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Ethel Krauze: Houston

Un canto de doble tesitura


Cantar, encantar, hechizar con las operaciones mágicas de la palabra, es lo que Ethel Krauze hace con su libro Houston. Un solo poema en dos tiempos, un canto sostenido en doble tesitura que viaja entre el vaivén del sortilegio adolorido y el vaivén de un apaciguamiento luminoso. Canto que dice, grita, brama y paraliza; canto que libera, tranquiliza y descansa. Canto que reclama, demanda y agradece ese encuentro con la luz que todos buscamos, aquella luz con la que un día podremos vislumbrar el final del laberinto que llamamos vida.

HOUSTON es el canto-poema de una hembra-mujer que le reclama a la vida su abandono y ríe para ocultar el llanto. De una mujer-hembra que ama y es y a solas para sentir lo más profundo escribe a escondidas y a solas para sentir lo más profundo de una palabra intrusa: el cáncer mudo, el escandaloso cáncer que ha invadido al más amado de sus seres, y que a pesar de todo no le impide ni la unión ni los incendios. Por el contrario, la invita sin reservas a darse entera a cambio de mitigar o desaparecer el dolor. La invita a las preguntas, donde demanda al tiempo, al espacio, a las lunas que se esconden; la invita a reclamar el desorden y alabar el cuerpo del amor en el amado. Y entre la angustia que para ella es una telaraña del vacío, la prisión de la nada y una larva, hasta los vocablos médicos poseen la música de los sonidos engañosos y cito: Tiene el sonido dulce/ de la miel en la loma,/ mieloma/ como si fuera el eco/ de un paisaje arpegiado./ No, amor,/ es un engaño:/ no es más que el nombre de tu enfermedad.

Sí, sonidos engañosos que se apaciguan al rescatar aquellos del alba, la lluvia, el mar o los aromas del nardo. Es entonces que escribe para no morir o para ahuyentar la muerte; es entonces cuando recuerda los momentos sencillos que regalan eso llamado felicidad más allá de lo aparente.

Y de nuevo sus palabras: No hay cáncer que valga/ para hacerte el amor con la mirada,/ con el humus de mi entraña,/ con la glándula/ con la guadaña.

Porque Ethel Krauze entre sus versos decide amar también al enemigo, al mal mismo y sus probables curaciones. Ama ese tiempo y las células que lo conforman, esas que llamamos instantes y entre las cuales hacemos cosas, las que nos gustan, o miramos las pequeñeces que la vida nos brinda sin darnos cuenta. Así canta a los detalles, a los matices y las vetas, canta a las aves y a las partes del cuerpo que nos viven sin notarlas, pues cuando estamos sanos no guardan importancia. Así, estrofa tras estrofa, llámese 29, 31 o 50, sus versos se mueven como andantes, sostenutos o allegros ejecutados por un cuarteto de cuerdas o una orquesta de cámara a las que la música nunca abandona.

En este canto, la mirada de Ethel va más allá de lo visible, me atrevo a describirla como una mirada micro telescópica que recorre nervaduras, fibras, manantiales internos que contienen las flores y los cuerpos. Con sus palabras le canta al beso, las venas, los tobillos y el pijama. Canta a la caricia, la neblina y la molécula, a peces y serpientes y como ella misma dice: ...a la pauta sideral/ que me alimenta. Canta a los hospitales, los tratamientos, las pastillas y las camas. Canta también a su propio lamento que observa el dolor que duele al mismo tiempo, y cito: Soy un puñado de lamentos,/ soy un vendaval sin ruido/ que emerge cada día/ como víbora,/ soy la pena que habita la caricia,/ soy un túnel de espinas,/ una hidra/ que va rodando hacia ti,/ que busca la pradera/ de tu cuerpo,/ de tu vida. Canta en fin al ser que todos encerramos en un cuerpo.

Así cercada en su ser interior, en la célula de su alma, en el lugar sagrado de las visitas y de la morada divina, esa ciudadela de silencio sobre la cual se re- pliega el hombre-mujer espiritual para defenderse contra todos los ataques del exterior, de los sentidos y de la ansiedad, obtiene su poder y extrae su fuerza. Por ello dice: Beso las tarántulas del sueño, animales capacitados para tejer su propia tela, velo de ilusiones que también se destruyen como el hombre-mujer que se transforma sin cesar durante su existencia devorando una vida antigua para hilar otra nueva. Así entre sus versos confiesa que ama el número de los signos vitales y puede cambiar la vida del poema por un cuerpo y sus incendios. Así en una letanía de encuentros se asoma la esperanza y el ansia de estar juntos, se asoma un dios que loco de atar, urde ese juego que nos construye saludables. Y aunque no se quiera estar más en esta tierra, porque sin duda en los versos de Ethel Krauze se vislumbra este deseo de desaparición, pregunta: ¿Quién me va a consolar,/ si tú eres el enfermo? Se pregunta si es más sufrimiento la vida que la muerte. Sin embargo, cuando la vida obliga, hay que estar cuerdo, aunque no se pueda, por ello es mejor recluirse en la oscuridad y en el silencio, o simplemente pensar en desaparecer y cambiar la materia por lo etéreo, en fin, irse de aquí sin avisarle a nadie. Y cito: Ya lo dije ¿verdad?/ No quiero vivir,/ ¿cómo hacer para lograrlo?/ No pienso suicidarme/ según los cánones normales,/ ni siquiera pienso en eso./ La daga/ la pistola/ el gas/ el precipicio./ Ya vivo todo esto./ Simplemente no quiero estar/ en esta tierra./ No me gusta.

Y frente a este deseo de encontrarse allá, en la comarca de los muertos, Ethel Krauze inicia la segunda parte de este libro, la tesitura del vaivén de un apaciguamiento luminoso. Versos escritos en mayúsculas para cantar una plegaria rítmica sofocante, una plegaria intensa donde habla a Dios y le describe, hambrienta de su luz como el dueño del pulso y del oro de la vida, creador de todos los instantes, de un impecable ajedrez y del terso océano y la libélula. Un Dios dueño total de los procesos de la vida donde la física y la química se expresan, y cito de nuevo sus palabras: "Dios, aliento del vértice,/ hiedra inmarcesible.../ brújula del siempre y del nunca,/ estación de la bisagra,,,/ cúmulo de coyunturas.../ fiebre de energías..."

Ella, la poeta y Dios en diálogo de silenciosos eternos que nos hacen recordar a Pablo Neruda, José Gorostiza, Gerardo Diego, Rainer María Rilke o a las líneas contenidas en la Biblia. Recordar a esos otros pensamientos científicos de brillantez inaudita como aquellos de Carl Sagan o Stephen Hawkins que hablan de las certezas y dudas acerca de la existencia cósmica. Ella, la poeta que se confunde con las especies de ese cosmos, seres humanos, con seres de tierra, seres del agua, y aquellos del aire. Ella que extiende un grito, un llamado a la vida para que el cuerpo de su amado la recobre. Ella, Ethel Krauze la poeta y mujer, que le habla a Dios de Tú, con mayúsculas, con un Tú corporizado, tal vez en transfiguración con todo lo creado, helio, ruta, mapa de la mano, abeja, hoja de árbol o venas que nos recorren como un firmamento consanguíneo. Ella ahora distinta, hablándose a sí misma, transfigurada también porque después del viaje, de esta travesía donde se tomó de la mano con un dolor llamado casi muerte, ya nunca será la misma. Ahora es, y altero sus versos del tiempo pasado en un presente: la que abre por fin los ojos/ para mirar el paso de la luz,/ el jugo musical del universo,/ la pauta eterna de la vida... Este segundo canto es en fin, una muerte en la vida, que podemos nombrar renacimiento.

Gracias Ethel Krauze por este largo poema y sus versos de aliento interminable que nos permiten vislumbrar la intensidad de un existir distinto en nuestro ahora.

                                                                                                                     Andrea Montiel


                                                                                        (Palabras en la presentación del libro
                                                                               en el University Club, 15 de octubre, 1996)
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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