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JOY LAVILLE   y la inmensidad de la nostalgia

















¿A quién no ha sucedido al mirar el mar, el horizonte, las montañas, o un simple aspecto  
de la naturaleza que está a nuestro alrededor, el sentirse inmensamente empequeñecido  
como una especie de participante tenue y casi imperceptible del paisaje?

Esto me sucedió cuando por primera vez me detuve a observar la pintura de Joy Laville.   
En cada uno de sus cuadros habita una extraña presencia de lo inmenso, de eso que nos  
rodea, que está frente a nosotros haciéndonos parecer al mismo tiempo insignificantes y  
partes imprescindibles del todo.  También habita lo apacible, lo silencioso, y así es Joy, una  
mujer apacible, de pocas palabras, pero de una vitalidad igualmente inmensa que se delata  
en su mirada.
 
     Ya alguien más lo ha dicho, a Joy no le gustan las entrevistas, lo decía Jorge  
Ibargüengoitia cuando calificaba a su mujer de ser algo así como una "caja fuerte",  
alguien que habla poco y lo que tiene que decir lo hace a través de su pintura.  Sin  
embargo, la tarde que la visité en Cuernavaca en su bella casa entre jardines, aire  
perfumado y luz, hablamos, hablamos de ella, de sus inquietudes, de su oficio y de su vida.

     Joy Laville vive en México desde hace más de 30 años, pero nació en la Isla de Wight  
en Inglaterra, rodeada de mar y de paisajes en donde creció, pasó su adolescencia y parte  
de su vida, hasta que decide irse a Canadá.  Después de permanecer ahí por un tiempo,  
vino definitivamente a radicar entre nosotros, en San Miguel Allende.

     Desde hace más de dos décadas Joy Laville pinta profesionalmente, antes sólo lo hacía  
por gusto.  En Inglaterra tomó algunos cursos de pintura pero es hasta que vive en  
México, cuando ingresa a la Escuela de Arte de San Miguel Allende y vende su primer  
cuadro.   Siente que comenzó a pintar tarde, y entre ella y la pintura hay muchos años  
que nunca podrá recuperar.   Joy se considera una pintora autodidacta ya que en el  
transcurrir de su oficio tuvo que descubrir muchas cosas por ella misma y reconoce haber  
pasado por varias etapas expresivas. Su pintura comenzó siendo figurativa, después  
representacional, en algún momento se acercó al abstracto y regresó de nuevo a lo  
figurativo.  Así, poco a poco, en una especie de desenvolvimiento, descubre el camino que  
la llevó a pintar como lo hace.

     Frente al lienzo vacío o el papel en blanco, Joy Laville siente terror, y a veces realiza  
otras cosas para evitar el inicio.  Sin embargo, en el momento en que comienza a pintar,  
se inquieta, se involucra completamente y mancha la tela, la ensucia, después se  
tranquiliza.   Para Joy lo más fácil es el pastel, pero le aburre porque después de terminar  
algunos de estos trabajos, los domina, pierde el reto, y ya no representan ninguna  
dificultad.  Y no es que ella desee estar siempre retando, no, pero bien sabe que los pasteles  
siempre resultan y a la gente le agradan por estar "bien terminados".

     Joy más que dibujar, porque el pastel como ella afirma es básicamente un dibujo,  
prefiere trabajar sobre tela o con acrílico sobre papel.  Se inspira en todo aquello que la  
afecta, fundamentalmente en las cosas que le han ocurrido, experiencias grandes o  
pequeñas, cualquiera de ellas es lo que la lleva a pintar.  Sus razones para hacer un cuadro  
radican siempre en aquello que le ha penetrado, vivencias o recuerdos, realidades o  
sueños, incidentes inmediatos o sucesos del pasado. Sin embargo, esto es sólo el principio,  
ya que cuando está pintando la razón inicial deja de ser importante, ahora lo importante  
es lo visual, el equilibrio entre el espacio, el color y las formas, también los contenidos, esos  
contenidos no anecdóticos sino los que se reflejan haciendo sentir al espectador un estado  
de ánimo y una ambientación.

     Si se tuvieran que utilizar los mejores adjetivos, o los calificativos más cercanos para  
describir la pintura de Joy Laville, yo diría que su arte es equilibrado, puro y sereno,  
bellamente apacible, silencioso y desprovisto de motivos inquietantes o perturbadores.  En  
su pintura todo acaricia, todo abraza con un espíritu descansadamente placentero. Joy  
casi siempre utiliza los colores pastel, aún con las técnicas del óleo o del acrílico, y así pinta  
el verdor de los paisajes, pinta playas, le da presencia al agua, a las montañas, a la  
vegetación y a las flores.  Pinta el día con una luz indefinida, como esa luz muy de  
mañana, o tal vez la luz de media tarde, la de ese momento del día que aún le faltan  
algunas horas para convertirse en noche.  En sus cuadros también se siente la presencia  
del sol en el paisaje, un sol tímido como si estuviera agazapado entre la bruma, un sol  
color durazno que lentamente se confunde con la arena.  Y dentro de estos paisajes donde  
la inmensidad es lo que se advierte a primera vista, aparecen pequeñas figuras humanas,  
hombrecillos o mujeres cuya presencia es casi imperceptible.  Joy dice que en medio del  
paisaje necesita estas presencias para romper el espacio, para quebrar la monotonía.  Las  
figuras por lo general están desnudas, otras veces las viste con atuendos citadinos que  
semejan raros personajes urbanos cargando su añoranza por los sitios sin asfalto.   En  
medio de las aguas, aguas que pueden ser mares, lagos o ríos, siempre reposados, casi  
inmóviles, transitan barquichuelos;  en las playas aparecen hombres en bicicleta, en los  
cielos aviones.

     Joy Laville también pinta interiores, y así como en todos sus paisajes en los que la  
serenidad ejerce su reinado, está presente la quietud de las alcobas, los divanes, las sillas,  
las ventanas, las figuras femeninas reposando, observando el infinito o asomándose a  
mirar como la luz transpira su paciencia,  como ese estar esperando algo que en realidad  
es inaprensible, o simplemente es nada y nos reduce a la contemplación, a ese atisbarlo  
todo y a uno mismo dentro del todo.

     Esta silenciosa pintura de Joy parece aconsejar la manera como enfrentarnos a la  
infinitud de la existencia y de la vida que para ella, transcurre tenuemente,  
punzantemente pero sin el escándalo de lo doloroso. Más bien sus cuadros son un ejemplo  
de cómo es posible que el tiempo y el espacio se fusionen, o la distancia y la cercanía se  
confundan.

     Si pudiera comparar la pintura de Joy Laville con la música, sin remedio me remito a  
Debussy, o a Satie, y me atrevo también a recordar, dentro de la poesía a Baudelaire, en su  
libro: "Las Flores del Mal" y algunos de sus versos del poema "El crepúsculo de la  
mañana":

                    La diana madrugada cantando en las casernas,
                    y el viento matutino soplaba en las linternas.
                    Es la hora en que el enjambre de sueños impacientes
                    despereza en su almohada a las adolescentes.....

     Y entre los elementos de la naturaleza, en la pintura de Joy el aire no es viento, es  
brisa, la tierra no es polvo, es arena, el fuego es algo muy tenue, una llama que se  
extingue y el agua, más que agua es humedad, ambiente vaporoso. Tampoco faltan las  
flores, capturadas en floreros o viviendo libres, a la intemperie, en su medio natural.  ¿
Pero qué flores son, qué tipo de vegetación es la que Joy Laville pinta en sus cuadros? Es  
sólo vegetación, extrañas palmeras tropicales, o más bien semi tropicales, porque al  
mirarlas nos hacen sentir no el calor sino la tibieza, una tibieza que más tarde se convierte  
en frío, elegante frialdad que desfila entre una gama de azules, verdes, esmeraldas y  
turquesas.

     Es así como en la pintura de Joy Laville está presente un espíritu, su espíritu  
suspendido ante algo que podrían ser los recuerdos ancestrales y algo más que aterra  
bellamente: la inmensidad de la nostalgia.


                                                                                                                       Andrea Montiel

                                                                                                     Revista La Plaza  Agosto 1988.
                                                                                Martín Casillas. Crónicas de la vida cultural.
                                                                                                                                  Año III, 36
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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