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Héctor Anaya; El sentido del amor …   o el amor tiene muchos rostros

Jugar, según el Diccionario Ideológico de la Lengua Española de Julio Casares es: "ejercitar alguna actividad física o espiritual, sin más finalidad que el placer que de ello se deriva". Significa también, "travesear, retozar", y eso es precisamente lo que EL SENTIDO DEL AMOR de Héctor Anaya hace en cada una de sus páginas. Juega, retoza y travesea con las palabras y a través de ellas construye una deliciosa historia en donde hace ejercitar física, sensual y sexualmente a los personajes quienes terminan viviendo el placer de ese amor que nunca se sabe cómo comienza, pero que ahí está imponiéndose, suavecito, hasta hacerse imprescindible por voluntad propia.

Y así, desde su inicio, por cierto sin principio ni preámbulos, esta novela narra un amor loco, que hace locuras y que enloquece para sobrevivir, para no acabar, y hacer de ese amor algo eterno mientras dure. Sus protagonistas surgen sin preámbulos: Viva, Vivita o Ardilla y Sol, Solecito, que se conocieron desde la prepa, o antes, o después, pero desde que los lectores sabemos de ellos, se atraen, se acarician, se quieren, se encelan y pelean, vuelven a quererse con esa complicidad de las parejas pares del poeta, y con el transcurrir del tiempo se dan cuenta que sí son pareja porque comparten, no se aburren, se instalan en el amor gozoso y con gran sentido del humor que es lo que aquí da sentido al amor.

El lenguaje mismo en Héctor Anaya es un personaje, un protagonista de personalidad de veras ingeniosa y de profunda frescura que nos lleva de la mano a través de una narración que fluye sin obstáculos, y a medida que avanza aparecen los diferentes ambientes y los hechos que reflejan lo real (o lo real literario) con que la historia está concatenada. Esto hace suponer que la imaginación del autor, al estar escribiendo, hizo varias visitas a la vieja casa de su infancia y su adolescencia, en donde los juegos con las palabras eran lo acostumbrado. Hay párrafos en los que Viva y Sol bromean, se burlan de todo, dobletean el sentido de lo que dicen, y así como en un momento el albur es el centro de atención, en otro más nos llevan, casi con las mismas palabras, a la agudeza más sutil de sus pensamientos. Pero eso sí, sin solemnidad alguna.

El erotismo y el regocijo abundan a todo lo largo del libro, incluso en los momentos más difíciles que viven los personajes. Viva y Sol se entregan con toda su plenitud e intensidad a sus aventuras amorosas, y con su intimidad gozanla diversión, se confrontan con la ideología política de su momento vital, comparten un estilo de mirar y vivir el mundo y aún cuando tienen a la muerte en frente, Eros con toda su fuerza vence a Tánatos.

Las deliciosas historias dentro de la historia general de la novela transcurren en un lapso generacional de más de tres décadas en donde todo sucede: los ritos de iniciación sexual de una pareja que comienza su relación con una intensa amistad erótica a la manera de los años sesentas; el andar muy acompañados yendo y viniendo por todas partes, pajareando en las carreteras; o entre cerros artificiales de basura y hedores insoportables verse cerca de la muerte y descubrir cómo el peligro da sentido a la vida en común y el amor toma otros rumbos; también como en el año 68 en que "todos éramos de todos", los anhelos y los sueños al igual que la conciencia social, llevó a creer en la posibilidad de utopías que se convertían en filosofía de vida cotidiana y terminaron siendo sólo una revolución imaginada; y en fin, no podían faltar esas separaciones que generan, en el reencuentro, remembranzas de poemas vividos como el de Oliverio Girondo:

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan.
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.

Pero sucede que el amor duradero tiene muchos rostros y que Viva es muchas Vivas, de ojos amielados, verdes, negros, azules y de nuevo verdes, y que ha representado el papel de estudiante de sociología, de modelo, pianista, funcionaria cultural y locutora, y que con sus diferentes personificaciones sigue acompañando a Sol, a su amor-sueño, pero ahora cantando, sin saber que este simple acto de cantar, claro, con una pequeña variación estilística en las letras convertidas en parodias burlonas y crítica política, la llevaría junto con "Suamor" a comprobar que las libertades de expresión, de prensa y de acción no existen. Y lo que es peor aún, el atreverse a utilizarlas, los convertiría en mártires a quienes la promesa de hacerles justicia por los ataques recibidos, nunca les sería cumplida.

No así la solidaridad, esa que surge a la orilla de las tragedias colectivas y de los movimientos telúricos, como aquel del 85, en donde los jóvenes y Viva y Sol,-como nos cuenta Héctor-, "volvían a ser, como en el 68, príncipes de la ciudad".

Es en este punto, ante el valor de la solidaridad, donde la novela culmina y nos muestra el planteamiento que del amor tiene Héctor Anaya, un ideal, una imagen, resultado del conjunto de los amores vividos, bello invento que cuando dos se lo inventan al mismo tiempo, ya la hicieron, pero cuidado, nos dice, y con sus palabras finalizo:

"...el mayor peligro a que se enfrenta el amor apasionado esa la estabilidad de la pareja, el acuerdo de la rutina. Es contra ello contra lo que se debe estar alerta, no domesticar el amor, no llevarlo al área de la costumbre, de lo ordinario. El amor no se acaba. Se acaban los amantes. El amor es eterno mientras dura. El amor no admite ensayos."

                                                                                                                     Andrea Montiel

                                                                                        (Palabras en la presentación del libro
                                                                                                en el Salón de baile Los Ángeles,
                                                                                                                  3 de febrero de 1993)

Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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