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Lizbeth Padilla: Ritual de Juegos efímeros

Cuando mi amiga Lizbeth Padilla me obsequió su libro RITUAL DE JUEGOS EFIMEROS, imprimió en él una dedicatoria que desde mi punto de vista resume en gran medida el sentir que corre a lo largo de sus páginas: "son poemas gestados a fuego lento y doloroso", y yo añadiría, poemas surgidos a fuerza de vivir, de vivirlo todo, detenerse a observar lo vivido y atreverse a ponerlo en palabras.

Los versos que conforman los poemas de este libro son por un lado versos cotidianos, callejeros, versos dados a luz en sitios y entre objetos concretos: una casa, sus estancias, los cajones de un mueble, las alfombras, las banquetas, las paredes de piedra. También hay versos que podrían ser llamados acuáticos o aéreos, porque en ellos están constantemente presentes los elementos, agua y aire, después el fuego y en menor grado la tierra, pero sobre todo los más cercanos a lo efímero: el agua y el aire. A este último elemento Lizbeth le otorga corporalidad, le confecciona manos, vestimenta y corazón. El agua está invadida por peces que viven atrapados, es un agua vigilante y un agua que lava besos. El fuego tiene un carácter incendiario de cielos, mujeres e instantes. Y la tierra es luminosa, selva firme y arena.

En la primera parte del libro, en su GALERIA DE JUEGOS Y NAUFRAGIOS, Lizbeth pinta, se dibuja a sí misma como si habitara adentro de un cuadro, de un bodegón o una acuarela. Aquí atrapa sombras, vislumbra sus malestares, enjaula su sed y se retrata. Y cito:

Atrapada en el tejido del mundo
no puedo desprenderme del paisaje
Si lo hago el pintor tendrá que inventar
un espectro que me supla de memoria

La música también es dibujada en palabras, el saxofón es una plegaria, un lamento y la fiebre de una boca. Los ritmos, las percusiones y la vibración de las congas aparecen rodeando al amor y al abandono.

A través de sus PERSONAJES DE JUEGOS EFIMEROS la poeta se transfigura, sale de sí misma, se observa, se diseca, se maquilla y desnuda; se transmuta en halcón, en "marea sujeta al designio de la luna"; quiere ser jaguar, liquen, bálsamo, hasta ocupar como ella dice: "el temblor del demonio". En esta páginas sobresalen de manera especial y por su intención rotunda los versos siguientes:

Tus guantes manosearon tanto mi espejismo/ que terminé siendo real y transitoria/ tengo miedo de estar cavando mi sencilla forma de vivir

Por último en EL VIAJE DE REGRESO, prosigue la transfiguración. Sin doblegarse, se desdibuja, modela la muerte a la medida, se maquilla con ella, pero si acaso regresa se convierte en roca, pierde lo humano, borra sus facciones y en una especie de espejo teatral, aquel de un camerino, Lizbeth transita como una tejedora de su propia infancia y nos dice:

"Volví a la fiesta húmeda del vientre
de mi madre"...
"Volví a restaurar lo seducido a golpes/lo
mutilado a besos" .

Los poemas de Lizbeth Padilla se conforman de versos alumbrados con noche, con frases cáusticas, donde cada palabra toma un sitio de manera agresiva y vital y cada imagen es una búsqueda y un encuentro. En este libro los poemas sólo pueden ser leídos con la desnudez que fueron escritos, y así viven entre la pintura, la música y el teatro, entre los maquillajes y aparentes vestuarios, entre el desencanto del amor y los placeres, todo en la voz de una poeta que se delata con la palabra como una mujer inconforme, desprotegida y fuerte, atrevida y frágil.

                                                                                                                     Andrea Montiel

                                                                                        (Palabras en la presentación del libro
                                                                                                                    en la Casa del Poeta
                                                                                                             7 de noviembre de 1991)

Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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