Designed by Domingo
Miguel Ángel Flores: Isla de invierno

Con la costa del mar de fondo inician los poemas del libro ISLA DE INVIERNO de Miguel Ángel Flores, y de inmediato percibimos a un observador-poeta frente al paisaje que viven sus ojos y aquel que le habita dentro. Luz, lluvia y niebla, ocupan el primer verso de LITORAL, palabras que nos internan en aquella atmósfera de lo indeterminado, del oscurecimiento necesario y predecesor de revelaciones importantes, o musicalmente hablando en una especie de preludio del encuentro con la luz. Y ahí, entre las primeras páginas rodeada de mar, la luz es personaje que dibuja, labra, se convierte en espejo y refleja sueños a manera de agua inerte, agua de pesadillas, o la voz del otoño que suena a bronce. La queja del mar se escucha entre heridas y llagas. En los poemas surge un olor a olvidos y nostalgias que en soledad evocan mujeres edificadas de fragilidad, pelo desordenado, piel de mármol y cuerpos escultura. En LITORAL, el día de Miguel Ángel Flores sangra, el mar lava el rostro del viento y todo se resume en el epígrafe de Wallace Stevens que acertadamente incluye al principio de este primer canto: La imaginación es el deseo de las cosas...

Con esa imaginación da paso a su segundo canto, FRAGMENTOS DE UN MUNDO, donde prosigue el mar, y ahora las islas, territorios que penetra con su tinta para cantarle un himno a esa arcilla de los antepasados que nunca dejará de ser asombro ante los ojos, limbo del crepúsculo, sueño del barro y de la carne antigua. En la trayectoria, la sequía, la sed, un ansia de vida, deseo de lo verde que más tarde le conducen a un recorrido entre hazañas y leyendas, a observar el laberinto de la noche y mirar como un edificio se convierte en huésped bajo la luz de la luna, y ahí, en cada cuarto una oración de calamidades, un cúmulo de insomnios en rebeldía.

Aún con todo, el placer cabalga transformado en cazador que despliega flechas ante la desnudez que la noche regala, y después surgen las preguntas, los enigmas, y cito:

Fantasmas sin rostro/ ¿Con qué linternas recorren el mar de hielo/ En la ignota distancia, qué luz los guía?/ Remeros de la muerte, portadores del oráculo,/ ¿Encontraron lo que buscaban?


También surgen las visiones de celestiales criaturas, desnudas, incandescentes, inasibles, ángeles cuyos dedos hacen surgir la música y el canto del laúd, un canto inarmonioso que conduce desde la estridencia, hasta la monotonía e insipidez como aquella contenida en un lecho solitario. Surge el estío y una búsqueda de luz en las jornadas, un verano a punto de morir, castillos cuyos perfiles interrumpen el horizonte y extrañas imágenes como ésta, y cito:

Los cisnes en el parque y su torpe movimiento, /Esculturas de pluma, son naves de ensueño en el estanque..


o esta otra de religiosidad que remite al ridículo o como el mismo Miguel Ángel Flores califica en sus versos una historia que se registró en lienzos de aflicción:

El monje de cabeza, /La soga en los pies. /En la boca torcida Adivinamos el grito.


Así el observador-poeta prosigue frente al paisaje con sus ojos-corazón describiendo lo que a su paso encuentra, lo que a su paso siente, colores, soles amarillos, árboles repletos de deseos y su deseo de hacer real lo real como cuando dice:

Clavo en ti una flecha/ Se anudan las lenguas. /El mundo eres tú y yo soy ese mundo.


Pero es la soledad la que regresa, la que es real, la ocupante de la vida donde el cielo queda vacío, los segundos son grises y la libertad incolora. Así los versos vagabundos de Miguel Ángel Flores, van del templo donde dicen que Dios habita, hasta el enigma de la brujería; desde la cripta donde descansan nuestros sueños, hasta un parque donde alguien huye de su propia sombra. Sin embargo huir de nada le sirve, la lluvia siempre lo alcanza, como música vehemente, que oculta la melancolía...

Al fin arriba a esa ISLA DE INVIERNO de su tercer canto, involuntariamente, dice, pues en ella la luz es más sombra y la morada es más bruma, y en sus palabras:

Siegan la luz: monte de sombras.
A ciegas caminamos por el sendero, un báculo oscuro nos guía..


Pues desde que el hombre aparece sobre la tierra camina por senderos ciegos, duda de las formas; como todo tiene un comienzo y también finaliza, en eterno cambio de piel junto con la metamorfosis del tiempo. Así entre el rito del invierno como paisaje, la luz como un deseo de encuentro, Miguel Ángel Flores llena de voces diversas las páginas de este libro, páginas que esconden muchos secretos, poemas que recorren multitud de estancias en esa isla donde no se llega sino hasta el término de una navegación o un vuelo, isla-refugio, lugar ideal para liberar en soledad los sueños y los deseos.

                                                                                                                     Andrea Montiel


                                                                                        (Palabras en la presentación del libro
                                                          en la Galería Metropolitana, UAM, 6 septiembre, 1996)
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
Taller Tinta Libre
Biografías
Eventos
Colaboraciones
Page by Domingo