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JESÚS MARÍA FIGUEROA: Federico Chopin


Así como la poesía llama y escoge la voz de los poetas, la música a sus compositores e intérpretes.  Desde pequeño, mi querido amigo Jesús fue llamado por la música, y aunque doña María Victoria Santa Cruz, su madre, deseaba que este niño se convirtiera en un médico cirujano, sus deseos no pudieron cumplirse.

Cuando Jesús vio la primera luz en este mundo, en Nuevo Laredo, Tamaulipas, su madre fue atendida por religiosas en el Sanatorio Isabel.  Una de aquellas monjas tomó la mano del recién nacido, y de inmediato, Doña  María Victoria le dijo: este bebé tendrá manos de cirujano.  La monja con actitud de vidente o iluminada y acento muy español,  contradijo tal cosa dicha, afirmando que esas manos serían de un pianista.

Sin embargo, María Victoria no cesó en el intento de volver médico al pequeño Jesús y sus primeros juguetes fueron: un maletín de médico, y acompañando este gran regalo, un diminuto órgano de una octava, el cual tenía que conectarse a la electricidad para sonar.  Jesús nunca le prestó atención a aquel maletín y se pasaba el tiempo jugando con el organito.  El niño quería tocar la canción de todos conocida, Cielito Lindo, pero le faltaban notas.  Se quejó y quejó, el mi, la nota mi, no existía. 

No hubo más remedio.  Su madre se dio cuenta de su inclinación musical y decidió que ella misma tendría que tomar clases, por cierto con el único maestro que existía en Ciudad Juárez donde vivían entonces. De esta manera, aprendería algunas nociones musicales básicas para enseñarle el lenguaje de los sonidos al pequeño Jesús.
  
Sin ser músico, aquella dulce mujer le dio lecciones de solfeo.  María Victoria dibujaba pentagramas sobre un cartón con plástico, y con la masa con la que hacía sus tortillas, moldeaba testales, bolitas de masa que se convertían en notas que eran colocadas sobre el pentagrama.  Sobre el piso comenzaban a aparecer la clave de sol, la de fa y las testales se manifestaban como do, re mi, fa sol.  Si estaban separadas se tocaban una primero y otra después;  si aparecían juntas aquello se llamaba acorde… y así, tan didácticamente infantil, Jesús comenzó a aprender el maravilloso lenguajes de los sonidos.

Pasó el tiempo y este niño llegó a tocar la Polonesa Heroica Simplificada, Fur Elise de Beethoven, Humoresca de Dvorzak, y tantas más.   Se le ocurrió a María Victoria, como una gracia de tantas que le pasaban por la cabeza, grabar un disco con sus interpretaciones y enviarlo a la Ciudad de México, para concursar en televisión en un programa llamado Presentación con Paco Malgesto.  El niño de siete años ganó el concurso y no tuvo más remedio que viajar a la ciudad y tocar en público.  El asunto fue todo un éxito y ya querían incluirlo en los espectáculos del Teatro Lírico con las vedettes.  Los contratos comenzaron a aparecer por todas partes para presentarse con un famoso organista del momento, que por cierto era invidente:  Ernesto Gil Olvera.  La idea era que actuaran juntos y contrastar  al maestro Gil Olvera con el pequeñín y diminuto niño prodigio.

Sin embargo, Jesús tenía que estudiar.   Deciden regresar a Ciudad Juárez, donde vivía la familia,  y pasar algún tiempo hasta que Jesús cumplió sus diez años.  Fue entonces cuando, ya en México, ingresó al Conservatorio Nacional de Música. Comenzó sus estudios como oyente y después como alumno con el maestro Joaquín Amparán, con quien estudió varios años hasta cumplir sus 18.  El maestro Amparán no le puso la atención suficiente, le relegó de algunos conciertos, de tocar en público y evitó que Jesús contara con una beca.  Tales hechos dieron lugar a  una decepción muy profunda en el joven e hicieron que abandonara su carrera pianística.  Pero lo peor del caso fue que todo esto coincidió con un grave accidente mientras Jesús vivía en la colonia Polanco. 

Inesperadamente, durante los siguientes tres años después de aquel suceso,  comenzó a estudiar la licenciatura en turismo, convirtiéndose en gerente de hotelería y agencias de viajes.  Al terminar estos estudios quería trabajar en el Hotel Camino Real que se acababa de inaugurar en la Ciudad de México.   Su madre, que era muy dura y testaruda, no lo permitió, insistió en que terminara su carrera de piano y después hiciera cualquier otra cosa que le viniera en gana.

Gracias a esto, Jesús regresó al Conservatorio, pero con la condición de escoger, él mismo, a su nuevo maestro y así concluir con los tres años de estudios que le faltaban.  Y así fue:  reinició sus estudios con la Maestra Luz María Segura, quien lo preparó hasta terminar la carrera de piano.

En uno de aquellos días, y desde mi punto de vista no por casualidad sino causalidad, apareció en la vida de Jesús la Maestra Regina SMENDZIANKA, quien venía de Varsovia a dar un curso en el Conservatorio.  Jesús buscaba un salón para estudiar y coincidió con que, el único salón desocupado, era exactamente el sitio donde la Maestra Smendzianka impartía el curso.  La dama entró con su traductora polaca y pidió que lo desocupara ya que en pocos minutos comenzaría a impartir su curso sobre Chopin.  Hasta ese momento, ninguno de los asistentes había llegado.  Jesús aprovechó ese maravilloso tiempo y le pidió a la maestra si era posible que lo escuchara interpretar algo, y la maestra accedió.  La dama se puso unos lentes que colgaban de una cadenita, sacó una libreta donde anotaba algo y lo escuchó.  Jesús terminó de tocar y la maestra nerviosamente cerró su libreta, se quitó los lentes y  le dijo a su traductora unas palabras en polaco, que a Jesús le sonaron como abejas zumbando...  ¿Qué pasó, qué le pareció la ejecución a la maestra?  No hubo respuesta alguna.  La preocupación fue que nadie llegó al curso. 

Al día siguiente, cuando Jesús llegó al Conservatorio se topó con la sorpresa que su nombre estaba incluido entre los integrantes del curso de Chopin que impartía la Maestra SMENDZIANKA.  Obviamente fue una especie de profanación para la Maestra Segura, quien, con su total enojo, reclamó a su alumno exigiéndole se retirase de aquel curso.  La negativa fue definitiva y Jesús se integró de lleno a estudiar Chopin junto con veinte estudiantes más.  Los desertores no faltan, y poco a poco, los participantes fueron disminuyendo hasta quedar dos pianistas, y uno de ellos fue Jesús. 

El curso llegó a su fin.  El día del cierre se realizaría un concierto con la presencia del director del Conservatorio, pero durante la madrugada falleció su padre.  Después de los arreglos que implican una situación como ésta, Jesús no pudo sino llegar en el minuto exacto para realizar aquel concierto. Una hora u hora y media de antelación, como suele ser la costumbre de un músico para llegar a su concierto, era imposible.  Jesús explicó la situación a la maestra Smendzianka, y aún con todo,  después del concierto fue necesario acudir también a una audición para el Canal 11 de T.V.

Después de experimentar estos momentos difíciles como los de perder a uno de nuestros padres, Jesús no estuvo solo, lo acompañó la música, y gracias a aquel concierto del Conservatorio, y su audición en el Canal 11, la maestra Smendzianka le pidió que fuera a estudiar con ella a Polonia.  Seis años vivió Jesús en este país de inviernos crudísimos, paleando nieve y a 22 grados bajo cero. 

En medio de este terrífico frío, terminó la carrera graduándose como Licenciado en Artes y Maestro en Música. Desde entonces, tomó parte en seminarios internacionales en Polonia y Alemania, ofreció numerosos recitales como solista y participó con orquestas diversas; en la interpretación de música de cámara unió su talento con importantes chelistas, contrabajistas y violinistas.  Acompañó un sinnúmero de recitales de lieder a distinguidos cantantes y fue director durante cinco años del Ensamble Vocal Manuel M. Ponce.  Su labor musical ha sido honrada con varios reconocimientos, preseas y galardones, y ha sido invitado  para dar cursos de perfeccionamiento pianístico, clases maestras y conferencias en los Estados Unidos y Europa.

Desde 1977 hasta la fecha, es catedrático de esta Escuela Nacional de Música de nuestra UNAM. Ya son 32 años que Jesús acude día a día a compartir sus conocimientos en esta escuela.  Como maestro, su actividad docente ha sido de las más apasionantes.  Ver a sus alumnos graduados que viven de la música y para la música, que triunfan en ella y han podido realizar estudios superiores en el extranjero, le ha hecho sentir la satisfacción de la trascendencia, esa sensación de haber sembrado semillas en todos y cada uno de quienes han pasado por sus enseñanzas.

Como intérprete, al maestro Jesús María Figueroa la música le pertenece, con ella ejerce la imprescindible libertad que todo artista requiere para expresarse.  Su entrega es evidente, y lo que siempre ha sido importante para él, es dar a conocer la obra de arte de un creador, transmitirla con la técnica y emoción de sus interpretaciones y dejar en el público una preciada joya hecha de sonidos.

Escribir un libro o producir un disco es como tener un hijo, de tinta y papel o de sonidos.  Jesús ya tiene dos hijos sonoros:  Música Española para canto y piano y piano solo y ahora nos da a luz  este singular disco:  Federico Chopin, flauta y piano, canto y piano, violonchelo y piano y piano solo.  Disco que es resultado de su trabajo en investigación musical y su aportación al proyecto del PAPIME.  

Interpretar a Chopin fue una especie de regreso a Polonia y volver a vivir aquella juventud como estudiante que fue una de las etapas más significativas de su vida.  Después de aquellos años en Varsovia,  e impregnado día y noche de la maravillosa música de Chopin, un verdadero héroe nacional y orgullo de Polonia, el Maestro Jesús María Figueroa, amigo querido, nos ofrece esta joya inusitada, que reúne obras en su mayoría desconocidas entre nosotros, y que no son sino, poesía y música, gracias a su compositor, Chopin, y la maravillosa interpretación que hoy festejamos todos.



                                                                                           Palabras de Andrea Montiel
                                                                        en la presentación del CD y concierto
                                            Sala Xochipilli, Escuela Nacional de Música UNAM
                                                                                                                           febrero 2009
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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