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Carlos Wilheleme   El jardín del deseo

                                        O la voz misteriosa de otros seres…

Al terminar de leer el libro El jardín del deseo de mi amigo querido Carlos Wilheleme me pregunté: ¿será que las flores, frutos y plantas se habrán mudado al mundo de Carlos, o Carlos decidió vivir un lapso en el universo vegetal, y así aprender el idioma de las flores y los arbustos, ese lenguaje verde y colorido de las plantas y frutos, e incluso de algunos animales e insectos?  Aún no me respondo.  Pero de lo que estoy segura es, que para escribir los poemas de este libro, seguro que ocurrió una mudanza, una mutación, una especie de metamorfosis de ambas partes para lograr comunicarse.  Sólo así me explico cómo el olor de la caña y el rocío le invitaron a amanecer de otra manera y escribir con lágrimas de grafito o tinta El jardín del deseo. Seguramente se internó en una especie de microcosmos que lo empequeñeció para estar a la altura de un bonsái, de los trozos de aire, de las emociones de las flores y los peces.  

A medida que leía, recordé a mi amado y maravilloso libro de El Pequeño Príncipe de Antoine de Saint-Exupéry, con sus boas devorando elefantes, el carnero, los planetas y asteroides mágicos, los inmensos baobabs, y especialmente su flor, aquella flor del Principito, despeinada y vanidosa a quien cumplía caprichos pero él era demasiado joven para saberla amar.

El jardín del deseo es un libro escrito a través de infinidad de metáforas continuas que lo convierten en una frondosa alegoría. Con este recurso literario, Carlos representa sus ideas, sentimientos y emociones, y expresa sus experiencias humanas, entre analogías, semejanzas y afinidades con el mundo vegetal y su jardín pletórico de seres. 

Como nos dice Pedro Calderón de la Barca:

                                  La alegoría no es más
                                  que un espejo que traslada
                                  lo que es con lo que no es,
                                  y está toda su elegancia
                                  en que salga parecida
                                  tanto la copia en la tabla,
                                  que el que está mirando a una
                                  piense que está viendo a entrambas.

Y así, entre alegorías y prosopopeyas o personificaciones, otro recurso literario que aparece a todo lo largo del libro, Carlos le atribuye cualidades humanas a las plantas, animales y elementos de la naturaleza. Pinta con palabras el paisaje, y retrata las conversaciones y emociones del mundo vegetal y frutal del cual el poeta forma parte.  El mar es un jardín que cultiva con sirenas, serpientes y tortugas, y lo mira con ojos de niño-viejo mientras se esconde en la arena y la espuma, y mar y poeta cantan juntos. Él mismo se convierte en el miedo de una flor, y con su silencio observa el respirar de las piedras, el viaje aéreo de las hojas caídas de los árboles, él, un habitante más de paraísos repletos de matorrales y escandalosos vientos.  Nos habla de las hazañas y aventuras de prados donde escucha los sermones de las bellotas y los cactos y sus protestas respetuosas, a la vez que su altanería y su soberbia que se parece a aquella de los hombres.

El mundo poético de El jardín del deseo, no se refiere a aquel del conocimiento popular que surgió desde la antigüedad, en Oriente, y que se ha transmitido de generación en generación y de cultura en cultura, pasando por el Antiguo Egipto, la Edad Media, el Renacimiento, hasta llegar al Romanticismo, época en que tuvo su máximo apogeo.  No.  No se refiere a aquello donde se dice que las flores cuentan con un lenguaje propio, que con cada una de ellas podemos transmitir un mensaje diferente, o que significan una noble vía para dar a conocer y entregar sentimientos.  De eso no se trata.  Ni de que la rosa roja es sinónimo de amor, la amarilla de amistad, la blanca de miedo, la rosada de indecisión.  No.

El jardín del deseo
es para Carlos un oasis, un trozo de su destino donde se observa a sí mismo a través de otros seres, y se convierte en profundo escucha de formas de vida que, como humanos, nos pueden parecer lejanas, extrañas e indescifrables.  En este jardín, las flores olvidan sus nombres, deciden ser cierta flor y no otra; los astros cambian de vestuario, los animales conversan con los insectos, y mientras tanto, nocturnamente, el poeta vaga entre cantinas y la música de las peñas, buscando caricias y también la nostalgia de los domingos de antes.  Se enamora de lo que mira, de muchachas con tacones, de mujeres con hábitos, de cuerpos esculturales, de la risa de sus propios deseos. También llora la humanización de vegetales delicados o robustos que terminan vendiéndose en algún puesto del mercado. 

Su poema: El doctor y la luciérnaga me hizo recordar la carta del tarot: EL ERMITAÑO, un hombre anciano que levanta en su mano derecha un farol de luz, mientras con la ayuda de un bastón recorre el sendero del conocimiento en búsqueda de respuestas trascendentales.  Así, El doctor y la luciérnaga es un poema que va tras la luz para entender los rincones donde habita el horizonte y los atardeceres, y pide a las luciérnagas que alumbren sus caminos, sus preguntas y ese anhelo por entender a otros.

Con el hermoso recurso literario llamado sinestesia, donde una imagen o sensación subjetiva propia de un sentido determina sensaciones que afectan a un sentido distinto, Carlos detiene el tiempo para mirar la música, escuchar el paisaje y esculpir el jardín con sus deseos. Y aunque tener sueño y soñar es muy distinto, quiere caminar dormido, en su Jardín sonámbulo donde nos dice, y cito:


                                  … alcanzo a saber lo que hice
                                  por la desvelada amapola,
                                  quien pone pantuflas de tierra
                                  que dejan rastro, que dejan huella,
                                  de lo que suelto al azar.

                                  Es una vida dormida
                                  la del que solo camina
                                  que contagió este jardín.     
termino cita…

El poeta es un confesor que al mismo tiempo se confiesa ante flores exóticas como las orquídeas y tulipanes, las amapolas y los lirios, la flor de lis, las begonias, a quienes manifiesta su misterioso deseo de dormir con ellas abrazado. Y para hablarles ha de volverse flor, sentir, vivir, morir como lo harían las flores, los frutos, las cigarras, los escorpiones, y crecer y florecer a su manera entre sol, agua y abono.  Al mismo tiempo, cada flor, cada árbol, lluvia y roca, cada elemento de la vida  agua-aire-tierra-fuego, se humanizan a lo largo del libro, son compañeros cómplices y testigos del sentimiento del poeta, de sus emociones en contrapunto, porque graciosamente nos hace imaginar a través de un loro insolente y un pozo chismoso, cómo se defenderían los frutos frente a los insultos y con toda la soberbia a cuestas, pues saben que algún día habrán de ser arrancados de su mundo y llevados a otro al que no pertenecen…

Y para amar, el poeta pide complicidad a las sombras de los árboles, a la tierra, al pasto, a las hormigas, al aire y las lunas, y entonces, entre gusanos que observan y azotadores testigos, en su jardín del deseo surge, el amor decidido, el amor indeciso, la fantasía, la entrega, el orgullo y la ternura.  Nos hace sentir el sol, el calor, la asfixia, el temporal del mar y el viento, y la presencia de algo que se aproxima, un presentimiento de lluvia feroz e inhóspita:  un huracán, el Wilma, que azotó Cancún en los días de octubre de 2005, cambió la vida de todo y todos quienes lo vivieron, y como lo describe Carlos, hasta las águilas perdieron el equilibrio de sus vuelos, el viento clavó puñales en las piedras y las feroces ráfagas dejaron un territorio nauseabundo, fétido, impuro.  Y cito:

                                  Garigoleados agridulces eran los colores de la muerte
                                  y sus venas los tentáculos de la sombra
                                  del almizcle y adobe su sangre
                                  y en tan siniestra mirada yacía
                                  el almanaque de la historia perdida.   
termino cita…

Los vientos destrozaron aquel jardín que aprendió a llorar,  surgió el desencuentro de los amantes y todo quedó devastado, todo se tornó soledad, desolación y muerte.  Hay que abandonar la tierra amplia y frondosa, y aquel espacio lleno de amigos árboles, flores y animales. Hay que dar paso a las despedidas, el deseo se ha secado y los habitantes ahora sólo exhalan desilusión y reclamos. Al olvidarse de sí mismo en aquel tiempo, el poeta también decide partir.  Y entre flores de cempasúchil habla de la muerte, una muerte sin título, sin boleto, reseca por el otoño, e invoca a la soledad diciéndonos: nadie se encuentra solo/ a menos que quiera estarlo.   

Sin embargo, algunas páginas del libro guardan secretos para los lectores.  Por una parte, quedan las misteriosas memorias que escribe en su poema Nido de golondrinas, en el que nos habla de una niña que dio al musgo en prenda, con quien aprendió a ser un buen padre y terminó viéndose como su  hijo.  Y por otra parte, un misterio que parece develarse:  tal vez, la forma de escuchar la manera en que nos hablan los arbustos, los animales y las flores, sea tan sólo percibir la sutileza con que se mueven, nos miran o "aroman" nuestros caminos, y, tal vez la forma de hacernos escuchar por todos ellos, sea reconocer nuestra melancolía de ser tan sólo humanos.

Ya alejado del paraíso, del verdadero sitio al que pertenecen los seres vegetales, aparece la ciudad, aunque también con plantas que son capaces de hablar de esa ciudad de humos grises, banquetas, antenas y luz eléctrica.  Plantas y flores que cambiaron de domicilio: de un amplio jardín, a las macetas…   Así, El jardín del deseo de Carlos Wilheleme finaliza con estos versos que sin duda poseen una profunda nostalgia:  y cito:

                                  Aquí me encuentro en la ciudad
                                  encaramado en sus avenidas
                                  esquivando algunos autos y deteniendo semáforos
                                  para llegar a ti con historias de idiomas lejanos
                                  con códigos de convivencia distintos al nuestro,
                                  y con la noticia de que la más bella flor que podemos oler,
                                  es nuestra alma a flor de piel.

Gracias Carlos por este tu primer hijo de tinta y papel que inicia sus pasos, un libro que espera des a luz muchos hermanos libros más, de hoy a siempre…


                                                                                                                     Andrea Montiel

                                                                                       
(Palabras en la presentación del libro
                                                                                          en la Cafebrería El Péndulo Polanco
                                                                                                                             abril 28, 2009)
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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