Designed by Domingo
ROGELIO CUELLAR:   Una conciencia ante las maravillas de lo cotidiano

















Solitario en búsqueda de encuentros, cómplice de las miradas silenciosas, apasionado  
que camina día a día con los poros bien abiertos frente a la vida y que aún no pierde  
la capacidad de maravillarse ante lo simple y cotidiano.  Amigo de los amigos,  
magnífico cocinero, degustador de cerveza y cigarrrillos que casi siempre deja  
consumir sobre los ceniceros.  Coleccionista gozador de la pintura, escuchador atento  
de la música, lector asiduo de narraciones y poesía y amante declarado de la luz y de  
las sombras, ese es Rogelio Cuéllar.

"La fotografía es mi pasión. Una forma de vida y una actitud de la vida ante mí".   
Porque para Rogelio Cuéllar la fotografía lo enfrenta, lo obliga a una observación que  
en él es, más que costumbre, parte de sí mismo, necesidad de comunicación, de  
transmitir lo que siente, decir lo que piensa y escapar de las rutinas. Porque admirar  
lo cotidiano, atrapar todo lo que sucede a su alrededor, desde la gente con la que se  
topa en las calles al caminarlas, gente que conoce o desconoce, hasta acercarse a  
lugares plétoricos de ausencias, es romper con las rutinas.   Así, capturar y  
apropiarse de lo diario, desde lo más hermoso hasta lo más terrible es para Rogelio  
Cuéllar, estar vivo.

Su encuentro con la fotografía se remite a la segunda década de sus años, la de los 17,  
cuando la pintura y la motivación por lo estilístico lo inquietaban.  Pero como todo en  
la vida es causalidad mas no casualidad, una cámara prestada llegó a sus manos y  
entonces sintió que la fotografía sería una forma, un lenguaje a través del cual se  
expresaría a plenitud.  "Yo era introvertido, solitario, me gustaba conocer lugares  
solo y mi timidez e inclinación por el silencio fueron entonces mis formas de  
comunicación con los demás".

Y así comenzó a tomar fotografías.  Inmediatamente después buscó la forma de  
revelar sus rollos e imprimirlos. Enseguida deseó mostrar su trabajo y la oportunidad  
para publicarlo, ya que como pasatiempo resultaba desde entonces, demasiado caro.    
Acudió a editoriales, revistas, periódicos, hasta que llegó el tiempo en que  
comenzaron a comprarle sus fotos para ilustrar cuentos y poemas.   Las  
publicaciones se incrementaron y así surgió la posibilidad de trabajar y vivir de la  
fotografía. Rogelio Cuéllar inicia su vida profesional en el fotoperiodismo. "Como  
reportero gráfico siempre busqué tener un panorama muy abierto, con intereses  
diversos y cumplir con mi inquietud de lograr pasar de un tema al otro.  Esto me  
llevó a acercarme a la danza, el teatro, la literatura, la música y los creadores, todas  
aquellas personas que trabajaban en esos campos.  Ahí, con todos ellos fue donde me  
encontré más a gusto pues día con día, hasta hoy, ha sido aprendizaje continuo".












Aunado a este interés por la cultura Cuéllar comienza a hacer fotografía etnográfica,  
a captar imágenes en comunidades indígenas diversas.  Por estos tiempos se  
atravesó en su vida el nunca olvidado movimiento político del año de 1968, días  
definitivos que en él dieron paso a un principio de conciencia como ser social, días que  
movieron y marcaron, si no la militancia, toda una nueva actitud en su fotografía.   
Esta experiencia definitiva lo llevó a trabajar al periódico Excelsior y a integrarse por  
primera vez a un grupo profesional, el grupo fundador de la revista Proceso:  "fue  
como entrar a la universidad del periodismo, enfrentarme con todo mi país y adquirir  
una profunda visión crítica de los hechos".

Y así como la luna es el astro de los ritmos biológicos, dueña de los ciclos que crecen,  
decrecen y desaparecen, así Rogelio Cuéllar cumplió un ciclo de su vida profesional en  
la revista Proceso.  Ahora da comienzo a una nueva etapa de su vida: decide hacerle  
caso a su afán de libertad, a la necesidad de ejercer su individualidad, trabajar por su  
cuenta y ser el dueño de su tiempo y de lo que con él realice.  Libertad en el sentido  
más amplio, en el de ese trabajo que obliga a ser más exigente, más disciplinado y  
más autocrítico con uno mismo.  Y con la angustia como musa, con esa pequeña dosis  
de angustia que tanto bien le hace al proceso creativo, se inicia - como él la llama- la  
parte lúdica de su fotografía: el recorrido por las calles, el encuentro con sitios vacíos  
o aquel otro con gente, las confrontaciones buscadas o aquellas fortuitas y el "clic,  
clic" de la cámara.













Después de esa intensidad y esas compañías, un segundo momento, el de estar solo,  
en su estudio, en su laboratorio escuchando música y trabajando, cinco, siete o más  
horas.  Esto le encanta, le encantaría no salir de este precioso encierro en varios días,  
solo entre libros, catálogos, carteles y discos, solo luchando con la luz con la que  
'escribe' sus fotos.  La mitad de la magia en unión con lo fotografiado y el resto, la  
magia del asombro ante lo que encuentra mientras revela lo captado.  Ahí la pasión  
se le une porque todo puede controlarlo, jugarlo a su antojo: crecer los blancos,  
aumentar las sombras, ampliar la gama de los grises, seleccionar un encuadre y  
editar un fragmento de lo real.  A fin de cuentas recrear la realidad, su realidad.

La luz natural es algo que lo mueve mucho, tanto su estado de ánimo como a nivel de  
piel, pues aunque no la mire, la siente, la ama desde la madrugada hasta el atardecer  
y son sus diferentes momentos los que le dan el perfil de la foto, la motivación para  
captar un rostro, un paisaje, una cosa.   Luz que da a luz blancos y negros, porque  
Rogelio Cuéllar no ve el color en el sentido fotográfico, y aunque ha realizado fotos a  
color, al no revelarlas él, aparecen colores y sombras que nunca vio, y su deseo es  
que todo lo que mira en realidad salga en su fotografía, pueda manejarlo a nivel  
técnico y tener el control total sobre el instante.  Ese instante donde su ojo se posa,  
instante que no es conceptual sino más bien visceral, que lo siente frente a frente en  
una situación provocada o de encuentro, por condiciones lumínicas y contrastes  
buscados, que están ahí o por la circunstancia misma.  Así en esa fracción de segundo  
en el que oprime el disparador entran en juego todos los mecanismos técnicos de la  
cámara, la película, las lentes, en ese fragmento ínfimo de tiempo se acomoda todo,  
pero lo más importante es su angustia, lo que Rogelio Cuéllar siente al apoderarse de  
la foto, angustia provocada por la duda de si aquello que vio y le emocionó podrá  
recrearse con toda su intensidad y precisión.

"Siempre vivo una desesperación interna hasta el momento en el que revelo la foto y  
la veo plasmada sobre el papel.  Desde que escucho el 'clic' de mi cámara sé  
exactamente a que tiempo estoy tomando la fotografía, con el tacto me doy cuenta de  
la abertura del diafragma y cuánta luz permito que entre.  Después la exposición  
larga o corta en el trabajo de laboratorio me permite enfatizar presencias,  
difuminarlas, esperar a que algo suceda hasta lograrlo, en fin busco la fuerza hasta  
encontrar el deseo".

Y ahí están las fotografías de Rogelio Cuéllar con toda su fuerza expresiva, con una  
especie de ritmo poético y de armonía interna que es el resultado del respeto que él  
tiene hacia todo lo que capta. Porque Rogelio se acerca silenciosamente hacia las  
personas anónimas, como no tocándolas aunque algo roba de sus individualidades,  
roba imágenes que no le pertenecen,  que no son suyas hasta apropiárselas.  Sin ser  
violento y sin pedir permiso las captura, sin pose, sin actitudes estudiadas.  De esa  
intromisión respetuosa aprendió mucho en su trabajo etnográfico, la clave dice: "es el  
infinito respeto e interés por las personas aún sin conocerlas".   Respeto también  
para los espacios solitarios en los que aparecen puertas, escalinatas, ventanas y  
caminos. Aparecen cortinajes o faldas femeninas donde toma presencia el viento y la  
lejanía, aquella que sólo puede verse cuando la mirada se pierde tras el horizonte.

Algo muy distinto son sus retratos de creadores. Aquí el proceso tiene otros  
recorridos.  Aquí existe una preparación más exigente a nivel intelectual aunque en  
el fondo simple.  "La primera regla es saber a quien voy a fotografiar, conocer no sólo  
su nombre sino cuál es su trabajo, sus temas, su obra creativa,  y así conformar un  
acercamiento hacia la persona.  Y ya que toda obra de un creador posee el reflejo de  
su personalidad, mi inquietud es conocer a la persona a través de su trabajo.  Así  
puedo enfrentarla, introvertida o extrovertida, ruidosa o callada, excéntrica o  
discreta.  Esto me permite contar con una especie de picaporte para acercarme a  
ella".













Para lograr estos retratos, Rogelio Cuéllar conversa antes, durante y después de su  
trabajo, procura el encuentro en varias sesiones, mira, mira a los ojos, porque nadie  
puede mentir con la mirada.  Procura entonces captar al ser humano y su quehacer  
creativo, no a alguien que actúa.  Su búsqueda va tras la persona que desea conocer,  
así como sucede en la amistad, poco a poco y al mismo tiempo con la rapidez que la  
fotografía requiere: "vengo a conocerte y quiero la complicidad de tu mirada"  y así lo  
logra, porque un creador siempre comunica infinidad de cosas, un creador es la  
expresión que plasma en su trabajo.  Ahí están los perfiles de Corzas, Carrington y  
Macotela, o las miradas penetrates de Nakatani, Cuevas y Gironella.  Están la soltura  
y entrega de Rippey, Lara y Rahon.  Infinidad de rostros, cuerpos y actitudes de  
escritores, pintores, artistas todos que siempre tienen algo que decir.

Pero Rogelio Cuéllar suma a esta comunicación y complicidad de miradas su disfrute  
al estar solo, no a sentirse en soledad sino acompañado de esa plenitud, placidez,  
nostalgia y belleza que para él tienen los espacios vacíos, abandonados de rastros y al  
mismo tiempo llenos de huellas, lugares donde no existe presencia humana y en los  
que encuentra las no presencias: "estar solo ante esto me conduce al silencio y si  
acaso algo escucho y miro son los murmullos y las huellas de la ausencia, así logro  
estas fotos que más que solitarias para mí son silenciosas".


Y así, silenciosos y sutiles son sus desnudos, cuerpos sin rostro que poseen un  
lenguaje propio, cuerpos que parecen estar más que iluminados, emanando luces.   
Senos, muslos, nalgas como surgidos de un rugoso tronco de madera; lechos recién  
abandonados donde sólo existe una luz que atraviesa la ventana; torsos y espaldas  
que apenas se vislumbran tras los mosquiteros; una mujer que da a luz a la luz  
misma, porque aquí la luz posee cuerpo,luz-cuerpo que se refleja sobre el agua y se  
sumerge en ella, contraluz-cuerpo que se desparrama como una tela sobre otro  
cuerpo,luz-sombra que juega y dibuja a una mujer zebra, luz-viento que parece  
aroma que se corporiza, luz-eco donde los silencios se repiten a sí mismos, silencios y  
resonancias que se convierten en habitantes de la imagen.

Y ya que la luz es una especie de tinta con la que las fotografías se escriben, yo con  
esta tinta escribo:

                                                        La luz entra por los ojos
                                                        penetra por el cuerpo
                                                        y
                                                        al mirar
                                                        la devolvemos renovada.
                                                                      Unos se iluminan.
                                                                      Otros la apagan.

La luz con que Rogelio Cuéllar escribe sus fotografías siempre la devuelve renovada,  
con ella ilumina miradas, cuerpos y espacios solitarios.  Con ella ilumina y descubre  
esas maravillas que habitan lo cotidiano.


                                                                                                Texto de Andrea Montiel
                                                                                                                     para el  artista
                                                                                                                           marzo 1994
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
Taller Tinta Libre
Biografías
Eventos
Colaboraciones
Page by Domingo