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El hermetismo místico de LUIS LÓPEZ LOZA




















A veces escuchar a los demás nos convierte en los amantes más devotos del silencio.  En  
consecuencia existe la posibilidad de acercarnos a nosotros mismos, a esa voz interna que  
solemos callar entre los ruidos y darnos cuenta, ya no sólo de los paisajes externos, los  
"reales", sino de todos aquellos que nos habitan dentro.

     Escucha de sí mismo y de sus paisajes interiores es el pintor Luis López Loza.  Su obra  
así lo demuestra, ya que en cada momento su producción artística hace sentir un afán de  
búsqueda, un estar en tránsito, donde las formas y los colores son los principales  
protagonistas de su creación.

     Frente a sus cuadros de inmediato se percibe algo impenetrable, incomprensible a  
simple vista, una reunión de secretos y elementos que se ocultan unos a otros en un  
aparente primer plano y que al seguir mirándolos, se convierten en intercambio de  
volúmenes a la vez desunidos y entrelazados, a la vez conformando y deformando un  
mundo y sus submundos.  Y si insistimos en proseguir observando, ya no sólo miraremos,  
comenzaremos a palpar, a oler y escuchar una especie de sonido que se convierte en  
humo, o silencio que nos remite al tiempo.  Comenzaremos a sentir el frío contenido en el  
mármol, o el vapor del infinito, o las cuerdas de un cello emitiendo melodías nunca antes  
escuchadas.

     Así, sobre el espacio de sus lienzos y papeles, el pincel de Luis López Loza da forma y  
color a realidades seguramente provenientes de la profundidad del "alma", o del  
inconciente, o de los sueños, o tal vez de eso que cada ser tiene y que sólo suele alcanzarse  
a través de la contemplación del mundo que traemos dentro.

     La obra de este pintor concierne a lo espiritual, a eso que podría llamarse místico en el  
más amplio sentido del concepto y que incluye lo misterioso, las razones ocultas de  
nuestra intangibilidad.  Concierne también a lo hermético, a lo difícil de traspasar.  ¿Qué  
más difícil hay de traspasar que el "alma" humana?

     Ya lo decían los iniciados según el Libro de los Muertos:  "¡Oh, Alma ciega! Ármate con  
la antorcha de los Misterios, y en la noche terrestre descubrirás tu Doble luminoso, tu  
Alma celestial".   Ya lo decía también Hermes, el gran iniciado de Egipto:  "Escuchad en  
vosotros mismos y mirad en el infinito del Espacio y del Tiempo.  Allí resuenan el canto de  
los Astros, la voz de los Números, la armonía de las Esferas".

     Luis López Loza pertenece a la generación de pintores cuyos frutos comienzan a  
mostrarse en la década de los años cincuenta.  Proveniente de la Escuela de Pintura y  
Escultura La Esmeralda del Instituto Nacional de Bellas Artes, también realizó estudios en  
el Centro Superior de Artes Aplicadas en México y en Nueva York en el Pratt Graphic Art  
Center.  En 1975 obtuvo la Beca John Simon Guggenheim y para el año siguiente fue  
invitado a la Universidad de Strumica, Yugoslavia.  Asimismo fue artista invitado a la  
Academia Van Eyck en Maastrich, Holanda, impartiendo un curso corto sobre técnica de  
grabado.

     Pintor, grabador y escultor, López Loza desde su primera exposición individual en  
1959, brinda una obra dentro de la línea del arte de vanguardia propia de los artistas de su  
generación.  Sin embargo, su muy particular lenguaje plástico lo distinguió desde siempre.

     Su expresión pictórica comenzó por el motivo que todo comienza, con él mismo y en la  
continuidad de su interés nacido al ver la obra de los grandes maestros, entre quienes  
menciona a Orozco, Rafael, Rembrandt, Archile Gorky y a aquellos expositores  
magistrales que van y vienen con el tiempo.  "Uno se hace pintor viendo pintura y el oficio  
llama al oficio.  Así es como me he vuelto cada vez más exigente conmigo mismo".
      
     Sin duda como en todo artista, existen influencias, pero en este caso y sin riesgo a  
equivocarse, podría decirse que López Loza emerge del movimiento cubista, superándolo  
como se supera todo punto de partida y con el cual de manera natural se conforma una  
distancia.

     Sus primeros trazos se inician con el arte figurativo, con el dibujo al desnudo y toda  
una disciplina que después lo lleva a su dialecto y dialéctica personales.  Así transcurre  
experimentando técnicas diversas:  el óleo, el temple, la encáustica, la acuarela, cada una  
con su lenguaje y cualidades distintivas.  Transcurre asimismo por el grabado a través del  
cual, desde años atrás, ha demostrado una impresionante maestría por la limpieza de su  
trabajo y la originalidad y novedades técnicas que ha introducido en este tradicional "arte  
de la estampa".  A López Loza puede considerársele un verdadero renovador del grabado  
mexicano, en el cual plasma un lenguaje distinto con formas cuya base fundamental es el  
uso del color en combinación con técnicas muy antiguas como el Intaglio y la Mezzotinta.   
En ocasiones su composición de colores da lugar a espacios donde el negro es el campo y  
lo demás descansa, se enriquece y matiza sobre él.  En sus grabados existen por ello,  
contrastes violentos, pero también tonalidades de profunda delicadeza.

     Sus contenidos son abstractos y para él verdaderamente reales, ya que en lo abstracto  
encuentra la expresión plena de su mundo, de sus búsquedas y definiciones dentro de la  
cultura mexicana a la cual pertenece.  El arte de vanguardia que este artista defiende con  
su quehacer, es una revelación en contra de aquellos cánones europeos adoptados por  
muchos pintores anteriores a él, y en pro de ser como realmente somos, sin esas cargas  
que nos son tan ajenas.

     Con sus grabados en aguafuerte-mezzotinta, ha acompañado varios textos poéticos:   
"Poemas de Agueda Pizarro", "Los trabajos de la Catedral" de la salvadoreña Eunice Odio  
y "Poemas de Constantino Cavafis".

     En esta conjunción poético-gráfica, López Loza deja traslucir su definitiva inclinación  
tanto por la música, como por la poesía que también es música pero de las palabras. En  
sus grabados, como en su pintura, se siente la presencia de los elementos que dan vida a lo  
vivo, y así mientras la mirada recorre su obra, surge una fría calidez como la de un jazz  
despeñándose lentamente entre formas de apariencia rocosa, o desvaneciéndose entre  
nubes que flotan.  Surge una luz blanco-hielo sobrepasando los mosaicos de diferentes  
tonalidades de negrura haciendo nacer a su vez gamas de grises.  También hay cadencia,  
la encontramos en las curvas, en las redondeces, en los volúmenes y ahí, una extraña  
sensualidad acariciando el frío.

     Pero esta sensualidad, que no se escapa de lo místico y podría ser lo erótico-místico de  
su obra, es aún más evidente en su producción escultórica.  López Loza realiza tallas sobre  
madera de fresno, trabaja con el bronce, mezcla materiales diversos como el papel hecho  
a mano y las cuerdas.  Su escultura, a semejanza de su pintura, ocupa y desocupa el  
espacio, existe a plenitud y de pronto sufre cambios convirtiéndose en oquedad, pero en  
una oquedad formando parte del todo.  Así, erguidas, largas, esbeltas y a la vez con  
volúmenes que las equilibran, sus esculturas son una especie de pequeños monumentos  
del sueño o de la imaginación en dueto de protuberancias y huecos que hacen percibir  
sonido y silencio, movimiento y quietud, luces y sombras.

     Y a propósito de las sombras, hablemos del uso que López Loza hace del negro, al cual  
considera no sólo como un color, sino como una gama que le ha fascinado estudiar y le  
ha permitido liberarse propiamente del colorido. Al principio en su pintura utilizaba  
muchos colores pero en un momento de su carrera pictórica lo consideró como un  
libertinaje de oficio. Además lo que importa, no es lograr cuadros "bonitos" sino  
estructurados, plasmando un conjunto de elementos que originen una obra  
armónicamente lineal, pues de otra manera el resultado es falso, puede gustar en la  
primera impresión y poco a poco decaer hasta el rechazo.

     La pintura como la música según su opinión, tiene transiciones de una forma a otra,  
posee reglas y medidas perfectas que la hacen en verdad armónica, especialmente la  
expresión abstracta ya que parte de una idea que se va transformando y a la vez va  
reflejando la manera de ser, de trabajar y el oficio del artista y todo junto con el gozo que  
se experimenta con la forma misma, el concepto y la explicación de la ley de la estructura.

     "Es difícil hablar de la pintura cuando se pinta", sin embargo frente al lienzo o el papel  
López Loza dice que empieza a atacarlo con la primera línea que se transforma y llama a  
la siguiente y a la otra y otra y otra más, hasta llegar a ese apogeo que más tarde le lleva a  
la absoluta meditación:  "A veces sólo al pensar gozo tanto mis cuadros que decido ya no  
pintarlos".

     Y con estas palabras nos recuerda el poema de Cavafis:  "La Pintura", en el cual existe  
una casi total concordancia con algunos versos:

                                      Tengo mayor necesidad de contemplar
                                      que de expresarme.
                                      Permanezco largo tiempo mirándolo así,
                                      y una vez más, el arte me descansa
                                      las fatigas del arte.

     López Loza aprecia la poesía de manera especial, no en balde ha titulado como lo hace  
varias de sus obras.  Así toma como pretexto el poema:  "Los Heraldos Negros" de César  
Vallejo, o simplemente reúne en sus títulos, palabras que casi conforman versos y en los  
cuales denota su inquietud por buscar, encontrar y encontrarse:  "El sonido de un muro",  
"Montaña soñando en un río", "Forma de un personaje iluminado", "Sueño de figuras  
queriendo ser montaña".

     De todo esto se vislumbra su deseo de transfiguración, de mutación, característica  
constante en sus cuadros.  A López Loza por ello podría calificársele de prestidigitador  
acomodando cada parte de sus sueños y de sus imaginerías como en un rompecabezas  
que al ser terminado, es perfecto.  Sobre él nos invita a recorrerle, como sobre una  
escalera de tonalidades negrogrisesblancas con esporádicas presencias de un azul, un rojo  
y si acaso un verde.

     Buscador de un lenguaje especial, Luis López Loza en su obra revela a cada momento  
su conocimiento técnico y talento y ante nosotros, los espectadores su mundo de secretos,  
que al intentar descifrarlo nos sumerge en nuestro propio mundo de sensaciones y  
emociones, y en ese universo sin tiempo y sin espacio que todos compartimos y donde  
misteriosa y herméticamente cohabitan nuestros paisajes interiores.


                                                                                                                       Andrea Montiel

                                                                                                  Revista La Plaza   Febrero 1988.
                                                                                Martín Casillas. Crónicas de la vida cultural.
                                                                                                                                 Año III, 30
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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