuka que eran seguidos por aplausos que también  
sonaban como un instrumento más. Y no faltó la música klezmer de los judíos askenazíes de Europa  
Oriental, que entonces escuché en concierto con el extraordinario Giora Feidman  y su clarinete que  
más que cantar, habla.

Y yo quería hablar hebreo, y escribirlo y comprender cada palabra que escuchaba.  Me inscribí  
en el Ulpan Moadón Haolé y mi maestra, mi morá, se llamaba Rachel.  Luche con las letras, con la  
ausencia de vocales, y medio aprendí a leer con los puntitos que indican la vocal correspondiente a la  
palabra.  Logré algo, pero desistí más tarde por falta de tiempo.  Quería robárselo a los estudios y  
conocer aún más el país.

Entre mis investigaciones y días de trabajo de campo, descubrí el anuncio de un tiyul, un paseo  
al norte de Israel. No dudé un segundo y me anoté en el viaje. Zvica, manejaba aquel autobús lleno de  
estudiantes y jóvenes ávidos por conocer estas partes del país tan distintas a las del Desierto del Sinaí.   
Días espléndidos en los que mis ojos admiraron con brevedad la ciudad milenaria de Cesarea, con sus  
ruinas romanas, bizantinas y de la época de las cruzadas. Su acueducto y su anfiteatro me  
sorprendieron. Cesarea con su valor arqueológico, años más tarde, sería declarada Parque Nacional.
No olvido la fábrica de madera de olivo en Hannah que perfumaba el aire.  Ni las Necrópolis  
judías en Beit Shearim con sus catacumbas del período romano. Ni Nazareth y la iglesia de la  
Anunciación.  Y en el recorrido a orillas del Mar Mediterráneo, me maravillaron las grutas de Rosh  
ha Nicrá en la frontera con Líbano, y a unos cuantos kilómetros la playa de Naharía donde me  
detuve a mirar el horizonte.  Y lo que me pareció un lugar definitivamente fascinante fue la ciudad de  
Acco o Acre, una de las ciudades más antiguas del mundo también de la época de los Cruzados,  
amurallada, llena de iglesias, mezquitas, ciudades subterráneas, baños turcos y mercados orientales.

Y por el camino de Maalot, fue como  llegamos hasta Galilea y entramos a la más antigua  
sinagoga del período del Segundo Templo cerca de Jericó: Peki´in.  La vista de olivos fue maravillosa,  
lo mismo que Carmiel, conocida como “el Corazón de la Galilea” o “la Ciudad de la Coexistencia”  
debido a los esfuerzos que se han hecho para lograr una comunidad verdaderamente multi-cultural.

Al arribar al pueblo encantador de Sfad, con sus estrechas y laberínticas calles empedradas,  
entramos a dos sinagogas antiguas y a un barrio de artistas llamado Kiriat Hatzaiarim.  Comimos en el  
kibbutz GONEN, atravesamos el río Jordán y paseamos en las hermosas caídas de agua en DAN  
Visitamos un pueblo frontera con Líbano, en aquel entonces de tan sólo 300 familias, llamado  
METULA.  De ahí llegamos a la frontera y a Kiriat Shmone, a aquel pueblo masacrado del que  
escuché noticias cuando me encontraba en el Sinaí.  Y para diluir un poco estos recuerdos nos  
internamos en los depósitos y caídas de agua extraordinarias de BANIAS donde nos empapamos como  
niños traviesos.

El viaje estaba llegando a su término.  Me faltaban miradas para capturarlo todo, y las cámaras  
fotográficas de entonces no eran como las de ahora.  Había que recordar y grabarlo en la memoria.  Por  
ello, nunca pude olvidar aquellas fortificaciones de Masada, erigidas en lo alto de un monte con forma  
de meseta en los bordes orientales del desierto de Judea.  Me sorprendió que esta fortaleza fuera  
construida como un lujoso palacio para albergar a Herodes, que no se sentía seguro en una Jerusalén  
gobernada por los romanos.

De mis pasos sobre las tierras del destruido pueblo fronterizo con Siria de QUNEITRA, y del  
cañón y la placa donde quedaron inscritos algunos nombres de los soldados muertos, aún conservo  
fotografías.  Quneitra está ahora en una zona desmilitarizada y controlada por la ONU.  Para visitar el  
área se necesita permiso especial de las autoridades sirias.

Entre los paisajes del Monte Hermón, del Monte Thabor, Tiberias y el hermoso lago de  
KINNERET, conocido como Mar de Galilea llegó a su fin nuestro paseo. Regresamos a Tel Aviv y yo  
hasta mi amada Jerusalén.

Viví en Israel en el momento en que sucedía lo que ahora es historia, entre días en que se daban  
los primeros pasos para construir un país que en pocos años germinaría en el Israel que ahora  
conocemos. Habría querido tener los ojos más grandes y más amplia la mirada para atrapar cada  
rincón, cada instante de fuerza y savia en esta tierra israelí llena de vida. Tierra donde vi sembrados  
infinidad de cítricos y dátiles, de aguacates que no cabían en mi mano y frutos de néctares dulcísimos.   
Tierra yerma transformada en vergeles, en oasis en medio de desiertos gracias a su espléndida  
tecnología de riego por goteo.  Tierra con la que soñaban mis abuelos, pero decidieron viajar a América,  
arribar al Puerto de Veracruz, y besar el suelo mexicano. Tierra que respiré con un olor distinto, olor  
de patria nueva.  Donde aprendí a percibir la pesadez de los hamtzín, aquellos vientos leves cargados  
de arena diminuta que vienen del África y dificultan el respiro.  Tierra que me enseñó también a  
respirar los días de otro modo y valorar la tenacidad de los ideales.  Tierra de un mar muerto y mares  
dulces, motivo de disputas diplomáticas, guerras y enfrentamientos.  Tierra que siembra nubes en sus  
cielos para luchar contra la sequedad de los desiertos.  Tierra que encendió el fuego de mi casa, una  
casa que se extendió a todo lo largo de las calles y de las avenidas de Jerusalén-Yerushalaim, y de los  
pueblos de un país que con su gente, derramaron en mi corazón el sentir de un amor distinto, solidario,  
esperanzado.  La idea de una vida en paz como el shalom de su saludo.

MUCHAS GRACIAS

                                                                                          Andrea Montiel Rimoch
                                       Otro lugar de la Mancha, Polanco, 2 de julio, 2009
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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