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JAVIER AGUILAR:  En un rincón del mundo















Desde pequeño, Javier Aguilar se sorprendía con los paisajes. Paisajes urbanos,  
rurales o las simples y a la vez complicadas actitudes de los seres humanos.  En el  
momento en que tuvo una cámara fotográfica en sus manos, sin dudarlo se lanzó a  
capturar imágenes que seducían su mirada.  A partir de entonces aparecen ante él  
instantes en los cuales se dice a sí mismo: esto debe inmortalizarse y clic, ahí frente a  
su lente surge una composición maravillosa que se captura para siempre.  Ahí, esa  
milésima de segundo en que sucede algo especial en su estado de ánimo o en el  
ambiente, tal vez un olor, el colorido de la tarde, una mirada, una persona, o esa  
magia de la inspiración que le hace observar un hecho que en ese momento todo lo  
envuelve y lo transforma provocándole un deseo irresistible de atraparlo.
Para Javier Aguilar las emociones son más importantes que la parte conceptual o  
técnica de la fotografía. Por ello hay que ser certero y disparar el obturador como va,  
porque las imágenes son fugaces e irrepetibles.  Así surgen sus fotografías donde  
capta y refleja la soledad contenida dentro de las multitudes, o el vacío que al mismo  
tiempo todo contiene. Y en medio de toda esta soledad, una presencia definitiva que  
parece estar posando para su lente. Pero no, esta presencia es espontánea y su  
adiestrado ojo se la roba al instante de la realidad que lo rodea. Javier nos dice: un  
fotógrafo es como un ladrón que se apropia de momentos que nunca más se  
repiten y ahí quedan grabados en la película para siempre. Yo me siento como un  
coleccionista de algo muy especial que ya se fue y sólo yo lo poseo.
“Observa y clic” es esto, fotografías en blanco y negro y en color donde un artista  
comparte lo que nuestros ojos nunca vieron.

Y así, con este sentimiento de posesión, Javier Aguilar decide apropiarse de una  
porción del vertiginoso e inconmensurable mundo de nuestra ciudad de México.  De  
sus calles hogares de los pobres, calles sin nombres de algún hombre, calles sin  
dioses, calles de todos y ninguno, sitios donde habitan los niños de estas calles.  Niños  
que simbolizan la irreflexión y la inocencia, el comienzo y la promesa de una vida que  
aún no se realiza totalmente. Niños que significan futuro, porvenir dormido, hijos de  
sus propias almas porque sus padres no existen, sólo la soledad, el hambre y la  
necesidad de transformar sus años en vejez los acompaña.

Así Javier acompañó la vida de estos niños que ahora la lente de su cámara detiene  
en este libro. Niños que se gobiernan, mandan y deciden el transcurso de sus días.   
Que duermen en las banquetas, parques, centrales camioneras y alcantarillas.  Que  
con su tierna edad trabajan lavando carros, limpiando parabrisas o tragando el fuego  
de una tea.   Javier los encuentra, le duele la mirada de sus ojos, pero también logra  
arrancarles sonrisas que son más alegría para él que para los propios niños. Seres de  
corta edad que se drogan y andan moneando en las esquinas, que piden una moneda  
para el pipirín del día, que con el tiempo se volvieron líderes y a fuerza de vivir ya  
saben defender sus derechos ante la constante persecución de la policía. Pequeños  
olvidados que se convierten en jóvenes y se aman a plena luz y a la intemperie.   
Niñas que devienen mujeres y paren hijos que les son arrancados y con temor cruzan  
las calles a pesar de que habitan en ellas.  Hijos que les invade el miedo de volver a su  
hogar con las manos vacías y prefieren hacer de las calles su casa para evitar el  
maltrato.   Niños capaces de dar amor y de una generosidad inesperada al  
compartirlo todo con los otros, aún con un extraño que a ellos se integra, así como  
Javier Aguilar, para captar instantes de su mundo.  De un mundo que ha quedado  
plasmado para siempre en la película de su cámara y sobretodo en su memoria.   Un  
extraño que con el tiempo se vuelve para ellos Papá Oso, el amigo al que siguen  
confesándole sin trabas sus problemas, las historias de sus días.












Y ahí caminan todos: Israel, La Gorda, Perita, Yolanda y Manuel.  Y ahí bromean y  
comen juntos Toño, Benito, Carlos “el Indio” y Luis.  Ahí Javier Aguilar y su cámara  
con ellos, quien después de vivir la cruda realidad de este rincón del mundo ya no es  
el mismo.  Ahora sabe que para estos seres que todos llamamos niños de la calle, las  
vivencias tienen un sabor amargo aún en los momentos de alegría;  que la  necesidad  
de ayuda en cualquiera de sus formas es imprescindible;  que todo niño es un ser  
humano al que debe darse lo mejor de nosotros para que en su mañana sea un  
hombre o una mujer de bien y logre desde sus posibilidades, realizar el camino de su  
vida;  que no basta con preocuparse por estos niños maleados a fuerza de cargar su  
pobreza en medio de una ciudad vándala como la nuestra;  que es necesario ocupar  
un poco  de nuestro tiempo o de los propios bienes materiales para arrancarlos de un  
mundo de libertad equivocada.  Que la familia es un núcleo fundamental cuya  
obligación es retenerlos hasta que les sean otorgados aquellos criterios básicos de lo  
que significa la existencia.   Que nadie en lo personal es culpable, sino todo ese  
descuido y desamor de la sociedad en su conjunto.  Que un niño desde que nace,  
merece mucho más que un rincón olvidado del mundo.



                                                                                                    Texto de Andrea Montiel
                                                                                            para la exposición del artista
                                                                                                                               junio 1998
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
Taller Tinta Libre
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