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Julia David: Donde no llega el sol

Si la luna simboliza lo cambiante y lo femenino, el Sol, que es siempre igual a sí mismo, que no cambia y no tiene devenir, es la personificación de lo viril desde las más antiguas mitologías. Significa una fuerza heroica, creadora y dirigente. Sus rayos suponen calor y luz, símbolo a un tiempo del poder de la gloria y de la espiritualidad.

Al leer Donde no llega el sol, primer libro de Julia David, supondríamos que sus páginas estarían llenas de oscuridad, de sombras y conceptos nocturnos. Llenas también de ausencias, pérdidas y desencanto. Esto no es totalmente cierto. Donde no llega el sol es un poemario afiebrado, anhelante, pletórico de reclamos y ansiedades. De ahogo, insomnio, ganas de ser sembrada y de cosechar. Lleno también de impaciencia, hechizos, delirios y sueños.

Página tras página, las palabras de Julia David recorren la soledad y al mismo tiempo el vagabundeo. Los ayeres con olor a tiempo, sequedad y hambruna, invocan constantemente el deseo. Como ella misma escribe, y cito: Mi sed es tan añeja/ que una gota de agua/ me emborracha/ y es tal/ la cronicidad de mi hambre/ que cualquier alimento/ me indigesta.

Esto no es otra cosa que abundancia en la carencia, ahogo de aquellos días vividos aún vívidos, sobre una piel donde el amor se asoma, donde sí llega el sol, aunque Julieta lo niegue en el título de este libro. Sí, del amor que se aparece a causa de ese duende que hemos dado en llamar deseo. Deseo que nos despierta el ansia por encima y debajo de la piel, y entonces todos los sentidos del animal que nos habita dentro se despierta. Piel que conversa con otra piel, que tiene sabor a clima y alimento, mezcla de humedad y sal y oscuridad candente en medio de la luminosidad nocturna . Piel y carne que viven el desvelo a causa de ese INSOMNIO que imagina al amante, "de mil maneras", como ella lo dice hasta que se mira transfigurada a sí misma en insomnio.

Por ello, los ESPACIOS en la poesía de Julieta están cubiertos de huellas que afanosamente trata de renovar a cada instante y por ello escribe, y cito: Vuelves nueva/ forjada por triunfos y derrotas/ ilesa del ataúd de los pasados. Aún ilesa, el rencor tiene cabida entre sus páginas, reclamos por las semillas que nunca acunaron en tierra y un recuento de adeudos habitan su soledad entre los elementos vitales con los que teje el destino. Sin embargo, el amor la salva de la soledad en la que vive sometida. Entonces intenta adivinar, conjurar, evitar el naufragio, el hastío, o lo peor de todo, suplantar sus sueños, y de nuevo cito sus palabras: En malas falsificaciones/ te he buscado,/ no mereces/ con tales baratijas te suplante./ No merezco/ tan pálidos reemplazos.

Y entre esos sueños invoca, exige préstamos al mar, al aire, al silencio, a la noche y al tiempo. Enamorada de un espectro que puede ser real o sólo imaginario, lo califica como: Señor de honores medievales,/ Merlín embaucador de palabras,/... Señor de la luna/ amante furtivo de mis madrugadas. Entonces delirante exige con su pasión disfrazada de palabras: Boca de arena revolcada/ cubierta de lirios,/ sembrada de bocas./ Sueño con robarte una/ anidarla en los muslos,/ en el vientre,/ en esta mordiente abstinencia,/ perfumarme con ella los cabellos/ y humedecer la punta de mis senos.

Así, en su delirio termina perdiéndose a sí misma, con ese extraño SEÑOR DE LOS CUATRO VIENTOS y también de los cuatro puntos cardinales. Con él recorre lo que no es posible recorrer ni con la muerte-vida, ni entre el sueño estulto de los amores fantasma. Fantasmas que aparecen y desaparecen en medio del CALENDARIO, repleto de lunes y miércoles y viernes. Días de presencia presente, y días de presencia en ausencia donde de nuevo aparece el cuatro, el extraño SEÑOR DE LOS CUATRO VIENTOS y ahora cito: En cuatro meses,/ cuatro universos./ Cuatro eras a mi alcance,/ cuatro intemporalidades deshebradas,/ cuatro espacios que me dueles,/ cuatro rutas hacia mi carta de navegación. Y con esa navegación imagina las caricias después de las caricias, y al fin el arribo del día perfecto en que el amado llega a esa casa abandonada de su boca, a ese sitio donde el destino se asoma, donde la luz sí llega iluminando el camino, aunque Julia David insista en ese lugar Donde no llega el sol. Gracias por estos versos, por estos poemas en búsqueda de luz entre la oscuridad con el fin de proseguir caminos. Porque de mi parte añadiría para terminar que:

Nos cansamos
de buscar.
Aun así,
cada día es un encuentro.

                                                                                                                   Andrea Montiel

                                                                                      (Palabras en la presentación del libro
                                                                                         en El telón de asfalto, octubre1998)
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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