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El teatro: la otra realidad en el mundo de LILIA ARAGON
          


Fue largo el camino que recorrí sobre la Calzada de las Águilas hasta llegar a la casa de Lilia Aragón.  Atrás quedaron la ciudad y las casas de un paisaje pueblerino ruidoso.  Ya frente a una bella fachada estilo inglés, sólo existían el horizonte, la lejanía y un viento frío oliendo a limpio.  Toqué el timbre y Pablo, el hijo pequeño, (ya no tan pequeño) de Lilia abrió la puerta.  Con la energía propia de su edad adolescente, me condujo a grandes zancadas por la escalera de caoba hasta llegar a donde se encontraba Lilia.       

En su estudio, con una taza de humeante café‚ y una gran curiosidad por escuchar todo lo que Lilia me pudiera contar acerca de ella y de su mundo, comenzamos a hablar, a recorrer sus recuerdos, su historia y sus conceptos de la vida. Transcurrieron varias horas, no sé exactamente cuántas, pero a través de las ventanas por las que atravesaba la luz de la tarde, vimos caer la noche.       

Nuestra conversación  inició cuando le pregunté a Lilia cómo fue que le comenzó a habitar la locura del teatro...  

-Esta locura existente que es el teatro ya estaba ahí, la que llegó a habitarla fui yo, y no entiendo mi vida sino en la actuación, así como el agua para el pez, para mí es el teatro, los personajes, los escenarios- 

Y recordó la escuela, el Colegio Alemán donde sus maestros le inculcaron el gusto por el arte.  También recordó sus años en la preparatoria cuando se integra por primera vez a un grupo de teatro y conoce lo que realmente es actuar; después sus años en la escuela profesional, en la carrera de Derecho de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM la cual, sin embargo abandonó por el teatro.  

-Esto de estudiar Derecho fue por mi padre que era abogado, pero lo que yo siempre quise fue actuar, actuar bien, como una profesional y así comencé  a estudiar técnica teatral en Bellas Artes con el maestro Wagner, con José Luis Ibáñez, con Héctor Mendoza; también estudie expresión corporal y pantomima con Alexandro Jodorowsky y tomé varios cursos con Héctor Azar en lo que hoy en día es el Centro Universitario de Teatro. Para mí el estudio y la formación en un actor que verdaderamente ejerce su carrera, es fundamental.  Los actores improvisados corresponden a la generación pasada. Actualmente es necesario contar con herramientas técnicas para lograr mejores resultados; hace falta conocer las corrientes y escuelas teatrales, tener una cultura dentro del oficio y hacer y ver buen teatro- 

Para Lilia el teatro es su otra realidad, la que responde a sus anhelos, una forma de existencia que ha elegido para acompañar a la realidad ´real´ y donde las muchas posibilidades de vida como ser 'real' no es posible tener. Así vive lo cotidiano, juega el papel de madre, esposa, deportista y cuando cae la tarde y sale de su casa rumbo al teatro para representar su personaje de la obra en turno, para ella es todo un descanso.  Durante su carrera ha vivido personajes de mujeres que sufren, ríen, lloran, que tienen instintos lesbianos o son devoradoras de hombres;  es más, en su última obra en temporada: Examen de Maridos, representó el papel de un hombre, y, qué más lejos de ella misma sino la personalidad de un hombre, macho, de otra época, enamorado de una mujer, en fin toda una experiencia distinta de su ser. Sin embargo vive esta realidad en un juego vital que la involucra profundamente, y aunque actuar sea una convención, ella siente de verdad y sufre, llora y ama en el escenario como si fuera con su propia vida.  Y así, entre bambalinas, en ese espacio atrás del escenario donde el actor se prepara, se pone nervioso, vive los momentos previos a la primera salida frente al público, ahí sobre el escenario, es donde Lilia da todo, donde posee muchas vidas y la vasta riqueza de experiencias que sólo los actores tienen. Terminada la función, sus emociones y parte de su vida, quedan pendientes, guardadas hasta la próxima representación. 

-En la vida real hay características que corresponden a mi persona, gestos muy particulares, sólo míos, formas de mirar, de hablar, en fin todo eso que le hace a un persona ser quien es.  En cambio en el teatro las características son otras, toman muchas formas, las del personaje al cual hay que construir y dar vida a través de mi propia vida, hacerlo reír con mi risa, o llorar con mi llanto y así ese personaje toma un sello muy particular.  Sabes, la mayoría de la gente no está  acostumbrada a escucharse por dentro, sin embargo los actores sabemos cómo sonamos en nuestro interior y por ello somos capaces de prestarle nuestra voz, nuestras muchas voces, a ese otro ser-personaje que de nosotros emana al representarlo en el teatro- 

Cuando Lilia se enfrenta a un personaje se enamora de él, ya sea porque posee sus mismas características vitales y ella va a ser su reflejo, o al contrario, porque su personaje es totalmente distinto a ella, y para crearlo requiere desarrollar características de las cuales carece. En cualquier obra teatral, aunque los personajes están definidos por el escritor en el libreto, están vacíos, aún no viven ni respiran, incluso hay veces en que se les describe con mínimas acotaciones, entonces ella se pregunta: ¿ahora, cómo debo vestir a esta mujer, con qué voz, con cuáles gestos y movimientos de manos; cómo caminar o cómo hacer su risa o su coraje?  Lilia sabe muy bien que debe hacerlo con sus manos, su cuerpo y su voz, esa voz que es como un instrumento musical que hay que hacer sonar distinto según la composición a ser interpretada. De igual manera, los parlamentos de un personaje a los que el actor presta su voz, debe dárseles el carácter adecuado dentro del rango de posibilidades  que la propia voz posee.  Es así como se interioriza en la búsqueda de formas de expresión, inclusive las más alejadas de lo que ella es para crear y dar vida a sus personajes.  Lilia Aragón recurre a su propio saco de emociones, y con él y sus recuerdos, logra representar los sentimientos, la historia las alegrías y dolencias de cualquier personaje.  Sin embargo viajar hacia los recuerdos, angustias y momentos felices personales es muy desgastante pero al mismo tiempo pleno de satisfacciones por haber logrado construir y haber hecho sentir y vivir a un ser distinto de ella.

-Cada vez que represento un personaje, construyo  un repertorio de emociones para él, y no creas que llega a ser tan autónomo, al contrario, mi personaje y yo somos como una especie de hermanos siameses, seres inseparables, participando del mismo corazón, del mismo cuerpo y de los mismos órganos vitales.  Así mi personaje vive por sí mismo y conmigo, en su desenvolvimiento y su  historia distinta de la mía, pero cuando llora, llora con mis lágrimas, me involucra, me hace vivir su vida, en una especie de para-realidad en la que yo como actriz necesito tener todos los niveles de conciencia al alba. Ignorar por ejemplo que alguien del público llegó tarde, o que alguien más hace ruidos con una bolsa de dulces en la tercera fila del teatro, en fin, me sitúo en una especie de duermevela y mientras mi personaje está trabajando, yo tengo el control de todas las circunstancias dentro del escenario, así como de todos esos avisos de la realidad "real" que forman un todo, un mundo inseparable-  

Su mundo "real" y su otra realidad, de la mano. Y cuando termina una temporada y hay que abandonar al personaje, a esa otra mitad de su mismo yo, ¿qué‚ es lo que pasa?  Es como asistir a su propio entierro, a la muerte de algo adentro de ella misma pues ha conformado un lazo de unión con todo y con todos, desde aquel que corre las cortinas, el de las llamadas al público, o quien ofrece café‚ o la maquilla día con día antes de la función.  Le es doloroso dejar a las compañeras de camerino, a los demás actores con los que sufrió y gozó cada momento, es un trozo de vida que ha invertido en un personaje, después el personaje la abandona y de inmediato se inventa algo nuevo que hacer para llenar estos vacíos.  Como el dicho: Un clavo saca otro clavo, Lilia dice: una obra y un personaje nuevos entierran a aquella obra y a aquel personaje que he vivido.      

De repente miré a través de la ventana y no pude dejar pasar desapercibida la presencia del cielo escarlata.  Este fue el aviso para darme cuenta de que habían pasado ya algunas  horas desde mi llegada a su casa.  Sin embargo nunca sentí el paso del tiempo, la conversación nos seguía envolviendo como dentro de una cápsula de la que no deseábamos salir.  “Lilia, sé que además del teatro haces televisión”... 

-La televisión me gusta, pero en ella el actor difícilmente cuenta con el tiempo que el teatro le permite para madurar su personaje.  La situación en este medio es casi instantánea, por eso se desarrolla el oficio y una rapidez de sensaciones impresionantes y con resultados totalmente eficaces.  En general no existen los ensayos, la actuación es directa: frente a un libreto que uno conoce con escaso tiempo antes de estar ante las cámaras, hay que escoger la ropa que le va al personaje, darle el carácter adecuado, elaborarle su gama de sentimientos, en fin, así es como se va conformando por necesidad un verdadero oficio. En la televisión comercial he participado como actriz y en lo personal me ha interesado producir para canales culturales obras de teatro de dramaturgos mexicanos en las cuales yo misma he realizado las adaptaciones. He querido darles una vitalidad real, por ello he hecho las tomas, no entre las paredes de un estudio, sino en las calles, en los mercados, en la realidad de las plazas y las vecindades.  Hasta ahora he realizado once producciones, te podría mencionar: Amenaza roja de Alejandro Licona; Manos Arriba de Víctor Hugo Rascón; Las Vampiras Morales de Hugo Argüelles: El Árbol de Elena Garro, todas obras mexicanas que están cerca de nuestra cultura, que nos son familiares- 

Como si me hubiera adivinado el pensamiento, y sin haberle hecho la pregunta que rondaba en mi cabeza, Lilia comenzó a contarme lo que sintió la primera vez que estuvo ante las cámaras... 

-La cámara de televisión es muy distinta del teatro.  Aquí la magia la inventa uno posteriormente a la primera aparición.  Es natural, lo único que tengo enfrente es a un señor que mira con su ojo a través de la lente, a otro señor que coloca la iluminación, otro más con un micrófono de caña larga, una mujer que peina y otra que me maquilla, así llega el momento de comenzar, con todos los ruidos de los alrededores y todas las distracciones posibles, sin embargo hay que actuar.  Al principio estuve muy pendiente de todas estas cosas, ahora lo disfruto profundamente pues puedo borrar lo que me circunda, trabajar para el ojo de ese señor atrás de la lente, y aún sin saber quién es, encantarlo con lo que hago, digo o callo, pues es él, el señor de la cámara, quien se va a encargar de multiplicarme  y de captar la imagen que después llega a los televidentes.  Pero al teatro lo disfruto desde siempre, desde la primera vez. Adentro de mí sucedió algo conmovedor, como cuando alguien pisa tierra después de una larga travesía en barco, o cuando tienes  sed y tomas  el primer sorbo de agua.  La primera vez que puse el pie en un escenario, se corrieron las cortinas y el teatro estaba lleno de gente, fue en aquel tiempo cuando estudiaba en la Escuela de Bellas Artes y entre varios actores participé‚ en un "casting" en el cual fui seleccionada para hacer el papel de la niña de los panderos y el personaje de La Señora de la Luna en la obra de García Lorca: Bodas de Sangre.  Actué junto con Ofelia Guilmain e Ignacio López Tarso, la selección corrió a cargo de  Margarita Xirgú quien era amiga de García Lorca y vino a México representando a la República Española en el exilio.  Por la señora Xirgú conocí a personalidades como: Alí Chumacero, Pita Amor, Aurora Molina, y ese día cuando se abrió el telón y esta mujer salió a dirigir unas palabras al público, comenzó diciendo, no lo olvido: 'Libertad de lo alto, libertad verdadera', la República Española en el exilio que estaba en pleno sentada en las butacas del teatro, aplaudió y aplaudió. Cuando hice mi aparición sobre el escenario, con todo ese ambiente, sentí como si hubiera manejado El Titanic irrumpiendo en el Empire State. La segunda aparición fue representando un personaje de las hijas de la obra: La Casa de Bernarda Alba, también de Lorca.  Y así desde entonces, cada vez que salgo al escenario siento como una especie de grandilocuencia y en mis adentros siempre nace una inquietud muy especial, una angustia deliciosa pero que a veces me ha llevado a maldecir la hora en que se me ocurrió ser actriz. Sin embargo en el momento en que piso el escenario, me convierto, te lo decía hace un rato, como en un pez dentro del agua-  

Y esto no fue una metáfora por parte de Lilia, después del teatro, adora el buceo, porque ahí bajo el agua, “en el mundo del silencio que es el mar" como dice Jacques Cousteau, está  la armonía que nos permite escuchar sólo nuestro propio aliento, nuestro interior.  Lilia ama las transparencias, los peces, el movimiento, los colores, las cuevas y los arrecifes.  Ama el deporte en general, montar a caballo, nadar, esquiar, correr, danzar, (indudable su preferencia por la libertad, por lo que no tiene trabas).  También ama el arte, la pintura, su esposo Guillermo Mendizábal, ha sido su mejor compañero y su maestro en artes plásticas, por eso su bella casa está  repleta de obras de arte singulares.  Lilia también escribe, ha escrito algunos cuentos cortos y sus adaptaciones de obras de teatro para televisión cultural. Además en este momento prepara la obra: Guerrero Negro de Víctor Hugo Rascón, la cual, pronto ser  estrenada en algún teatro de la ciudad.  También tiene pensado hacer otra serie de telenovela y proseguir en la producción televisiva.       

Así, conversando con Lilia Aragón se fue una bella tarde, hasta que el sol cayó tras el horizonte. Ya de salida conocí a Guillermo, su esposo, hombre muy alto y de amplia sonrisa dedicado a las arduas tareas de la edición. Pero antes de bajar las escaleras, recorrimos las diferentes estancias de la casa. Primero una especie de estudio donde Lilia guarda sus recuerdos: un muro repleto de fotografías en las cuales se mira ella actuando y personificando a: La Marigaila de Divinas Palabras; La Malinche de Los Argonautas; la Catalina de Aragón de Juego de Reinas; la Madre de El Ritual de la Salamandra; la Nani y la Amazona de Nube Nueve; el Conde Carlos de El Examen de Maridos;  la Brenda de Machos; la Catalina de un collage producido y escrito con selección de varios textos por ella misma, en fin muchas más, muchísimas más imposibles de nombrar.  Después me mostró otro cuarto con un bellísimo piano de cola y decorado tan románticamente, que me transportó algo así como a la época de la Dama de las Camelias. Al fin descendimos a la planta baja y entramos en un espacio amplio, lleno de cuadros, entre los cuales recuerdo: la serie pornográfica de Toledo, algún Cabral, un telón de teatro antiguo, obras de Covarrubias y un graciosísimo óleo de Sangor intitulado: La tortilla de Patatas. En su comedor que aún conservaba el aroma de pino navideño proseguimos conversando, pero ahí adentro había maravillas, unos muebles estilo florentino con espejos antiguos originales extraordinariamente biselados y las maderas talladas de tal forma que no pude sino comentarle a Lilia: "aquí los  árboles no sufrieron destrucción, dejaron de ser  árboles para tomar el oficio de piezas de talla inigualable".  Por fin llegamos a la puerta de salida, aun conversando de aquí y de allá, de literatura, de música, de todo. Afuera esperaba la noche, miré‚ al cielo donde parecía que habían mandado a colocar las estrellas que en el centro de nuestra ciudad desaparecen.  "Lilia, ¿por qué vives tan lejos de la 'civilización'?” 

-Porque me gusta vivir lejos de todo, no soporto las multitudes ni las calles transitadas, no me gustan los ruidos ni los coches-       

A pesar de la opinión de Lilia con la que parcialmente concuerdo, irremediablemente tuve que subir a mi coche y partir rumbo a mi ciudad, nuestra ciudad transitada, llena de ruidos y yo también llena, pero de imágenes y recuerdos de una artista que compartió conmigo y me mostró la otra realidad amada de su mundo: el teatro.



                                                                                                                    Andrea Montiel

                                                                                                   Revista La Plaza  Marzo 1988.
                                                                            Martín Casillas. Crónicas de la vida cultural.
                                                                                                                                  Año III, 31
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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