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                                   CONVERSACIÓN CON DANIEL SADA

                                                                                                                                       Andrea Montiel
                                                                                                para la Revista Casa del Tiempo# 55
                                                                                                  de la UAM publicada en mayo 2012

No recuerdo si corrían los últimos meses de 1983 o los primeros de 1984 cuando conocí a  
Daniel Sada. Fue en el taller de poesía Tierra Adentro que en ese momento dirigía José Luis  
Rivas. Nos hicimos amigos de inmediato, compartíamos textos, nos leíamos poemas, y Dani,  
como lo llamé siempre, me obsequió su libro Lampa Vida. Al abrirlo y leer la musicalidad de  
sus palabras, aunque lo escrito fuera prosa, renglones seguidos, y no los inconfundibles versos  
que le dan vida al poema, .desde el primer párrafo me dio la sensación de estar leyendo  
poesía, Sus líneas me parecieron versos, y de haberlo sido, esta música de palabras habría  
estado escrita así:
Un  filetazo en las sienes de diez polos de nube.
Un sapo a punto de saltar.
Un pajarete de chebol sonando su descartonado vuelo.

Entre novela y novela, cuento y poesía, y algunos trabajos que compartimos juntos, continuó  
nuestra amistad. La vida fluía en años que nos frecuentábamos y otros que no. Lo cierto es  
que Dani siempre vivía en mi corazón dentro del sitio de los mejores amigos. Recientemente, y  
después de casi tres décadas de conocernos, lo fui a visitar a su casa el 10 de septiembre de  
2011, con el deseo de conversar lo más largamente posible, y saber cómo comenzó su pasión  
por la palabra y vicio por la escritura. Me dijo:

Mis primeros recuerdos son de cuando hice un cuadernito de dibujos acompañados de una  
historia pequeña. En ese instante pensé que a lo mejor podía ser escritor. Trataba de dibujar lo  
que narraba. Esa inquietud por la escritura me nació leyendo, y fue una maestra de la escuela  
quien me enseñó métrica, versos y todo eso. Así me aficioné. Comencé por escribir relatos y  
contar historias. Después pasé a la poesía y me regresé al relato. Estudié periodismo para  
ganarme la vida. La carrera de letras no me gustó porque era para investigadores, y yo no  
quería tener una visión académica de la literatura. La verdadera literatura la aprendí con  
Salvador Elizondo y con Juan Rulfo cuando fui becario del Centro Mexicano de Escritores. Me  
acuerdo que a Rulfo no le gustaba ninguno de los escritos que llevaban los becarios. Conmigo fue  
duro al principio, pero al final me reconoció y me dijo que iba por buen camino.
¡Y sí que caminó! Daniel hasta hoy tiene 21 libros: 3 de poesía, 8 de cuento, 9 novelas, un  
híbrido con cuentos y poesía, además de cinco premios y dos de sus obras traducidas al  
lenguaje cinematográfico. Con esta variedad, que no es común en la mayoría de los escritores,  
le pregunté qué experimenta cuando escribe cada género:
La poesía se me hace un género muy difícil porque siento que estoy diciendo vaguedades,  
necesito una historia. Por eso toda la poesía que escribo tiene una historia atrás, tanto en El  
amor es cobrizo como en Aquí. En el caso de Los lugares logré realmente poesía en verso libre.  
Este fue mi primer libro, una pequeña plaquette que publiqué incluso antes de Lampa Vida. Ya  
no la tengo, se me perdió por ahí y nunca apareció. Pero lo definitivo es que no puedo escribir sin  
contar una historia. En el caso del cuento hay dos o tres situaciones y pocos personajes, lo cual  
me permite ponderar más la anécdota que el análisis de dichos personajes. En cambio en la  
novela, hago un análisis y una reflexión más profunda de ellos, y puedo abarcar y ampliar más la  
historia. Las dos expresiones me gustan igual. En cuanto al ensayo he escrito poco, solo el  
prólogo al libro La escritura obsesiva de Salvador Elizondo.
La poesía está muy presente en mis narraciones porque en un inicio quería escribir poemas y al  
mismo tiempo contar historias. Esto se debió a mi formación clásica, fui un minucioso lector de  
La Divina Comedia del Dante, de Cartas del Ponto y Las metamorfosis de Ovidio, la Eneida de  
Virgilio, y ya que en sus obras contaban historias en verso, yo quería hacer lo mismo. Cuando  
llegué a México escribía poemas hasta de 50 páginas, pero me dijeron que no era posible aceptar  
textos tan largos pues nadie los iba a publicar en las revistas. Entonces, decidí buscar una forma  
en prosa que eliminara la métrica, los endecasílabos, los alejandrinos, los octosílabos, pero al  
mismo tiempo busqué una puntuación especial para que sonara esa métrica.
A propósito de puntuación, ¿por qué uno de los recursos literarios que más utilizas en tus  
textos es la aposiopesis; esta manera de abordar el texto acaso es un diálogo con la página  
escrita, contigo mismo, o con los lectores?
La aposiopesis es un tropo retórico que se descubrió en el siglo XVI. Una forma que utilizaba  
Gonzalo de Berceo en Los Siete Infantes de Lara. Es interrumpir una idea y luego cortarla para  
continuarla de una manera indirecta. En cuanto al diálogo, por lo general me invento un  
narrador. Este narrador interroga mucho a los personajes y transfiere en gran parte la trama.  
Es el que está siempre en activo. Es un narrador muy cercano a los personajes. Digamos que  
está hombro con hombro con ellos. Y además este diálogo lo hace también con el lector.
¿Cómo surgen tus historias, son vividas, recordadas, contadas por alguien más, escuchadas  
de otras personas, chismes que pululan por ahí? ¿De dónde sacas tanta capacidad para que  
esta información o las ideas originales después se transformen en literatura?
Hay de todo. Algunos asuntos son como caídos de la propia realidad,  hay otros que son la mitad  
nada más, y otros más por imaginación. Tengo muchos demonios.  Los que me asaltan para la  
creación. No sé cómo son ni sé definirlos, pero son cosas que despiertan la imaginación. Rulfo me  
dijo una vez, usted no necesita documentarse en nada, tiene la suficiente imaginación para  
escribir. Por eso no me documento ni me gustan las novelas históricas. Todo lo que remita a un  
documento, no  me interesa. Y cómo se transforman en literatura, no sé. A veces uno desconoce  
gran parte de sus fuerzas, yo solo aplico lo que mi impulso me dicta, lo sigo, voy combinando  
emociones, imaginación, intuición. Como cuando decía T.S. Eliot  que un buen estilo es aquel que  
combina emoción con intuición. Pero en el proceso creativo, primero necesito definir el punto de  
vista de la narración, después la estructura y al final el tema. Si no tengo el punto de vista,  
aunque la estructura sea buenísima, no funciona. Ni funciona la historia. El punto de vista me  
puede llevar hasta seis meses definirlo, o sea que las primeras diez páginas de una novela me  
cuestan meses, hasta que encuentro cómo voy a contar la historia y desde dónde voy a narrarla.
Todo escritor tiene influencias que se reflejan en su escritura. En tu caso, sé que tienes una  
especial inclinación por el italiano Carlo Emilio Gadda y el brasileño João Guimãraes Rosa,  
ambos fundamentalmente narradores.
Cuando los leí me sentí muy identificado con sus textos porque mi sensibilidad se acerca a la  
sensibilidad que ellos también expresan. Al igual que a mí, para estos escritores la literatura  
nace de un juego. Por una parte, Carlo Emilio Gadda me da todos los registros posibles de la  
sensibilidad, y por otra, João Guimãraes Rosa me hace depurar el estilo. Son narradores que no  
tocan la historia directamente sino de forma lateral, y eso me gusta mucho. No afrontan las  
historias linealmente ni inician por el riguroso principio, sino que empiezan por la mitad de la  
historia, o un momento avanzado de la misma, incluso de atrás hacia adelante. Cuando los leo  
percibo un diseño circular. Hay dos libros de cuentos de Guimãraes Rosa que fueron  
fundamentales para mí: Tutaméia y Primeras Historias. De Gada, El zafarrancho aquel de Vía  
Merulana.  
Y de los poetas, ¿por quiénes te inclinas o percibes alguna influencia aparte de los clásicos  
que ya mencionaste?
Me gustan mucho Los Contemporáneos: Xavier Villaurrutia, José Gorostiza. Además Salvador  
Novo y Ramón López Velarde. Me gusta en especial Carlos Pellicer, y aunque es hermético  
también Jorge Cuesta.
¿Cómo surgió tu libro El Límite dedicado a Octavio Paz y publicado en Editorial Vuelta donde  
conviven cuentos y poemas?
Surgió así, espontáneamente. De repente escribí poemas, de repente cuentos y los reuní…  
jugando…
¿Qué te parece la traducción de tu lenguaje literario al lenguaje cinematográfico, como  
cuando se llevó al cine tu novela Una de dos?

Fue muy lejana, la novela es muy diferente a la película. La terminaron como una comedia y en  
el libro es un drama. La película me gustó pero es una cosa muy ligera a comparación de lo que  
yo escribí. La película funciona por sí misma pero completamente distinta a mi novela.

¿Qué sientes al haber alcanzado tantos premios, tantas publicaciones de tu obra en editoriales  
importantes de Europa y traducciones a otros idiomas como el inglés, francés, esloveno,  
finlandés e italiano, o ser considerado al lado de escritores consagrados?

No me siento. Estoy muy lejos de ellos. Si me han dado reconocimientos ha sido por mi trabajo y  
por mi obra. De ninguna manera por mis relaciones públicas ni por grilla, ni por ser escandaloso.  
Solo es por mi trabajo.
¿Qué planes tienes en los próximos meses?
Ya está en circulación tanto en México como en España mi nuevo libro A la vista en Editorial  
Anagrama. Y ya tengo la novela que le entregué a Jorge Herralde, también para Anagrama, El  
lenguaje del juego. Pero ante todo tengo que mejorar de mi enfermedad y de mis ojos.
Cuando impartes talleres, ¿cuál es tu recomendación más importante para los nuevos  
escritores?
Que escriban lo que quieran, y que a pesar de las modas y las corrientes literarias, no se  
despeguen de lo que desean hacer. Que sigan su instinto original, el más natural. Que no copien,  
y si se dejan  influenciar,  reconozcan las influencias,  pero siempre buscando el propio lenguaje.  
El lenguaje personal que da como resultado la creación de un universo  personal.
¿Cómo llamarías al universo personal de Daniel Sada, a qué es a lo que más se acerca ese  
universo?
Mi universo personal es difícil de nombrar. Pero al acercarme a él pienso siempre en la  
creatividad como resultado de mi capacidad de asombro. De estar siempre atento y ver las cosas  
como si las viera por primera vez, como si las inventara de nuevo en cada página que escribo.
Y en ese momento abrí su libro El límite  que me obsequió su esposa y también amiga Adriana  
Jiménez, me fui a la última página y leí estos versos:
¿Quién es el que se fue?
Y la respuesta es de humo

Así el muerto es un dios en su lecho final
Así Dios está muerto por lo menos aquí

Pero allá afuera ¿qué?
Pero aquí adentro ¿cuándo?

Dios quisiera tal vez ser un ánima en pena
y el muerto, ¿yo?,  quien sea, el humo de un cigarro

La duda mientras tanto…
La vida que sea aferra

Nada más, nada menos
por si alguien se anima

será in albis un dios
Sueño de calavera

                                                                                                                                  Andrea Montiel
                                                                                              para la Revista Casa del Tiempo# 55
                                                                                                de la UAM publicada en mayo 2012
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Andrea Montiel Rimoch
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