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LEONEL MACIEL  y el perpetuo retorno/ Retrospectiva  (1963-1984)























La magia, entre alguna de sus acepciones, es ese atractivo con que algo nos deleita y  
suspende en un mundo irreal al cual percibimos como si estuviéramos viviendo dentro de  
él.   El arte tiene mucho de magia, pues pone ante nosotros mundos en los cuales  
podemos penetrar, ser partícipes y, en muchos casos, atraparnos hasta llegar a hacernos  
sentir parte suya. Es así, inquietante, suntuosa, desparpajada, nunca solemne sino plena  
de frescura y espontaneidad, como la magia del mundo pictórico de Leonel Maciel se  
apodera de nosotros.

    Recorrer su obra de manera retrospectiva permite vislumbrar como el mundo de este  
pintor sin miramientos está lleno, no precisamente de ficciones caprichosas, sino de  
constantes narraciones que encierran un conjunto interminable de vivencias que él ha  
hecho pasar por el cedazo maravilloso de su imaginación.  Clasificar a Leonel Maciel  
dentro de alguna corriente pictórica convencional es limitarlo, y hablar de las influencias  
con que está cargada su pintura nos lleva, no al arte de otros pintores como él, sino a las  
fuentes originales, a aquellas que la cultura de los pueblos nos ofrecen y en donde están  
contenidas infinidad de herencias ancestrales.  Nos lleva también a subrayar su especial  
interés por la poesía y la literatura, principalmente latinoamericana de la cual toma, a  
través de la palabra de muchos escritores, gran parte de sus concepciones plásticas. Así, en  
sus lienzos vive la presencia de Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Nicolás Guillén,  
Eduardo Galeano, Germán Arciniegas, por citar a algunos, y en toda su obra están  
reflejadas las influencias definitivas de las culturas japonesa y africana pero por encima de  
todo, de la cultura de nuestro país en su época prehispánica.

     Maciel pinta, muy a su manera, lo mexicano, desde las costumbres populares, hasta  
las más profundas raíces de nuestra mexicanidad, de nuestro latino americanismo.  Pinta  
lo que ha vivido, lo que desde niño bebió de su tierra natal, y de ahí, sus primeras  
influencias: las leyendas, las historias fantásticas en boca de la gente, las hechicerías, en  
fin, nuestra cultura a borbotones concentrada en su terruño.   En varios de sus cuadros  
refleja su obsesión por la muerte, pero no la muerte fría de la urbe, sino aquella caliente  
de ayer, la de su niñez con la que se divertía en los velorios a los que hace vivir de manera  
particular, ya sea en una especie de teatro donde cada quien participa como espectador y  
protagonista al mismo tiempo, o bien dentro del silencio submarino y entre singulares  
personajes del reino animal. La muerte que le conmueve y que nos hace sentir es la  
inherente al vivir, la contenida en esa parte pagana que tiene la religión y donde todo se  
enriquece con la presencia del diablo, un ser más en medio de la multitud.  Sus muertos  
están acompañados de flores, niños, ofrendas frutales, vendimias, colorido y música.  El  
poeta Carlos Pellicer ya lo decía:  "El mexicano tiene dos obsesiones:/el gusto por la  
muerte y el amor a las flores."
      
   Leonel Maciel no escapa a estas obsesiones, y en su afán de muerte y florecimiento pinta  
soles, lunas, espirales, velas, todos símbolos que aluden al movimiento circular, a la  
continuidad cíclica y regeneración periódica, a los ritmos de la vida siempre sujetos a la  
ley del devenir, del nacimiento y de la muerte, y a todo aquello que aparece y desaparece  
pero transformado, vivo, preñado y de nuevo fecundo.  Así, con los símbolos del perpetuo  
retorno, su pintura es como una espiral que nos lleva a recorrerla una y muchas veces sin  
saber dónde comienza ni dónde están sus finales.  Un mismo cuadro contiene multitud de  
otros cuadros, detalle tras detalle a semejanza de sinuosas filigranas que resultan en  
aventuras visuales interminables.  Por esto, cada uno de sus lienzos nos invita a entrar en  
ellos, a detenernos en cada minucia ahí plasmada y a mirar y mirar laberínticamente  
hasta haberlo captado todo por completo.

     Al hurgar las facetas por las cuales Leonel Maciel ha pasado en veinte años de trabajo,  
vemos como sus pinceladas han llegado a ser incendios feroces y a la vez traviesos y  
lúdicos, pero también han sido finas, sutiles y llenas de delicadeza.  Vemos como su vasto  
colorido siempre presente, ha pasado de la monocromía y uso de una gama armónica de  
grises, hasta la más escandalosa policromía en la cual persiste lo armonioso pero ahora  
por contraste.  Aquí los colores están aplicados de manera brutal, cada uno en su sitio y  
con las luces y las sombras perfectamente delineadas. En ocasiones ha utilizado el óleo a  
manos llenas, aplicando espesas capas de pintura y con tal fervor, que nos hace recordar  
los relieves de las fachadas barrocas de la arquitectura mexicana.   Sus temas algunas  
veces han tomado vida en ambientes fantásticos, casi oníricos, a través de extraños  
personajes como surgidos de Oriente y caracterizados por una especie de misterio  
esotérico.  Otras, en ambientes entre chinescos, de carnaval o litúrgicos, y donde la  
abundancia y riqueza de color no ha tenido límites.   Figuras humanas, efigies y animales  
plenos de ornamentación de las cuales se trasluce la muerte del cuerpo en proceso de  
descomposición, pero contradictoriamente vivo en un nicho de opulencia.  También está  
su constante homenaje a la vida y a los ciclos de la naturaleza a los cuales ubica,  
inspirado en la Coatlicue, la maravillosa escultura de nuestro arte prehispánico, en un  
espacio vegetal.  Aquí, en este sitio, la deidad de la tierra, diosa de las estrellas y la luna y  
soberana de la muerte, vibrando, llena de fuego, engendrándose a sí misma y dando a luz  
extraños seres que más tarde morirán para renacer al fin de nuevo.

     Después está una serie de trabajos inspirados en la novela "La Mulata de Tal" de  
Miguel Ángel Asturias y en donde MACIEL vuelca una imaginación que tras el raudal de  
este escritor se derrumba, resurge, florece, y crea un mundo propio.  Mientras Asturias  
pinta con las palabras, MACIEL narra con su pintura, da vida a sus personajes a manera  
de flores lujuriosas y siluetas fantásticas.  Juega con lo monstruoso y a la vez con formas  
llenas de picardía.  Da vida a lo vivo y también a la muerte, todo en un ambiente tropical,  
mestizo, negroide, y de nuevo la espiral, su mulata dentro de los aposentos coloridos de lo  
infernal respirando entre sogas espirales el misterio de la brujería. Por último, del "Canto  
General" de Pablo Neruda, a un Canto Americano al estilo de Leonel Maciel.  Un  
homenaje a los países de América donde utiliza el papel amate, primer material sobre el  
cual escribieron su historia los pueblos de nuestro continente.  Desde Alaska hasta la tierra  
del fuego, representados a través de sus dioses, su ritmo y sus frutos tropicales;  de su  
música, sus peces y sus piezas de oro;  de su carnaval, su clima y sus vaivenes.

     Es así como las realidades contenidas en los cuadros de Leonel Maciel palpitan  
transformadas, hechas mito o historia del origen.  Es así como su discurso plástico  
exuberante y colorido nos hace vivir participando con él de las raíces culturales que todos  
compartimos, y donde la naturaleza propia de cada lugar llega a formar parte de nosotros  
y nosotros de ella.  Maciel es un pintor reconciliado con el ciclo interminable de la vida y  
de la muerte, por eso es capaz de dar a luz mundos propios que nacen, viven, son  
sexuados, se organizan, se deshacen y mueren, y ahí, en ese momento, con su pintura y  
su creatividad en búsqueda constante logra de nuevo un renacimiento.


                                                                                                                     Andrea Montiel

                                                                                                                   Texto publicado en
                                                                                    Diez años de la Galería Metropolitana
                                                                                                                                 UAM 1989
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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