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El erotismo mortuorio de ARTURO RIVERA DELGADO


























No tomar consejo de la muerte, es entender muy poco de la vida, vida que tomamos  
prestada para ser escuchas, discípulos, aprendices o entendedores de nuestro propio  
mundo, de sus paisajes interiores y todo lo que somos y hacemos de nosotros mismos.   

     Arturo Rivera Delgado ha hecho de sí mismo un pintor singular, sin duda aconsejado  
por la muerte con quien ha dado vida a sus obras, indescifrables en la primera lectura y a  
veces inaprensibles aun al haberlas recorrido largamente.

     En este artista hay un narrador.  Cada cuadro suyo plantea un relato, un drama, una  
historia, que de ser escrita requeriría un libro entero.  Cada cuadro suyo es todo un tratado  
de anatomía donde el dibujo delinea contornos impecables, disecciona el cuerpo humano  
hasta descomponerlo y muestra la tragedia del ser que en él se encierra.  Cada cuadro  
suyo es un discurso de belleza espeluznante donde se reúnen elementos de realismo  
asombroso y misterio indecible.

     Desde sus primeros contactos con la Escuela de Artes Plásticas, la copia de modelos  
vivos provocó en él un gozo inmenso hacia el dibujo y sus formas perfectas, dibujo que  
concibe como una abstracción, una invención, un conjunto de líneas que delimitan el  
espacio y cuya diferencia con la pintura está dada por la luz.

     En Rivera Delgado persiste el principio que subraya Durero: "antes que pintar debe  
haber un dibujo perfecto y sobre de él dar las veladuras".  Además de Durero, en su  
formación están presentes los nombres y obras de Leonardo, Rembrandt, Bacon,  
Velázquez, Caravaggio, los vínculos definitivos con la pintura barroca, la renacentista, la  
italiana y la flamenca más que con muchos pintores del llamado Arte Moderno. Sin  
embargo, reconoce haber sido víctima de esa enfermedad de juventud que es desear ser  
moderno, de caer en la depresión y quererse morir durante la crisis creativa enmarañado  
en las preguntas que algunas veces todos nos hacemos:  ¿por dónde voy?  ¿a dónde me  
dirijo?  y por esa necesidad de entregarse por completo al quehacer que por sí mismo lo  
mantiene vivo:  pintar.

     Arturo Rivera Delgado posee un pasado de  geometrías, de formas orgánicas y  
conjunción de ambas, mas por encima de ellas sitúa lo real objetivo donde siente la mayor  
libertad, donde lo encuentra todo y se encuentra con todo.  Se declara cirujano de su  
propio dibujo y de haber transcurrido manifestándose con el color, considerado por él  
como una especie de túnica del erotismo.

     En su experiencia el color tuvo esa sensualidad apabullante que se vio orillado a dejar a  
un lado para introducirse en la expresividad.  Vivió un rompimiento al darse cuenta que  
hay lugares donde el color no cabe, sino hasta que surge el dominio del estilo.  Así,  su arte  
transcurre en la sobriedad caliente de los grises, hablándonos de los secretos que su propia  
realidad le dicta.

     Afirma que las manifestaciones de vanguardia y del modernismo ya no pueden seguir  
por la Academia, que es preciso buscar salidas, retomar lo real objetivo pero sin olvidar  
más de ochenta años de arte plástico.  Subraya:  "lo real en lo actual, no en un siglo que  
ya no me pertenece vivir".  Para él, el círculo del arte se ha cerrado y comienza otro en  
una especie de retorno a la figura sin academias, sino expresándose a plenitud.

     Arturo Rivera Delgado ha sido uno de los escasos pintores mexicanos que a partir de  
1980, incorpora en su trabajo las técnicas flamencas en desuso:  la témpera de huevo, la  
preparación de creta, la caseína, así como su experimentación con la teoría del color,  
dedicándose a quebrarlo y manejar gamas de grises y sepias con presencias esporádicas del  
rojo.

     Tras haber utilizado el óleo y el acrílico, recomienza a pintar sobre el lienzo explorando  
de nuevo el color pero de manera distinta, con su definitiva originalidad surgida de la  
búsqueda de sí mismo, de la preocupación por su propio ser, que a fin de cuentas es lo que  
le ha permitido el encuentro con vetas artísticas nuevas y únicamente suyas.  En su obra  
no hay parecido con otros sino con él mismo, sus contenidos vibran de manera única, son  
parte de su autobiografía, de su propia historia, en sus propios momentos y con sus  
propios matices, por ello resultan inigualables.

     Pintar para Rivera Delgado no es sólo placer, es necesidad, ya que puede prescindir del  
placer mas nunca de lo necesario:  "Yo me enfermo conmigo mismo si lo que siento se me  
queda adentro.  La pintura no va aparte de mi vida, es mi vida.  Es como habitar con un  
caballo al que se le doma y se le dirige".

     Así, frente al lienzo le sucede algo que nadie enseña:  antes de pintarlo ya lo está  
pintando, ya está pensando en el siguiente, en los elementos que formarán parte de su  
composición, buscándolos, imaginándose incluso más allá de los necesarios.  Cada cuadro  
es un sistema planetario donde la figura humana es el sol, el centro, lo que irradia luz  
sobre todo lo demás y lo demás, los asteroides, sus "ecos", surgen acordes a ese sol  
primario, vigía fundamento de las órbitas que lo circundan.

     En Rivera Delgado la realidad es un archivo de imágenes que pueden ser convertidas  
en elementos para sus obras.  Sus códigos y arquetipos brotan de ese mundo aprehensible,  
pero también del inconciente, de sus obsesiones infantiles y de lo que siente necesitar.  No  
sólo se detiene a observar y plasmar sus entrañas y las entrañas de lo real, sus ojos están  
constantemente devorando objetos, encantándose al mirarlos, atrapándolos. Y también,  
porqué no decirlo, atrapando nuestros ojos con una magia inexplicable que atrae y repele  
al mismo tiempo;  hechizo o alquimia donde el dolor y el placer van de la mano;   
ambivalencias erótico-tanáticas inseparables en una especie de dialéctica de la fealdad  
hecha hermosura. Si es permitido, a Arturo Rivera Delgado podría hermanársele con  
Baudelaire, con Rimbaud, con Mallarmé, poetas malditos y él con su palabra en los  
pinceles ser llamado:  pintor maldito.

     Al hombre y a la mujer, universos en medio de todo lo vivo, de los mitos de la historia,  
los desnuda, los desintegra, los apega a una realidad distinta como de brujería, de  
numerología secreta tratando de explicar los misterios de un ser impulsado por la  
inconformidad de sus adentros.  Así retrata alrededores con torrentes linfáticos, con  
sobriedades sombrías, con lógicas incomprensibles, impenetrables y a veces tan claras  
como los propios sueños. Sus contenidos reflejan un deseo de contactarse con el infinito,  
de confundir las especies del cosmos unas con otras:  seres humanos con seres de tierra,  
seres del agua y aquellos del aire.  Hay frutos, alas, conchas, embriones, vísceras, infantes,  
pesadillas y misticismo.  Hay muros, cielos, ventanas, corazas, angustia donde el cuerpo  
echa raíces y de tanto escuchar a la vida se le deforma el deseo. También está el vértigo  
aparente que es dar a luz, embalsamado, pétreo, con vitalidad fría, de incisión, con un  
pincel bisturí cortando el tiempo, inscribiéndolo en personajes a quienes se les realiza algo  
así como una autopsia del alma.

     En esta extenuante obra está la presencia del demiurgo ayudando al artista a hurgarse  
con el todo, a exorcizarse y hacer fluir no sus fantasmas sino los órganos internos de sus  
fantasmas.  En cada cuadro vive y se desvive, sueña y vigila, vocifera y queda suspendido  
en los más profundos silencios.

     La obra de Arturo Rivera Delgado avasalla el raciocinio hasta querer salir huyendo con  
la mirada puesta en otro sitio, pero también persiste como cicatriz en los ojos que han  
palpado ese momento cuando el amor introduce su muerte.










                                                                                                                                                                Andrea Montiel

                                                                                                                         Revista La Plaza  noviembre de 1987.   
                                                                                                            Martin Casillas. Crónicas de la vida cultural.    
                                                                                                                                                                              Año III, 27
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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