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MANUEL FUENTESquien ha encontrado la voz de la piedra




                                                                 La piedra, símbolo del ser, de la cohesión y de la  
                                                                 conformidad con uno mismo, a través de su  
                                                                 dureza y duración siempre impresionó a los  
                                                                 hombres.  En ella vieron lo contrario de lo que  
                                                                 posee vida, pero también una conjunción de  
                                                                 unidad y fuerza al mismo tiempo que  
                                                                 desmembramiento.  Música petrificada de la  
                                                                 creación, la piedra fue adorada por los primitivos,  
                                                                 rodeada de leyendas y mitos y a la que se le  
                                                                 otorgaron poderes y sentidos mágicos y  
                                                                 milagrosos.  Al transcurrir los siglos, con ella se  
                                                                 construyeron templos e infinidad de edificaciones.   
                                                                 Fue tallada, moldeada, erguida, santificada y así,  
                                                                 esta primera solidificación del mundo creador dio  
                                                                 origen a la escultura.

   La Biblia dice: "al dar con el cincel sobre la piedra se la profana".  Manuel Fuentes es un  
escultor que ha profanado la piedra rompiéndola, tallándola, escarbándola hasta darle la  
forma que él desea.  Sin bocetos ni maquetas la talla de manera directa y la propia piedra  
le dicta con su muy particular sonido en que momento la debe tratar con más sutileza,  
con más amor, pues ese es el instante en que puede partirse.  Es arrancar, quitar, romper  
para conformar la obra, porque en la talla directa aquello que se quita es imposible  
agregarlo de nuevo. En este diálogo entre piedra y artista surge una especie de  
enamoramiento como aquel en que dos se involucran y van conociéndose, acariciándose,  
y poco a poco se descubren.
    
Manuel Fuentes llega a la escultura accidentalmente.  Se inicia en este arte de manera  
autodidacta durante la tercera década de su vida.  Sensible, emotivo y curioso en esos años  
también se acerca a la literatura y a la  cinematografía pues desde niño el cine lo  
apasionaba.   Acudía a las salas de exhibición fílmica con frecuencia y por esos aparentes  
azares de la vida ante sus ojos se presenta, en el vestíbulo del Cine Diana, un mural de  
Manuel Felguérez trabajado en metal que lo impacta de manera especial.

   Y ya que en algún tiempo trabajó en talleres mecánicos en donde aprendió a realizar  
soldaduras autógenas y eléctricas, ¿por qué no hacer algo parecido a aquel mural que  
tanta emoción le causó? Muchas cosas que el hombre realiza, las comienza jugando y  
otras tantas se unen para que al fin algo brote. Así, en la vida de Manuel se unieron  
conocimientos elementales, sensibilidad, un profundo interés por la lectura, y al regresar  
de nuevo a su pueblo natal cercano a Tula, su reencuentro con el arte prehispánico,  
especialmente la escultura tolteca rica en lápidas decoradas, bajorrelieves, estatuas  
arquitectónico-funcionales, columnas en forma de serpientes emplumadas, cariátides y  
pilastras, los famosos atlantes, los portaestandartes y los chac-mooles.

   De toda esta experiencia visual y su amistad con José Revueltas, con quien se involucra  
en el movimiento estudiantil de 1968 y que a la vez lo reúne con los escritores Efraín  
Huerta y Juan de la Cabada entre muchos más, comienza su trayectoria escultórica.  Un  
tiempo trabaja el metal soldado con el que crea figuras de gran originalidad, después se  
acerca a las galerías de arte y se involucra en exposiciones colectivas hasta que a finales  
del 68 realiza la primera de una larga lista de muestras individuales.

   Con el paso de los años descubre que desde muy joven dialogaba con la piedra, sus  
recuerdos lo remiten a sus manos, sus fuertes manos tallándola para de ella hacer surgir  
caballeros águila o cabezas de serpiente.  Con sus vigorosas manos decididas al fin a  
trabajar con este material, que según la leyenda de Prometeo algunas conservan un olor  
humano, se encuentra con aquellas piedras sobre las que se sentaba cuando era niño y  
que ahora ya son esculturas.

   Comienza su pasión y su entrega.  El trabajo de talla es pesado físicamente pero cuando  
la figura toma forma desaparece el cansancio.  Diez, doce horas consecutivas escuchando  
la voz de la piedra, convirtiéndola en torsos, en caracolas o en cuchillos ceremoniales.   
Piedra parte de la naturaleza con la cual Manuel siente un regreso al origen de la vida.   
Piedra trabajada por nuestros antepasados y la escultura prehispánica rondando en su  
memoria: las figuras femeninas de Tlatilco, el barro, la guacamaya de Xochicalco.    
También ante él se presentan sus escultores favoritos y quienes de alguna forma lo han  
determinado :  Brancusi, Henry Moore, Jean Arp, Modigliani.

   Y así, este material denso es transformado en ligero, hasta casi obtener la posibilidad de  
vuelo y lograr un equilibrio de formas quitándole esas partes que sobran y escarbándole el  
alma como queriendo hallar algo.  ¿Y qué es ese algo? Manuel no lo sabe de manera  
precisa:  "espero hasta el último momento de mi vida no encontrar nada y así proseguir  
con mi obsesión de búsqueda constante, sin embargo, en el instante en que tengo una  
piedra frente a mí, sé lo que deseo hacer con ella, pero sin remedio, mis obsesiones me  
dirigen y al final el dictado no está en los ojos sino en mis manos".   Sí, porque con el paso  
del tiempo sus manos escultoras se han dado cuenta que de la idea original con que  
comienza su tallado resulta algo muy distinto, así como le sucede al poema que se  
desprende de la pluma del escritor y camina solo.  En esto radica la magia que mantiene  
vivo al arte, en esa parte inconciente que todo artista posee y plasma en sus obras.

   El arte para Manuel Fuentes es un juego de disfrute, de grandes momentos en los que de  
la nada, algo aparece, toma vida, y una dimensión distinta.  "A la piedra que ha de  
convertirse en escultura se le trata con cariño, a diferencia de aquellas que son  
aprisionadas en bardas o pisos.  Mi emoción surge desde el momento en que las observo,  
tiradas por ahí, en el campo, pero algunas me cautivan porque lograr una escultura a  
partir de ellas, que aparentemente nada dicen, es una incitación, un maravilloso diálogo  
entre juego y cautiverio".

   Muchas cosas del mundo emocionan a Manuel Fuentes, pero al mismo tiempo cada día  
lo han alejado del resto de la gente ya que el involucramiento profundo con lo que hace, lo  
aísla y aparta creando un submundo con el mundo que día con día lo invita a descubrirse  
a sí mismo.   Sin embargo la comunicación para él es imprescindible y ahí, junto con la  
escultura está su amor por la fotografía, por el retrato de personajes a quienes escarba  
como lo hace con la piedra, porque a través de la lente de su cámara le es posible  
interiorizarse en la vida de otros, en sus expresiones e inquietudes.

   En su trabajo escultórico autodidacta realizó labores colectivas con el pintor Hernández  
Delgadillo, aprendió la técnica a base de disciplina y constancia, aprendió del sonido  
mismo de las piedras, de sus ruidos, hasta captar su lenguaje y lograr con ellas otras  
formas.  A través del tallado y modelaje dominó el material con el martillo, el cincel, las  
herramientas neumáticas y aquellas propias para talla.  Por momentos, en un inútil afán  
de romanticismo, se negó a la tecnología, pero poco a poco descubrió sus beneficios  
uniéndose entonces trabajo, técnica y pasión, trilogía indispensable para lograr la  
verdadera creatividad.

   Piedras existen de muchas clases, todas con vida propia pero con temperaturas distintas.   
Algunas frías como el mármol, otras con esa calidez que asoma un alma como es el caso  
de la andesita, material con el que están hechos los Atlantes de Tula.  Existen el granito y  
la arenisca, las piedras lisas o rugosas, listas para ser acariciadas, piedras volcánicas de  
gran belleza con las que se ha esculpido gran parte del pasado escultórico de México.   ¿Y  
cuando la piedra se rompe?:  "Nunca pierde su belleza, siempre tiene solución pues la  
escultura con su tridimensionalidad puede mirarse por todos sus ángulos, inclusive  
rodarse, rodarse y seguir siendo una escultura que en sí misma contiene muchas piezas".

   Manuel Fuentes es su trabajo, nunca emplea ayudantes ni canteros, goza intensamente  
al pegarle a la piedra, la disfruta al escarbarla, al construirle oquedades y ver como  
emerge de ella algo distinto.  Porque toda piedra tiene algo que decir y durante la talla,  
convierte al artista en descubridor, en escucha de su voz, en alguien capaz de entender su  
lenguaje tridimensional, y con la ayuda de la luz, a resaltar volúmenes, formas,  
movimiento, partes oscuras y luminosas e invitar a los espectadores a recorrerla, a  
circular alrededor de ella hasta agotar todos sus ángulos.

    Y cuando la piedra rueda y rueda entre las manos de Manuel Fuentes y encuentra que  
ya no hay nada más que tallar, cincelar o  quitar, surge la necesidad de decidir cuál será  
su base y cuál la parte a ella sujeta.  En ese momento puede decirse que la escultura está  
terminada, instante en el que halla su arraigo y nuestros ojos y manos desean acariciar  
sus formas y la voluptuosidad de ellas emanada.
   
   Porque las esculturas de Manuel Fuentes, cabezas, ojos y sueños eróticos, figuras  
reclinadas o torsos donde nace la vida y termina la muerte, con sus sensuales formas  
orgánicas que unen lo abstracto y lo figurativo, invitan a ser acariciadas, sentidas en  
contacto piel con piel.  Piedras que en cierto momento terminan siendo lo que las propias  
piedras quieren pero siempre a imagen y semejanza del escultor que les ha otorgado vida.



                                                                    texto de Andrea Montiel para el artista
                                                                                                                                           1996
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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