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                                              MANUEL ÁLVAREZ BRAVO:
                          Quien ha mirado el silencio en el alma de las cosas

    














Hay ocasiones en que uno presiente los sucesos por venir.  Hay otras en que la  
realidad rebasa esos presentimientos, y esto fue lo que me sucedió al conocer a  
Manuel Álvarez Bravo.  Verlo descender por las escaleras de su hermosa casona de  
Coyoacán con toda la vitalidad de sus más de ochenta años, fue más allá de lo que  
pude siquiera presentir.

Después de las obligadas presentaciones y leve intercambio de sonrisas, la  
conversación comenzó pausadamente.  ¿Cuál podría ser la pregunta más adecuada  
para dar inicio al recorrido por las experiencias de este hombre, de este artista  
recreador único de lo que nos rodea?  Decidí preguntar sobre sus primeras  
inquietudes por la fotografía.

"Esta es una pregunta que nunca me he hecho, las cosas surgen en la vida y ya.  Así  
como existe la necesidad de poseer juguetes en la infancia, después se necesita  
abandonarlos y sustituirlos por otros durante la adolescencia y otros más en la vida  
adulta.  Seleccionar el arte como forma de vida, nos hace cambiar los juguetes por los  
pinceles, la pluma, los instrumentos musicales o la cámara, y de esta forma poder  
seguir jugando".

Y Manuel Álvarez Bravo, al mirar al mundo, está en el juego del mundo, lo penetra,  
se mezcla con él, porque para él es importante mirar y darse cuenta de lo que mira.   
Entonces se refiere a los poetas diciendo:  "un poeta podrá escribir sólo si sabe  
mirar"; después recuerda uno de los versos de Sor Juana, "Lo que veo, toco"; más  
adelante proseguimos hablando del transcurrir de los instantes y me di cuenta de la  
sabiduría que Álvarez Bravo comparte con Sor Juana y con aquellas palabras de sus  
inconfundibles romances:

                                                   Tres tiempos vive el que atento,
                                                          cuerdo, lo presente rige,
                                                           lo pretérito contempla
                                                               y lo futuro predice.
 
Pero, ¿qué es lo que sucede afuera para que Álvarez Bravo decida fotografiarlo?  
Afuera no, sucede adentro, en ese su paisaje interior, el cual describe como algo muy  
complejo, todo un mundo de sensaciones que únicamente podría expresar mostrando  
sus fotografías, ellas hablan por él.  En ellas está plasmada su forma de mirar, su  
sensibilidad y el desarrollo conciente que ha hecho de sus ojos, unos ojos especiales,  
ojos que saben leer el idioma propio de las cosas, las situaciones, las presencias, un  
idioma que aun no siendo el suyo, lo transforma, lo traduce, le da vida.  Estas formas  
de mirar al mundo las compartió con muchos de los artistas del movimiento  
muralista.  También entre los surrealistas como André Bretón, Eisenstein o Dalí y  
con figuras como Tina Modotti.  Asimismo, compartió inquietudes técnicas con  
Edward Weston, fundador del grupo: "Point 64", igual que con Cartier-Bresson y su  
técnica del "instant décisif", entrando de esta manera en la moderna corriente de la  
fotografía.  Aun con todo este mar de influencias de diversas partes del mundo, a  
Manuel Álvarez Bravo puede considerársele el fotógrafo más mexicano que ha tenido  
este arte y quien a partir de 1970 dio a la fotografía un sitio especial en México,  
comenzando así el surgimiento y auge de galerías, específicamente para que los  
artistas de la cámara pudieran exponer y dar a conocer sus trabajos.













La lente de Álvarez Bravo   ha captado y reproducido imágenes maravillosas no sólo  
dentro del mundo en blanco y negro de la fotografía, sino en aquel del color,  
incursionando también en el cine y de manera especial, en la realización de  
documentales artísticos.  Pero en todo, absolutamente en todo lo que ha hecho, está  
presente una marcada personalidad que refleja su constante inquietud y juventud,  
porque Álvarez Bravo ama a los jóvenes y con gran generosidad a ellos ha  
transmitido y seguirá transmitiendo sus conocimientos y sensibilidad.   Al conversar  
con Paulina Lavista, aun no habiendo sido su alumna, ella reconoce en Álvarez Bravo  
a un gran maestro, a un gran artista y a un gran hombre que ha sido fiel al arte  
fotográfico, que ha subsistido por él, con él y que ha dedicado su vida totalmente a él.   
Alguien que ha hecho escuela, no sólo en nuestro país, sino entre muchos artistas que  
han tenido la oportunidad de conocerle.

Para Manuel Álvarez Bravo la fotografía es un fenómeno distinto a las otras artes, un  
quehacer donde no existe un sentido propio de creación como en el caso de la música,  
la literatura o la pintura.   No, la realidad que capta con su cámara ya está ahí,  
conformada, presente, plena, él sólo la toma y la convierte.   Sin embargo, esa  
conversión a través de sus formas de mirar, desde siempre ha logrado traducir el  
lenguaje de la naturaleza, de los rostros, o de todo aquello que lo circunda  
interpretándolo de manera singular.

A Manuel Álvarez Bravo le gustan las frases, las frases más allá de las palabras que  
contienen.   Así, ahora cita a Baltazar Gracián:  "Hay que tomar lo preciso de lo  
precioso", y él no sólo lo toma sino que lo plasma y nos regala con unos cuantos  
elementos dentro de su fotografía, todo un universo en el cual nos introduce como  
dentro del alma de las cosas, como en su parte tranquila, dolorosa e infinita. De esta  
forma, en el mundo que nos ofrece, surgido de la luz y de las sombras brotan  
pepenadores, peregrinos en las costas de la vida, hijas de danzantes y tabacaleros,  
niñas trasluciendo el ensueño, o niños sedientos tras el agua que corre en la vía  
pública.  Surgen jícamas, rocas cubiertas de líquenes, magueyes, flores sobre las  
tumbas, o mares de lágrimas y parvadas.  Surge en fin el mundo de Álvarez Bravo,  
ese mundo donde él con su maestría, hace brotar la ternura contenida en lo terrible.















Después de conversar por un buen rato en su casa, Don Manuel me invitó a conocer  
su estudio, el espacio donde pasa largo tiempo revisando sus trabajos, donde prepara  
sus papeles con platino y realiza el revelado de sus fotografías, ahí en el cuarto oscuro  
donde a través de su "alquimia", ve surgir la gama de grises, negros, transparencias,  
blancos y contrastes que hicieron algún día escribir a Octavio Paz las siguientes  
palabras:  "La realidad es más real en blanco y negro"....y a Villaurrutia estas otras:   
"Lo maravilloso es convertir un instrumento en algo que sienta y piense.  Sólo en las  
manos del artista un instrumento que con una soberbia infantil llamamos científico,  
sigue siendo objeto mágico... Así la cámara en manos de Manuel Álvarez Bravo". Y  
así también el resultado, donde cada fotografía es el reflejo de su preocupación por la  
muerte, la cotidiana, esa de todos los días, la muerte con su propia poesía sórdida y  
misteriosa.  Así, en cada fotografía está presente el espíritu de lo fotografiado:   
rostros, velas, templos, cruces, y su colección de magníficos retratos donde viven  
Trotsky, André Breton, Tamayo, Novo, Frida Kahlo, Orozco, Pellicer, Eisenstein, Atl,  
Diego Rivera, Rulfo, Waldeen. También están la fuerza, la vitalidad, la juventud que  
emana del papel, porque Álvarez Bravo al amar la vida, al amar el arte, al amar a la  
mujer, guarda su juventud, esa juventud creadora que vibrará siempre en sus  
trabajos y los hará que perduren a pesar de que el tiempo intente, como lo hace con  
todo, acabar con ellos.

Pero en su estudio no sólo está el espacio donde habita el fotógrafo y sus fotografías,  
está también un sitio donde Álvarez Bravo se manifiesta como un apasionado del arte  
gráfico.   Ahí, con gran emoción me mostró una increíble colección de grabados, entre  
los cuales pude admirar varios Rembrandts, grabados japoneses, un autorretrato de  
Cézanne, y una caja llena de Dureros.  Después otro espacio más, en la planta alta,  
donde compartió su especial gusto por la música y nos pusimos a escuchar a Mozart,  
más tarde a Bach interpretado por Glenn Gould, uno de los pianistas preferidos de  
Don Manuel.  Y habló de Beethoven y su capacidad de ofrecer tan sólo con unas  
cuantas notas, como en su obra: "Para Elisa", todo un mundo, un mundo similar al  
suyo, donde también con sólo unos cuantos factores, conforma una composición  
magistral, donde trasciende la pose y le otorga la infinitud de la naturalidad, porque  
la pose no importa, sino el momento de disparar y el resultado en el cual él está  
presente y participando en todo momento con lo fotografiado. De esta forma, en sus  
fotografías el tiempo se detiene y podemos palparlo todo, tocar la luz, las sombras,  
oler el campo, escuchar los ruidos ambientales y especialmente mirar, mirar el  
silencio.

Y su cámara, ¿Cuál es, de qué marca?  Son muchas, muchas cámaras, juguetes, como  
él las llama, a las que ha comprado con gran placer y ellas se lo han devuelto con  
creces al usarlas:  "Hay cámaras grandes y cámaras pequeñas, como también hay  
fotógrafos grandes y fotógrafos pequeños.  Todo cambia en la vida.  Si el paisaje  
cambia, cómo no va a cambiar la industria fotográfica.  Hoy en día a los fabricantes ya  
no les importa dar un servicio humano, les importa ganar dinero, por eso se ha hecho  
un esfuerzo de presunto mejoramiento de la técnica y de los aparatos fotográficos y  
por eso también las cámaras modernas son casi totalmente automáticas, sólo se ve y  
se dispara, los fotógrafos ya no necesitan de ningún esfuerzo para serlo, en estos  
tiempos la fotografía es un arte popular, cualquier persona puede poseer un  
instrumento para expresarse sin dificultad.   Y todo el mundo tiene algo que  
expresar, el problema radica en que no todo el mundo se da cuenta de ello, pues la  
gente piensa que la importancia fundamental para expresarse radica en el adelanto  
técnico, aquel que está plasmado en el instrumento a través del cual nos expresamos.  
Así como para el músico existe un piano, o un violín, para el escritor un lápiz, una  
pluma y hasta una computadora, para el fotógrafo están una cámara antigua o una de  
las más modernas. Sin embargo, la técnica en su sentido creativo no está en los  
aparatos,  sino en el individuo que por saber vivir, también sabe mirar y traducir   
con sensibilidad los contenidos y lenguajes de la vida".

Así Manuel Álvarez Bravo, al vivir a plenitud, sabe mirar la vida, leer su lenguaje  
más oculto, transformarlo, captarlo con sus ojos de artista, con sus cámaras grandes  
y pequeñas, captar cada instante ya sea de pie, de rodillas, en su estudio o a la  
intemperie, captar y recrear, no el folklore sino el fondo de todo, no sus apariencias  
sino la profundidad contenida en sus luces y sus sombras.   Manuel Álvarez Bravo no  
protesta por nada, sólo mira, captura realidades, las describe, las recrea y nos  
muestra el silencio que existe en el alma de las cosas.



                                                                                              Texto de Andrea Montiel
                                                                                      Revista La Plaza   Mayo 1988.
                                                      Martín Casillas. Crónicas de la vida cultural.
                                                                                                                            Año III, 33
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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