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DEBORAH MARCOVICH Y SU OBRA



















La artista Deborah Marcovich nace dentro de un hogar ortodoxo en la ciudad de  
Brooklyn, Nueva York. Al dedicarse a la enseñanza, descubrió que el arte convertía todo  
en algo vivo para los niños.  En ese momento se dio cuenta que la pintura era el camino  
para expresar sus sentimientos.

Desde pequeña demostró de manera natural una gran habilidad y destreza en la pintura.   
Ya en nuestro país avivó su sentimiento hacia el arte, y a partir de 1979 hasta 1995,  
estudia con Frecha Kessler, el maestro Tirado, Lily Peña y asiste a la Academia Goya.  Sin  
embargo, sus trabajos más importantes los desarrolla en su estudio privado Quinta  
Deborah de Cuernavaca bajo la influencia de los grandes maestros que ha conocido a  
través de sus viajes y visitas a los museos más importantes del mundo.  De las obras de  
arte en Europa y Norteamérica, y de grandes maestros como Rembrandt, Van Dycke,  
Caravaggio, Leonardo Da Vinci, entre muchos otros, ha tomado influencias definitivas. La  
memoria de algunas famosas obras de estos pintores, ha penetrado en su conciencia e  
inspirado su pincel a través del cual reinterpreta y plasma su propio arte con un estilo  
particular.

Las imágenes de Deborah Marcovich provienen de lo que observa a su alrededor.   
También toma información de la fotografía y de los grandes pintores. Cuando desea  
plasmar un ser vivo, una flor o un animal, captura alguno de sus instantes a través de la  
foto, y lo reproduce sobre el lienzo.  En su estudio de Cuernavaca, basta con mirar a través  
de la ventana para nutrir su imaginación y lograr la combinación de color y la perspectiva  
del cuadro.

Interpretar el trabajo del genio de la creación, de ese trabajo de D-os, cuyo arte nos rodea  
por completo, es lo que hace Deborah Marcovich cuando pinta cuadros de flores,  
colibríes y paisajes.  En ellos viven multitud de flores y libando su miel, el ave más  
pequeña del mundo: el colibrí.... y con el transcurrir del tiempo y de las estaciones,  
aparecen las hojas caídas de los árboles con infinidad de formas abstractas y magníficos  
colores...

Mirar al mundo con el fin de pintarlo, ha hecho que Deborah Marcovich interprete todo a  
través de la intensidad del colorido, la profundidad de las sombras, las formas y los  
contenidos de los conceptos y temas que imprime en sus lienzos.   Quien posee talento  
para pintar, sólo tiene que observar alrededor y tomar una porción del arte del Creador.

Sus flores, principio pasivo que simboliza las virtudes del alma y la perfección espiritual, y  
sus paisajes rodeados de agua y cielo, siempre surgen entre frondosas naturalezas,  
montañas y bosques pletóricos de árboles, de luz y de imágenes que nos ofrecen ese gozo  
que se encuentra en la soledad de la tierra.  Al pintar, desea que su pintura hable con la  
palabra plástica de su propio lenguaje.  Por ello, sus temas siempre guardan una expresión  
realista y una visión luminosa del mundo.

Deborah ama la materia viviente y de manera especial la exuberancia de los frutos que  
plasma en sus bodegones.  Ramos de rosas acompañando el té y los pastelillos que  
brindan dulzura al paladar y a la vida.  Frutos jugosos cuya presencia en los lienzos  
muestran la abundancia y prosperidad de nuestra tierra. Manjares, vino y panes hechos de  
la semilla del trigo, símbolos de fecundidad con se nutre la existencia. Y toda clase de  
vides, plantas sagradas, que entre sus múltiples significados, han simbolizado al pueblo de  
Israel, de quien cuida D-os como el amo cuida de su viña.

Lo fantástico y abstracto también surge en los lienzos de Deborah Marcovich. La figura  
del caballo, antiguo símbolo del movimiento cíclico de la vida, posee en sus cuadros un  
carácter mágico que se confunde con sus sueños, con la vegetación nocturna, con el brillo  
lunar y con el viento. ...Viento que sopla entre formas caprichosas de múltiples colores...  
...Colores conformando las partes de un rompecabezas que día a día habremos de resolver  
a tiempo...

A través de su pintura, Deborah Marcovich se acerca al tema de los símbolos de la  
religión judía, y así canta y lanza sus plegarias al Señor quien ha esparcido su luz y paz  
sobre nosotros;  plasma la eternidad suprema de la protección de la Torah, el poder único  
en el mundo, que protege y garantiza la existencia integral del pueblo judío; imprime el  
NER TAMID, luz perpetua que removerá la oscuridad y brillará por siempre sobre el  
camino de los hombres en su búsqueda de paz mental y satisfacción espiritual.

Sobre un gran lienzo pinta la rama de Lulav, y al igual que ella, el pueblo judío debe  
caminar siempre firme y erguido, llevar su herencia, su fe y su religión con orgullo, por  
siempre el judío, Alto y erecto, firme e invencible.  Así se espera pacientemente por el  
Shabbat, por ese día en que D-os nos da la paz y el descanso, y entonces nos acercamos a  
los objetos que representan estos momentos sagrados.

En su deseo de compartir la historia de su pueblo y sus valores, e inspirada en los trabajos  
de tinta negra de Gustav Doré, pinta cuadros con la temática de Moisés y Abraham, en  
los cada trazo y pincelada de acuerdo a su propio sentir y estilo:  Moisés y sus  
mandamientos que enseñan las palabras de la Torah al pueblo de Israel, o abandonando  
el sitio donde nació, surge Abraham, primero de los Patriarcas, padre del que es  
engendrado todo el pueblo de D-os, y por quien se bendecirían todos los linajes de la tierra.  
Asimismo, surgida de su imaginación, pinta la Leyenda de Jonás y su viaje en el vientre  
de la ballena hasta ser arrojado fuera de las aguas del mar.

En sus retratos, reproduce, con gran talento, la imagen de los seres amados que la  
rodean y el rostro del rabino Menachem Schneirsohn quien  ha sido siempre su guía  
espiritual.

Los personajes de los cuentos y leyendas judías de la Europa Oriental antes de su  
destrucción, emocionaban profundamente a Deborah desde que era niña.  Esto despertó  
su deseo de recrearlos sobre el lienzo, y con su pintura, nos transmite una vívida imagen  
de estos mundos: personajes envejecidos y tristes; trabajadores extrayendo agua de los  
pozos; un niño con el miedo a cuestas que debe partir por caminos difíciles, pero siempre  
con la esperanza luminosa de un mañana, de un mañana que busca una hermosa y  
placentera reunión de las voces del mundo en el canto y la danza;  la travesía de un  
barco y su navegar hacia nuevos horizontes con la luz de D-os como la eterna guía.

Al preguntar a Deborah Marcovich sobre sus obras y su sentimiento acerca del arte de  
pintar, nos dice:

A través de la pintura deseo compartir mis gozos, miedos, y pasiones, los valores de mi  
gente, sus alegrías y contradicciones.  Si un método o una técnica me funciona, la utilizo.   
Me encanta imaginar la belleza d los contrastes, del color, y cuando trabajo, me  
encuentro a mí misma frente al mundo del arte.  Si esto no sucede, no es el momento de  
pintar.  Mi mayor gozo es tener entre mis manos un buen pincel y deslizarlo sobre la  
superficie del lienzo obedeciendo el impulso de  mis manos.


                                                                                                                      Andrea Montiel

                                                                           Texto para el video y exposición de la artista
                                                                                       en el Centro Deportivo Israelita 1999
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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