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JUAN SORIANO: Un pintor siempre abierto a la sorpresa

                                                                                                                            Pero el ritmo es su norma, el solo paso,
                                                                                                                                    la sola marcha en círculo, sin ojos;
                                                                                                                                         así, aun de su cansancio, extrae
                                                                                                                                                                                         ¡hop!
                                                                                                                              largas cintas de cintas de sorpresas...

                                                                                                                                                                     José Gorostiza














En la edad niña, todo es sorpresa, todo asombro.  El mundo nos toma desprevenidos, nos  
conmueve y maravilla con lo imprevisto e incomprensible.  El niño es espontáneo, sin  
intención ni reservas mentales, su realidad es más bien la fantasía y el vuelo donde  
construye mundos y los vive.  Infancia es destino - se ha dicho -son los recuerdos  
imborrables que habitan bajo la piel y con los que transitamos el resto de nuestra  
existencia.  Así fueron para Juan Soriano su infancia y sus primeros años adolescentes en  
Guadalajara, los más importantes y definitivos, los que le han servido de parámetro para  
dimensionar la vida y todos aquellos lugares del mundo que ha visitado.

Cuando niño, mientras se entretenía pintando sirenas, caracoles y flores, o atónito  
observaba a su nana modelar figuritas con la masa de las tortillas, también modelaba  
pequeñas esculturas. Sus  manos sentían algo parecido a esa lucha que todos tenemos al  
comenzar a hablar y expresarnos, algo natural que lo impulsaba a transformar aquello  
sin forma y convertirlo en caballo, pájaro o rostro; desde siempre un impulso espontáneo  
por crear un documento con sus sentimientos, sus visiones de la vida, del mundo y de su  
realidad.   También le atraía bailar y el teatro lo impresionaba.  Poseía dotes personales  
para mimar y hacer gestos.  Admiraba los títeres de Rosete Aranda y fabricó su primera  
escenografía para un teatro de títeres suyo en el que realizaba representaciones, y si no  
contaba con un público, lo hacía para él mismo frente al espejo.
 
En aquellos años de infancia, lo rodeaban sus tías siempre vestidas de negro  
atemorizándolo con historias de aparecidos, leyendas de la Guerra de Intervención, la  
Independencia, el Imperio o la Reforma.  Lo cercaban cuatro hermanas, sus padres y  
aquel tiempo de los últimos cristeros, y las haciendas y familias arruinadas.  Fue entonces  
cuando pintó los cuadros de su primera exposición: los retratos de sus hermanas y niñas  
terribles y monstruosas.  Fue entonces cuando aparecieron sus primeros amigos:  Jesús  
Reyes Ferreira, Alfonso Michel y Chucho Guerrero Galván.  Todos ellos despertaron en el  
joven Juan la fascinación por el mundo mágico de las esferas, el amor por las cosas del  
pasado, el arte popular mexicano, en fin, con ellos aprendió a apreciar la belleza, la  
materia, la calidad de las cosas, y lo más importante, una predicción de Michel: "tú vas a  
ser pintor".

Así, el deseo de pintar, como aquel de la escritura, para Juan Soriano no tuvo  
antecedentes, no fue nada especial, ni raro, ni excepcional y es hasta sus años cuarenta o  
cincuenta, cuando pensó en el significado de esa imperiosa necesidad de hacer cuadros o  
modelar.  Por mucho tiempo tuvo la idea que la mayoría de la gente tenía:  pintar es algo  
inútil, algo que no posee sitio en la vida moderna, aquella de la década de los treinta  
cuando el arte tomaba un sinnúmero de caminos dispersos, donde confluían tendencias y  
teorías con resultados poco efectivos y el arte comenzó a experimentarse a través de los  
llamados ismos.  Para Soriano fue imposible situarse dentro de aquellas corrientes,  
sobretodo la del surrealismo cuyas proposiciones lo desilusionaron profundamente.

Sin embargo, desde muy joven sus ojos recorrieron las reproducciones de grandes pintores  
del momento, Picasso, Matisse, Bracque, Miró, Dalí, Klee. De los nuestro le impactaban  
los retablos barrocos, las pirámides, los códices, la esencia artística de las culturas  
precortesianas.

Con los ojos pletóricos de imágenes, Juan Soriano abandona Guadalajara en el año de  
1935 impulsado por María Izquierdo, Lola Álvarez Bravo y Chávez Morado, quienes al  
ver una de sus exposiciones le aconsejaron venir a México. La ciudad abrigaba entonces el  
auge del muralismo, Rivera, Orozco y Siqueiros dominaban el mundo pictórico  
mexicano.  Sin embargo los tres grandes y sus convicciones políticas estuvieron muy lejos  
de la sensibilidad de Soriano.  Aun así uno de sus entrañables amigos fue Diego Rivera.   
De inmediato se vincula con el grupo de Los Contemporáneos, Novo, Villaurrutia, Lazo,  
José Ferrer, Carlos Pellicer, el más luminoso de los poetas del momento y de quien hereda  
el deseo de viajar y escuchar constantemente su poesía.

Y como Pellicer: "sobre los dulces tréboles al pie del Partenón, pongo a danzar los  
lápices", así, las manos de Soriano ponen a danzar la poesía a través de sus pinceles y sus  
herramientas escultóricas.  Y en un alarde de libertad e individualidad pero sin dejar a un  
lado su profunda inclinación por la esencia de lo mexicano, sus caminos pictóricos se  
entremezclan con la estética clásica, el arte barroco, la expresión renacentista, la  
prehispánica, incluso aquella de los románticos alemanes, transformándolo todo en algo  
propio, único, sólo suyo.

En su pintura de las décadas treinta y cuarenta, aparecen varios autorretratos y retratos  
de amigos:  su hermana Martha, Rebeca Uribe, la tía Julia, el poeta Xavier Villaurrutia,  
Diego de Mesa, María Asúnsolo, San Jerónimo, Lola Álvarez Bravo, Lupe Marín, Pita  
Amor, retratos en los que es más importante lograr el reflejo de aquellos pensamientos y  
sentimientos inscritos sobre el rostro, el ser mismo de la persona, y ese lenguaje silencioso  
que los demás guardan para nosotros.  En fin, la fuerza y la parte más viva de un yo  
íntimo que de tanto mirarle casi se le desnuda.   Para Soriano, "El retrato no es una  
fotografía de la persona sino la fantasía que hago sobre ella, porque la gente cambia por  
minutos".  Y "el autorretrato es una reflexión sobre el cambio y la muerte.  La persona se  
va destruyendo.  Empezamos blancos como hojas secas hasta que nos morimos".










Y ahí junto con el rostro de los personajes que viven en sus lienzos están las manos,  
gigantescamente expresivas, manos en reposo, unidas o en espera de algo, manos que no  
son otra cosa que la manifestación corporal del estado interior y de la actitud del espíritu.   
Manos que para Juan Soriano significan un don prodigioso del ser humano y con las que  
es posible complementar su inteligencia y crear un mundo infinito de objetos.   Manos a  
través de las cuales el pensamiento se concreta en realidades y por las que, en ningún  
momento, el hombre debe sentirse defraudado de ser hombre.

A este período pictórico también pertenecen varias imágenes de niños y naturalezas  
muertas, paisajes bucólicos y escenas bíblicas.  Niños y niñas que juegan con la vida,  
niñas entre flores y frutos, niñas que duermen entre ángeles que protegen las cuatro  
esquinitas de la cama, y una impresionante niña muerta sobre un lecho de flores del que  
emergen manos que unidas y misteriosas alzan plegarias.  Naturalezas muertas que nos  
remiten a lo antiguo, donde aparecen cristos o rosas contenidos en frascos y botellas de  
cristal, madréporas, insectos, frutos, cabezas de ángeles y calaveras, reminiscencias del  
arte mexicano en el que las flores, además de manifestar la extrema diversidad del  
universo, la profusión y la nobleza de los dones divinos, simbolizaban el alma de los  
muertos.   Lola a caballo y Diego en la playa, La playa, Recreo de arcángeles, La novia  
vendida, Mascarada y Pareja junto al río, son ejemplo de su inquietud por plasmar lo  
bíblico y lo bucólico, y en donde resalta su inclinación por diversas concepciones estéticas  
clásicas, barrocas, manieristas o realistas, siempre entremezcladas con su fantasía y el  
infinito espacio de su imaginación.

Como muchos artistas de su época, Soriano no dejó a un lado la tentación por el arte  
abstracto.  Algunos de sus cuadros de los años cincuenta así lo demuestran:  La madre, La  
muerte, Apolo y las musas, La vuelta a Francia, Retrato de una filósofa (María  
Zambrano), El pez luminoso, Las calaveras, Fuegos de artificio, son muestra de aquello  
que un día se dijo a sí mismo:  "Yo voy a hacer cosas abstractas porque ha de ser muy  
divertido".  Y comenzó a leer sobre la pintura zen, y notó que en Grecia también existió  
un momento abstracto y geométrico, pero al cabo de un tiempo, después de violentar el  
color, plasmar las líneas bruscamente y provocar el vértigo a través del movimiento de las  
formas, reaparecieron en sus pinceles aquellas figuras que trataba de disfrazar hasta que  
abandonó este camino. Por esos años el placer por modelar se continúa, y es en Roma  
donde trabaja varias esculturas en cerámica y terracota: el retrato de Isabel Villaseñor, La  
ola, piezas tridimensionales de organicidad espléndida y que parecen continuar el espacio  
con sus formas.  Otros materiales con los que ha dado vida a sus esculturas han sido el  
barro cocido y el bronce: "me gusta modelar y hacer formas recortadas, en cartón o en lo  
que sea.  Me ha sorprendido pensar que en la edad de bronce modelaban en cera y luego  
de allí las piezas eran copiadas en mármol o en piedra.  Nunca he intentado trabajar la  
piedra, porque carezco de esa idea preliminar precisa, en cambio con la arcilla o la cera  
puedo hacer y deshacer".

Durante esta etapa de su vida, Soriano cultivó de manera especial la amistad de Octavio  
Paz y sus enseñanzas fueron una de las mayores influencias poéticas para su trabajo,  
junto con él, Leonora Carrington, Diego de Mesa, León Felipe y José Luis Ibáñez entre  
muchos más, funda el grupo teatral Poesía en Voz Alta.  El teatro fue una de las artes  
donde Soriano vertió su creatividad plástica.  Diseñó escenografías y vestuarios por más  
de diez años para un sinnúmero de obras y ballets.  Para él,  "la escenografía no debe ser  
más que un pequeñísimo soporte al texto.  Y, al igual que los trajes, debe ser eficaz.  En el  
teatro es importante cualquier detalle".















En la vida de Juan Soriano hablar de los años 1961 y 1962 es hablar de Lupe Marín: "Aún  
antes de conocerla ya repetía de memoria sus dichos, sabía su leyenda".  Obsesionado por  
esta mujer hermosa y sensual, amante y esposa de Diego Rivera, la pintó, la dibujó de  
múltiples maneras, alargada, estirada hasta la imposibilidad y truncando brazos, senos,  
manos y cabeza.  Y como escribiera Octavio Paz sobre estos retratos: "...Con una libertad  
mayor que Diego Rivera, con más crueldad pero también con más ternura, Soriano  
pinta ahora a Lupe.  La pinta con pinceles fanáticos, con el rigor del poeta ante la  
realidad cambiante de un rostro y un cuerpo, con la devoción del creyente que  
contempla la figura inmutable de la deidad.  Movilidad y permanencia..."  Poesía sutil,  
poesía desenfadada en el retrato, los paisajes, el dibujo y la ilustración como en el caso de  
los dibujos que realizó para el Bestiario del poeta Guillaume Apollinaire.

Para las décadas de los años setenta y ochenta, e incluso parte de los noventa, la pintura  
de Juan Soriano sufre una transformación inusitada.  Ahora los temas y el colorido que  
plasma en sus lienzos reflejan una intensa unidad poética. Ahora pinta puertas y  
ventanas, esos lugares que permiten  la entrada de luz a los recintos, o el paso entre dos  
mundos de lo conocido a lo desconocido, o la apertura al misterio que invita a ser  
atravesado.  Detrás de esas puertas pinta árboles de intenso amarillo, amarillo violento  
hasta la estridencia como los rayos del sol de mediodía.  Pinta el esqueleto de la muerte  
traspasando esas puertas, o la muerte enjaulada, esa muerte dinámica, anunciadora de  
una nueva forma de vida.  Pinta un perro o un gato, también  asociados a la muerte y al  
mal augurio.  Pinta flores y macetas. Pinta aves que se confunden con las plantas,  
imágenes de la vida cuya transparencia parece surgida de los sueños.  Pinta lechuzas en  
medio de bosques solitarios y melancólicos.  Pinta mares que reflejan un corazón humano  
que ha logrado la tranquilidad; pinta peces, símbolos de vida y fecundidad; pinta la playa  
o caballos con sus siluetas casi lunares que rememoran el tiempo y la impetuosidad del  
deseo en calma.

Azul, verde y violeta son los colores que ocupan estos cuadros, profundos colores donde la  
mirada se hunde sin encontrar obstáculos y se pierde en lo indefinido, en lo inmaterial y la  
transparencia del vacío acumulado, el vacío del aire y de las aguas.  O esos verdes que  
reflejan las tierras nutricias del reino vegetal, verdes tibios como el hombre.  O ese violeta  
color de la templanza, mezcla de rojo y azul que invita a la reflexión, equilibrio entre la  
tierra y el cielo, los sentidos y la mente, la pasión y la inteligencia, el amor y la sabiduría.   
Colores todos alquímicos que invitan a sentir una especie de transfusión espiritual.

Al mismo tiempo esculpe caballos, toros, sirenas y caracoles.  Esculpe gallos, palomas,  
patos y águilas, toda una fauna escultórica propiedad de un artista que sueña y hace de  
sus sueños bronces de formas caprichosas donde predominan las olas, las esferas, los  
círculos, las medias lunas. Esculturas de diversos tamaños, pequeñas, grandes y  
monumentales como La ola, El caracol y La luna, que pueden ser admiradas en el museo  
MARCO en Monterrey, el World Trade Center en Guadalajara y en el Auditorio Nacional  
de la ciudad de México.

Es así como Juan Soriano en su relación con el mundo, se ha apropiado de todo lo que le  
gusta.  Es así como ha creado su arte, con todas aquellas expresiones mágicas que le han  
entregado los antepasados, no sólo a través de la pintura y la escultura, sino de la  
literatura, la poesía, el ballet y el teatro.  Es así como la realidad es transformada por su  
imaginación, realidad sensual, aquella de los sentidos y que no existe en la naturaleza,  
sino en la poesía de la naturaleza.  Es a través de la fantasía, de esa porción intensa de la  
realidad y ese don de recrear aquello que se ha sentido, vivido y amado, como se hace  
posible salvar a las cosas del olvido y otorgarles siglos de vida.

Para Soriano el dibujo es el inicio, el medio más cercano al pensamiento. Es el momento  
impetuoso de su creación y a través del cual descubre que es imposible hacer algo idéntico  
a lo real, sino más bien, lograr una poesía sobre la realidad.  Qué pintar en un cuadro o  
cómo pintarlo está en relación con el tamaño del lienzo o del papel.  Comienza con un  
pequeño dibujo ya sea actual o de tiempo atrás y entonces decide determinadas  
dimensiones.  Entonces comienza la fabricación del objeto artístico, la vida del cuadro.  Y  
a Soriano ahora le gustan los lienzos blancos, muy limpios, ya que hace años por  
aprender técnicas antiguas, solía pintarlos de algún color ocre o verde pálido con el fin de  
armonizarlos.  Esto frecuentemente le obstaculizaba el resto del trabajo, obligándolo a  
una gama de colores que después no deseaba.   Era mucho el esfuerzo para cambiar esa  
base, esa imprimatura, por ello dejó de hacerlo.

A diferencia de muchos pintores Soriano nunca ha sentido angustia ante un lienzo o un  
papel vacío.  Tiene un chispazo con el encuentro de un dibujo o apunte rápido, con una  
especie de ocurrencia y todo comienza a fluir.  Y cuando la pintura inicia, no sabe el  
momento de su terminación, no sabe el color que va a tener, sino que se va conformando  
poco a poco, va naciendo en un vaivén, adentro de él mismo y su relación con lo externo.   
En su trabajo escultórico sucede algo parecido:  cuando tiene una idea muy clara y  
precisa, de inmediato busca algún material maleable, incluso el migajón o la plastilina y le  
da forma con el fin de no perder las soluciones pensadas.

El estado de ánimo no tiene gran influencia en las creaciones de Soriano, los dictados de  
su quehacer artístico son más bien un diálogo consigo mismo aunado a la disciplina  
diaria.   Pintar o esculpir es igual.  Incluso puede hacerlo alternadamente, sin embargo  
existe una diferencia:  la escultura está relacionada con el cansancio físico, la pintura  
nunca le cansa aún después de varias horas de trabajo, y así durante horas pinta con las  
dos  manos, a veces con la diestra, a veces con su mano izquierda.  Para ambas  
expresiones lo importante es dejar que la imaginación corra, que la fantasía vuele.   En el  
arte tridimensional, por el camino de las formas y el volumen, manejando la luz que es el  
elemento que da color y constantemente transforma la escultura, acentúa o aplana sus  
ángulos y la llena de ritmos.  Su magia se manifiesta de maneras distintas ante la lluvia,  
ante los brillos que toma cuando es iluminada por la luna, o en la oscuridad cuando la  
obra esta esculpida en materiales blancos o negros, donde puede tomar dimensiones a  
veces aterradoras.  La pintura en cambio, aunque es modificada por la luz a lo largo del  
día, ahí está siempre viva, con sus facetas infinitas, mostrándose ante nosotros y nuestros  
ojos dándole diferentes lecturas.

¿Y hasta cuando las manos de Juan Soriano avisan que el cuadro o la escultura están  
terminados?: cuando siente el silencio, esa calma maravillosa que lo invita a abandonar el  
pincel o los instrumentos de trabajo escultórico.  Entonces procede a mirar, mirar, a  
internarse en el cuadro o recorrer todos los ángulos de su escultura.  Piensa en el sitio  
donde serán colocados, las posibilidades de luz, toda esa historia que sus ojos inventan al  
observar sus obras como lo haría un público.  Es cuando ese trabajo de sus manos se ha  
transformado en poesía, en esa acción maravillosa de la vida llamada arte y donde todo  
puede ser expresado a través del lenguaje de los signos, los símbolos plásticos, las palabras,  
los sonidos musicales, aunados a las experiencias emotivas, las pasiones, las frustraciones,  
pero siempre en el terreno de las formas, sí, las formas con las que es posible equilibrarlo  
todo.   "Si acaso pinto o esculpo algo que realmente vale la pena, tendrá que ser poesía".

Es así como la poesía-pintura, poesía-escultura de Juan Soriano impacta nuestros ojos,  
con su mundo de formas libres, inquietas, serenas, terribles y armoniosas. Con la imagen  
de su mundo y su verdad artística que nada tiene que ver con la realidad, sino con esa  
magia de la realidad poética.

                                                                                                                     Andrea Montiel

                                                                                            Texto para el archivo personal de
                                                                                                                  Juan Soriano/ 1997
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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