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Los dibujos acústicos de AMÍLCAR COEN















Si supiéramos callar un poco, cuánto mundo escucharíamos, cuánto paisaje  
reverberando, cuánta similitud entre la luz y el silencio, entre el sonido y las formas, el  
ritmo y las sombras.

Sólo así me ha sido posible comenzar a escribir sobre AMÍLCAR COEN.  Le conozco desde  
que éramos niños y siempre imaginé por nuestras resonancias, esas de los hermanos no  
de sangre, ni de un credo sino de ruidos iguales, que Amílcar era escucha del silencio,  
músico de las imágenes, o algo así como orquestador del aire o instrumentista del espacio.

La vida irremediablemente transcurre y pone a prueba nuestras imaginaciones, las  
rechaza o las comprueba.  El caso aquí no ha sido sólo comprobación sino reencuentro,  
continuidad, la existencia igual a ella misma, desde siempre, sin cesuras, como una  
melodía de variaciones infinitas, como el verso que nunca termina.

Escuchar a Amílcar narrar su vida es una repetición de lo que fue, ha sido, está siendo y  
haciendo con sus recuerdos, sus ecos, consecuencia de la reflexión reflejo de todo lo que él  
ha vivido.

Amílcar nace en la música y en ella navegan sus primeros retos de expresión artística.   
Con la guitarra, el piano, el violonchelo, intensamente recorre caminos que con el tiempo  
se tornan inalcanzables, pues fue hasta los años adolescentes que comenzó sus estudios  
musicales.  Reconoce haberlo hecho tardíamente.  Le invaden sensaciones de que algo no  
va a suceder, que algo es impropio.  Su relación con la música se vuelve difícil,  
deprimente, el sonido le asfixia, el ruido atiborra sus estancias y trata de encontrar el  
silencio.  Entonces acerca sus inquietudes al mundo de la danza moderna.  Le apasionan  
las posturas y desplazamientos en el espacio, la plasticidad de la que es capaz el cuerpo.   
Lo mira como una escultura de carne dibujando líneas, ritmos, síncopas, toda una  
artesanía del movimiento compartido con el aire.  Amílcar no desea abandonar la música  
pero necesita recobrar la fluidez, sentirse más libre, más creativo.  En ese momento  
recuerda que el dibujo le ha acompañado siempre, también desde la adolescencia.  Que su  
lápiz ha viajado manchando infinidad de papeles, que tomando conciencia de sí, la  
pintura ha sido una columna, el recurso más importante que le ha sostenido en la vida, en  
fin, que dibujar ha significado:  auto análisis, búsqueda, encuentro con la libertad  
creativa.  

Amílcar dibuja.  Escucha y hace escuchar música con sus dibujos.  Parte de México y vive  
en Alemania, se abre a otros mundos y así aprovecha la casualidad del viaje y lo convierte  
en elemento de su creación.   No obstante en su vida -narrada por él- no existen capítulos  
separados uno del otro sino continuidades, constancias, por ello expresa haber dejado al  
partir de México, un pendiente, algo que se debía a sí mismo, un hueco que necesitaba  
llenar.

De esta oquedad surgieron sus ECOS, dibujos que yo llamaría dibujos acústicos, donde  
reúne luces, sonidos, sombras, silencios, movimientos, pentagramas, ritmos.  Donde  
encubre y descubre coros de tesituras eróticas, torsos, senos y resonancias.  Su afán por  
trasladar la música a la pintura e identificar el juego de claroscuros con los divertimentos  
y las fugas, da como resultado una espléndida serie de "sono-grafías" o mejor llamadas  
armonías-espaciales, armonías-melodías inspiradas tal vez en las nubes, en el humo, en la  
improvisación, el vaho o las caracolas, en lo que se difumina, lo que era y dejó de ser y al  
esparcirse origina algo más y se continúa y sigue, sigue, sigue como un papalote contra  
firmamento perdido en el espacio.

Cuando Amílcar se sienta a dibujar con su lápiz frente al papel, le sucede todo.  A veces  
nada.  Ni siquiera tiene valor de ensuciarlo.  Otras, necesita ensuciarlo para después  
limpiarlo.  Frente al papel en blanco hay momentos que existe una imagen preestablecida,  
pero siempre se transforma y termina siendo lo inimaginable.  También de un error o de  
una imperfección a veces surge el inicio que se integra al dibujo y entonces Amílcar se  
introduce en él, huye de él, se reconcilia con él, pero lo más importante es internarse en el  
lenguaje de la abstracción.   Para Amílcar lo abstracto es más sencillo que lo concreto,  
porque en lo concreto existe una terrible limitación:  lo real, esto que en mucho impide la  
capacidad de expresión.  Lo abstracto en cambio le permite percibir, fluir con sencillez, sin  
cauces, sin encierros.  Su pretensión es dibujar los ilímites, lo ininterrumpido, las  
continuidades; la música en sucesión y suspendida en el espacio;  la música que termina  
para recomenzar de nuevo, que parte y regresa al infinito y se manifiesta en lo eterno.   
Música que es sonido y al mismo tiempo silencio.

Mirar los ECOS de Amílcar Coen es sentir que las redondeces y las líneas nos prolongan,  
hilvanan nuestros ojos con el sonido y nuestra piel con el espacio.  Es cuando nuestra  
propia música se confiesa, adopta formas, se ilumina, abandona y retoma las sombras,  
genera pausas y el tiempo desaparece.  Sólo se escuchan melodías flotando en los ecos,  
ecos, eco consumiéndose a sí mismo, empequeñeciendo hasta desaparecerse por completo.  
Mirar los ECOS, los dibujos acústicos de Amílcar Coen es querer completarlos, desear  
arrebatarles el silencio y escucharlos.


                                                                                                                                                               Andrea Montiel

                                                                                                                         Revista La Plaza  septiembre de 1987   
                                                                                                           Martín Casillas. Crónicas de la vida cultural.    
                                                                                                                                                Segunda Época Año II, 25
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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