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                                                      LOS AROMAS Y LA LITERATURA








                                       ¿Quién  no  ha  tenido  la  experiencia  de  recordar  a  una  persona  o  algún  
                                        suceso especial  al  percibir  un  aroma?   Sea  este  un  perfume,  el  olor  de
                                        un objeto, o el de un espacio, al estimular nuestro olfato, de inmediato las  
remembranzas nos recorren como si esas realidades estuvieran al lado nuestro.

Los perfumes siempre han sido asociados al simbolismo general del aire, ya que equivalen a  
la penetración de formas concretas que se traducen en estelas, reminiscencias y recuerdos.  Y  
mientras el aire frío y puro de las cumbres expresa el pensamiento heroico y solitario, en  
escritores tales como San Juan de la Cruz o Nietzsche, el aire cargado de perfumes se relaciona  
con la situación del pensamiento saturado de sentimientos y de nostalgias.

En las diferentes culturas, los aromas, especialmente los perfumes, siempre han tenido una  
importancia fundamental.  Así, en las ceremonias religiosas de los griegos y romanos los perfumes  
se empleaban corrientemente, se vertían sobre las estatuas de los dioses, con ellos se  
embalsamaban los cadáveres, y se depositaban en frascos en las tumbas.  En Egipto, las esencias  
se extraían y mezclaban en los templos y se creía que las diosas eclipsaban a todas las mujeres por  
sus perfumes.  La sutileza casi imperceptible del perfume hacía que este se viera como una  
presencia espiritual y asociado a la naturaleza del alma.

Todos hemos experimentado como la persistencia del perfume de una persona, aún  
después de su partida, evoca su presencia e inevitablemente su recuerdo, por ello, el perfume  
llegó a ser símbolo de la memoria y ha sido utilizado desde la antigüedad en multitud de ritos  
funerarios, con el fin de hacer permanecer al ser que ha abandonado el mundo.

El perfume también es expresión de virtudes y desempeña un papel de purificación, porque  
a menudo, exhala sustancias incorruptibles tales como las resinas y el incienso, este último propio  
de los rituales hindúes.
 
Entre los escritores, el perfume también ha sido un símbolo asociado a la luz, y al repecto,  
Víctor Hugo nos dice: "Toda lámpara es una planta y el perfume su luz"...y Balzac en alguna de sus  
obras escribió: "Todo perfume es una combinación de aire y luz"...

Sin embargo, la literatura universal está plagada de párrafos maravillosos en los cuales se  
exalta la presencia de sensaciones táctiles, visuales, auditivas, otras más que aluden al gusto y los  
sabores, pero muy poco ha sido escrito alrededor de nuestro maravilloso sentido del olfato.  Una  
obra espléndida que no sólo dedica unas cuantas páginas al tema sino que toda ella se refiere a  
este sentido tan olvidado es "El perfume" de Patrick Süskind, novela verdaderamente excepcional  
en el tratamiento dado al tema y sin precedente en la literatura actual.
Pero recorramos ahora a los escritores mexicanos y recordemos a nuestro gran Ramón  
López Velarde, poeta de estilo combustible y lleno de sorpresas y para quien las cosas diarias  
siempre fueron poesía que convirtió para nosotros en algo definitivamente mágico. Poeta cuyas  
páginas son una sucesión de colores, sabores, perfumes y sensaciones, y ya que de aromas se  
trata, a continuación reproduzco para ustedes uno de sus poemas escrito en 1917 y que es  
definitivamente olfativo:

TIERRA MOJADA



Tierra mojada de las tardes líquidas
en que la lluvia cuchichea
y en que se reblandecen las señoritas, bajo
el redoble del agua en la azotea...

Tierra mojada de las tardes olfativas
en que un afán misántropo remonta las lascivas
soledades del éter, y en ellas se desposa
con la ulterior paloma de Noé;
mientras se obstina el tableteo
del rayo, por la nube cenagosa...

Tarde mojada, de hálitos labriegos,
en la cual reconozco estar hecho de barro,


porque en sus llantos veraniegos,
bajo el auspicio de la media luz,
el alma se licúa sobre los clavos
de su cruz...

Tardes en que el teléfono pregunta
por consabidas náyades arteras,
que salen del baño al amor
a volcar en el lecho las fatuas cabelleras
y a balbucir, con alevosía y con ventaja,
húmedos y anhelantes monosílabos,
según que la llovizna acosa las vidrieras...

Tardes como una alcoba submarina
con su lecho y su tina;
tardes en que envejece una doncella
ante el brasero exhausto de su casa,


esperando a un galán que le lleve una brasa;
tardes en que descienden
los ángeles, a arar surcos derechos
en edificantes barbechos;
tardes de rogativa y de cirio pascual;
tardes en que el chubasco
me induce a enardecer a cada una
de las doncellas frígidas con la brasa oportuna;
tardes en que, oxidada
la voluntad, me siento
un poco pez espada
y un poco San Isidro Labrador...


                                                                                                                              ANDREA MONTIEL
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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