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ELENA ODGERS:   EN ESPERA
 
                                                                                                                                                                                  La espera.
                                                                                                                                           Balanza que agiganta el tiempo
                                                                                                                                               rótulo suspenso en el camino
                                                                                                                                  herencia entrelazada por los astros:
                                                                                                                                                                                  la espera.

                                                                                                                                                                  Andrea Montiel















La espera, esa acción de aguardar o permanecer en algún sitio durante cierto tiempo, o  
tener la esperanza de conseguir lo que se desea y creer que ha de suceder alguna cosa, es  
la idea fundamental que impulsa a Elena Odgers a pintar una serie de óleos donde  
aparecen barcos, muchos barcos que navegan en el aire en medio de ciudades sombrías y  
ventanas apenas iluminadas.

Estos cuadros de Elena Odgers sin lugar a dudas nos hacen recordar el maravilloso libro  
Las ciudades invisibles de Italo Calvino, por esa intención de esbozar, además de uno o  
varios viajes, aquella relación de los hombres y las ciudades en que habitan, ciudades  
angustiosas, anónimas, urbes densamente pobladas cubiertas de misterio, soledad y  
angustia, y donde se asoman pequeñas luces que en la intimidad de las alcobas sueñan y  
desean.

Desde muy pequeña, Elena Odgers pinta, y fue durante su adolescencia que decidió que la  
pintura sería la forma idónea para expresarse durante toda su vida.  Ingresó a la Escuela  
Nacional de Artes Plásticas donde estudió la carrera de artes visuales y el dibujo con  
diversos maestros: Francisco Castro Leñero, Patricia Soriano, Mauricio Cervantes y José  
Miguel González Casanova.  Participó en los talleres de pintura de la maestra Begoña  
Zorrilla, Diego Toledo y Javier Guadarrama, en el taller de huecograbado de Jesús  
Martínez y asistió a un curso sobre "Crisis y claves de la pintura contemporánea" en la  
Universidad Politécnica de Valencia, España.  Su interés por los aspectos históricos y  
teóricos del arte, la llevaron a realizar un Diplomado en Historia del Arte y de las ideas  
estéticas en el I.T.A.M., estudios que se han visto complementados por un gusto especial  
hacia la literatura y la música.

En su recorrido por la pintura comenzó manchando los lienzos, combinando los colores,  
sobre todo el blanco y el negro y sacando de esas manchas un objeto acerca del cual  
trabajaría siempre transformándolo.   Elena no piensa en las maneras en que va a realizar  
un cuadro, sino que pinta cuando tiene algo que decir y el cuadro mismo surge paso a  
paso:  yuxtapone las líneas y sobre ellas la imagen que le otorgará el equilibrio y el  
contraste.

Las arañas de largas patas fueron en su joven carrera, los primeros objetos pictóricos que  
le interesaron, fundamentalmente por esas líneas rectas de las patas que después la  
llevaron a trabajar con mapas, puentes, redes, velas y barcos. En su tesis: "Aspectos  
románticos en la pintura contemporánea" trabajó con estos mapas y a través de ellos, el  
conocimiento de la cultura de los pueblos y de las ciudades.  Aquellas laberínticas del  
Islam, las renacentistas que guardaban formas octogonales con columnas y torres en las  
esquinas para doblar los vientos, o esas ciudades industriales y urbes modernas  
perfectamente cuadriculadas y ágiles como la Ciudad de Nueva York.  Mapas que la  
invitaron a hablar de las poblaciones sin poner una sola figura humana dentro del cuadro.

Por otra parte, leer la obra del escritor Víctor Hugo, le invitó a pensar en la soledad y  
melancolía que se vive en las ciudades y esa especie de espera de un ´no sé qué´ de éste,  
nuestro final de siglo.  Y así lo plasma en sus cuadros, un sentir de todo aquello que se va  
para que algo más llegue, y entre el mar-aire, los seres, barcos navegantes que en medio  
de la oscuridad están desposeídos de rumbo, de puerto o destino.

Mucho hay de nostalgia en la pintura de Elena Odgers, de ese sentimiento que nos remite  
a los recuerdos de infancia, del pasado, o toda aquella sensación de que algo se escapa.   
Nostalgia y melancolía que en gran parte tienen que ver con su percepción del tiempo, de  
esa forma de ver la vida, más bien de contemplarla. Porque Elena Odgers es  
profundamente melancólica, contemplativa y solitaria, por esto ella se siente como un ojo  
observador esperando a que las cosas pasen y tomen movimiento.  El tiempo transcurre  
lentamente, lo importante es la añoranza más que lo que sucede en el instante.  Pero este  
tiempo es percibido a través de los objetos y estos a su vez nos hablan de muchas otras  
cosas.  Por ello Elena pinta relojes, polípticos que muestran el avance, la carrera de la  
vida.  Pinta dípticos en donde el ritmo del corazón se hace presente: tú-tu  tú-tu  tú tu... o  
tik- tak  tik-tak  tik-tak...  Los títulos de algunos de sus cuadros reflejan también esta  
obsesión por el tiempo: Después, Por un momento, Fin de la espera, y del espacio donde el  
tiempo sucede: Allá, En la sombra, Alrededor, Ahí está, Aquí también...

Lo que Elena Odgers ha hecho es un análisis del romanticismo tratando de encontrar los  
puntos de coincidencia con el postmodernismo y el estudio de la Edad Media como punto  
de partida. Así, en su pintura, lo melancólico está íntimamente relacionado con la soledad  
y en Elena esta soledad encontró refugio en el arte.  Por ello en sus cuadros, la ciudad es  
precisamente esa soledad entre multitudes siempre en mitad de la noche.  Ciudad donde  
los encuentros son contactos obligados, y lo nocturno así como el invierno, brindan mayor  
interioridad y pleno disfrute con nosotros mismos.  De ahí los colores que utiliza en sus  
cuadros: marrones, ocres, cremas y amarillos, toda una gama de tonalidades de tierra que  
para ella son cobijo, colores caseros que nos encierran en un espacio y brindan  
seguridades.  Colores por los que todo el mundo pudo haber estado rodeado.   Incluso ese  
verde seco que para ella implica un exceso de soledad casi enfermiza.

Cuando Elena Odgers pinta, trata de buscar en su interior, y en la medida en que es  
sincera consigo misma, logra que los ojos de los espectadores sientan.  En su búsqueda, un  
cuadro le lleva al siguiente y al siguiente.  Una idea se anticipa a otra y a otra más. Las  
obras terminan cuando ellas mismas lo dictan. Una línea más sería de sobra.  El cuadro  
entonces cobra vida, dialoga con su creadora.  En ese momento Elena Odgers no tiene  
más que decir.  La pintura responde con sus propias palabras y lo que nuestros ojos miran  
son barcos navegantes de altos aires en medio de la noche y de una multitud  
solitariamente silenciosa.

                                                                                                                      Andrea Montiel
 
                                                                                                                                                    Revista Casa del tiempo
                                                                                                                                                             abril, 1996, México
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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