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                                                 FABRICANTE DE SUEÑOS

Por años ocupó los escenarios de muchos teatros donde representaba todo tipo de personajes. Perteneció a grupos de actores, faranduleros y cirqueros. Toda la gente lo conocía en sus rumbos y barrios cercanos a donde vivía. Una temporada actuó cientos de veces un personaje solitario, un monólogo en el que intentaba entender su existencia junto con los demás hombres y a Dios.  Nunca halló respuesta a sus preguntas y con tanta soledad se volvió loco.  

Después de un tiempo, se dedicó a fabricar sueños de madera.  Acostumbraba modelar las palabras y encerrarlas en cofres diminutos.  Un domingo las puso en labios de su hija y trató de venderlas en un mercado.  Nada vendió, y además de loco, este amigo se volvió totalmente silencioso.  Entonces se dedicó a construir barcos e imaginó convertirse en navío y se lanzó al mar.  Sin timón, ni ancla, ni provisiones navegó meses sin rumbo.   Sabía muy bien que entre las aguas de los altos mares no existen puertos, ni orillas, tampoco el tiempo, y lo único que vislumbraban sus ojos por todas partes, eran los lejanos horizontes.  Hoy que en él pienso, seguramente es un náufrago que habita en algún sitio del mapa oceánico. Lo último que supe es que, noche a noche, prosigue preguntándole a los astros acerca de la existencia, y como tampoco logra respuestas, durante el día confecciona aves, y entre todas, una gaviota de madera para soñar que vuela entre vientos encontrados, con el sol en llamas y la luna llena.  Se dice que con los años, sus sueños lo convertirán en un grano de sal que disolverá el mar.


                                                                                                               ANDREA MONTIEL

Cuento publicado en la Revista Foro de la vida Judía en el Mundo,
octubre 2008
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
Taller Tinta Libre
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