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                                                               Capítulo VI

Mi primer cumpleaños fuera de casa

Cerca de la escuela militar había un pequeño aeropuerto y una pista de aterrizaje para los aviones rusos. Una noche
despertaron a todos avisándonos que estaban por llegar los nuevos aviones que fabricaban y salían de Siberia, lugar
donde también se manufacturaban tanques y gran parte del armamento utilizado por el ejército. Era necesario limpiar la
nieve que había caído durante la noche sobre la pista del aeropuerto. Ese día, 21 de febrero, no lo olvidaré nunca.
Coincidió con mi primer cumpleaños fuera de casa y lejos de la familia.

     Nos transportaron en camiones a más de treinta kilómetros hasta llegar al campo abierto de aterrizaje. La nieve
tenía una altura de cincuenta centímetros, y para los aviones era imposible descender en esas condiciones. Se les dio el
aviso de esperar hasta que tuviéramos limpio el terreno. Con picos y palas comenzamos a retirar la nieve. A toda
persona que encontramos en el camino, la unimos para que nos prestara ayuda y así terminar más rápido la limpia. 
Los hombres estaban en el frente, la mayoría eran mujeres y muchachos de diez y quince años. Como el enemigo
sabía que este lugar era un campo militar y sitio de aterrizaje para los aviones rusos, lo bombardeaban frecuentemente.
Antes de comenzar el trabajo, mientras me vestía en mi cuarto, no sé exactamente cómo fue que se me ocurrió tomar
una sábana blanca y llevarla conmigo. El comandante en servicio sorprendido me preguntó por qué hacía eso. Sin
dudar le contesté que, si llegaban a bombardear los alemanes me tapaba con ella. Me tachó de loco. No me importó.
Increíble, pero este simple hecho me salvó la vida. Pasó una media hora en la que habíamos limpiado alrededor de tres
kilómetros. A lo lejos escuchamos poco a poco como se acercaban los aviones alemanes que comenzaron a
ametrallar por todas partes. De inmediato me tapé con la sábana blanca y entre la nieve, también blanca, no me vieron
y me salvé de las balas.
  
     Cuando todo pasó, alrededor mío había una cantidad increíble de heridos y muertos entre civiles y estudiantes de la
escuela. El griterío y los gemidos de dolor eran terribles.    En el ataque no usaron bombas sino únicamente metralletas,
aun así dieron muerte a muchísimas personas. Ahora, para recibir a los aviones rusos, el trabajo era no sólo quitar la
nieve sino los cadáveres que estaban por todas partes. Era un panorama pavoroso. Los aviones rusos daban vueltas y
vueltas mientras tenían gasolina hasta que pudieron descender.  

La retirada junto con los gitanos

Mientras limpiábamos el campo de nieve de cadáveres y heridos, pasó una caravana de gitanos, hombres, niños y
mujeres, montados a caballo y en carretas. Esta gente nos ayudó a levantar a los lesionados. Cuando terminamos,
recibimos la orden de no regresar a la escuela. Los alemanes estaban avanzando. Comenzamos a caminar en sentido
opuesto. Los gitanos se unieron a nosotros hasta que encontramos un bosque y una montaña que escalamos hasta la
cima. Los gitanos dejaron sus caballos y carretas al pie del cerro y sólo su gente ascendió con lo que podía cargar,
sobre todo a los niños, y nuestro grupo, con las armas que portábamos y algunas metralletas. Cuando pasamos la zona
boscosa y llegamos a la cúspide, nos topamos con una planicie. Los alemanes todavía no arribaban ni se hubieran
atrevido a subir por aquel sitio. Desde allí los podíamos controlar con nuestra artillería liviana. Además al llegar y ver
los caballos y carretas al pie de la montaña no se interesarían en subir ya que significaba la presencia de gitanos.
Nunca supieron que nosotros nos encontrábamos con ellos.
   
     En este lugar estuvimos durante dos semanas.  Éramos alrededor de dieciocho militares, y yo comandaba a los
soldados. Para tener comunicación, esperar órdenes y guarecernos, nos mandaron un radio y tiendas en las que nos
acomodamos lo mejor que pudimos.   Además, contábamos con teléfonos de campo y un pulsador telegráfico. La
gente que trabajaba a mi cargo interpretaba las claves de líneas y puntos, con el fin de recibir y enviar informaciones.
Aún nevaba. De igual forma, cuando los gitanos observaron que los alemanes se habían retirado, bajaron a recoger
sus tiendas para protegerse. 
     Mientras tanto, en el campo de aterrizaje, los camiones que nos transportaron tampoco regresaron a la escuela. Al
igual que nosotros, avanzaron hacia el lado contrario, llevando los cadáveres de las personas que fallecieron durante la
masacre de los alemanes. Por la noche había guardias vigilando el lugar con binoculares especiales para ver con
claridad sus pasos. Avanzaban, sí, pero no en ese rumbo boscoso. Sin embargo sabíamos que rondaban espías por
todas partes preparando su ataque. No dejaba de nevar, y en poco tiempo, el camino y pista de aterrizaje que
limpiamos, de nuevo se llenó de nieve. Aun así, llegaban camiones con combustible especial para los aviones que lo
requerían. 

La gitana Rita

Este pequeño lapso de vida en la montaña y la convivencia con los gitanos fue muy interesante. Tenían un jefe, un
patriarca cuyo voto y decisiones eran definitivas. Entre la gente había hombres rudos, mujeres dotadas de gran belleza,
y niños muy hermosos que en su mayoría eran robados y andaban sucios y harapientos. Tocaban música y cantaban
desde que entraba la noche hasta el amanecer.  Una ocasión, después de la comida, comenzaron a sonar los violines,
una maravillosa voz y el baile enigmático de una gitana bellísima que se acercó a mí colocándome su pañoleta
alrededor del cuello y tapándome la nariz y la boca.    Cuando levanté la cabeza y la vi, mi sorpresa fue total: ¡qué
ojos, qué mujer!  Pero su ropa harapienta y lo que traía encima no dejaban ver su figura. El rotundo atractivo estaba
en su rostro. Cantaba y bailaba acompañándose con una pandereta y, dirigiéndose a mí con insistencia, cantó
canciones de amor que no entendía, pero su preciosa voz me cautivó.
 
     El frío calaba, para abrigarla, me quité el abrigo con forro de borrego y lo coloqué sobre sus hombros. Cuando mis
soldados se fueron a dormir, esta bella mujer se acercó a hablar conmigo. Me quería leer las palmas de las manos. No
quise. Su nombre era Rita, una mujer con un magnetismo tan especial, que me es difícil explicar. Sus ojos me
penetraban por todo el cuerpo y sentía su mirada como un relámpago que me recorría por completo.  Hablaba
rumano y ruso y así nos entendimos. Me contó que venía de Bucarest y pertenecía a uno de los clanes gitanos más
importantes entre los siete u ocho que existían. Para seguir conversando y evitar ser vistos, prendimos unas fogatas
pequeñas. Aun así, el humo se tornaba blanco con el viento que provocaban los chales y telas de su vestido y temimos
delatar el sitio de nuestras presencias.  En un momento me distraje y Rita tomó mi mano, la leyó, y dijo: “vas a vivir
hasta la muerte”. No comprendí su mensaje, pero me sentí extrañamente feliz. Sabía que un día iba a morir, pero
nunca mencionó cómo, cuándo, ni dónde sucedería.

      Al día siguiente me presentó a su hermano, un hombre con tipo de ruso, muy importante en el clan, y quien al
saludar, besó mi mano. Me sorprendí y no supe qué hacer.   Me contó que los gitanos con su cultura y costumbres a
cuestas, eran un pueblo nómada que en un principio fue bien recibido en Europa, pero no tardaron en surgir ciertas
enemistades debido a las marcadas diferencias de su estilo de vida y tipo de sociedad.   Ahora, sólo por ser gitanos,
eran perseguidos por los alemanes que realizaban atrocidades imperdonables con ellos.  En Rumania mataron y
colgaron a su gente a la que no otorgaron perdón posible. Incluso, sin orden ni autorización alguna, fueron ejecutados
sin piedad.    Seguimos conversando por un rato, y en mitad de la plática, me miró fijamente advirtiéndome que era
necesario que conociera la ley gitana. Una ley de sangre que impide que sus mujeres se acerquen a hombres no
gitanos. A ningún ajeno a sus castas le es permitido aproximarse, tener amoríos, contactos íntimos, o aspirar a casarse
con ellas.   Esto lo tenía que saber y respetar sus leyes a como diera lugar. Seguramente se dio cuenta que Rita y yo
nos gustamos y algo podía suceder. De inmediato pensé que si estaba escapando de los alemanes para meterme entre
los gitanos, iba a ser peor. En cualquier momento, si entraba en amores con su bella hermana, sin siquiera darme
cuenta, me aniquilaban. Aún con todo, conocer a esta gente que andaba por el mundo con su propio mundo a cuestas,
me pareció algo digno de conocer.  Decían que buscaban niños huérfanos para llevarlos con ellos, pero no era cierto.
Los robaban a sus padres porque necesitaban incrementar a los miembros de sus clanes, de su raza, de su pueblo,
aumentar su gente a toda costa, porque en realidad eran pocos. Asimilaban así a los niños, enseñándoles sus
costumbres, su forma de vestir, su comida, sus bailes hasta lograr que pensaran como gitanos y siguieran las órdenes
del jefe del clan. 
     El asunto es que yo quería sobrevivir a pesar de la intensa seducción de Rita. Por momentos me limitaba a estar
con los niños, me gustaba escucharlos cantar aunque no entendía su extraño dialecto rumano que me parecía precioso.
Pero no dejaba de atender mis obligaciones al recibir órdenes e informes de los vigilantes del camino, si era abierto de
nuevo o no, si los aviones habían partido o aún estaban en el campo. Aunque los alemanes todavía no llegaban, sus
tanques se aproximaban a nosotros. Fue entonces que recibimos la orden de bajar de la cima de la montaña y
marcharnos. La escuela estaba siendo abandonada y nos enviaron dos camiones para partir hacia otras ciudades.
Después de un tiempo nos enteramos que los alemanes mataron a los gitanos.

     Antes de partir, recuerdo que la gitana Rita quería que la llevara conmigo junto con uno de los niños, pero no
acepté.  Sus leyes me lo prohibían totalmente. Y entre leyes gitanas y leyes militares, no me podía meter en un doble
problema. La bella mujer se me ofreció sin importarle nada, pero al ver mi rotunda negativa, lloró y le pidió a su dios
que me cuidara.   La tentación fue inmensa. Yo era entonces un joven, solo, sin familia, que podía decidir cualquier
cosa, inclusive imaginarme al lado de una mujer que me fascinaba, que tan inmenso calor humano me había dado aún
sin entender realmente su pensamiento, pero no pude. Partí sin titubear dejando atrás su recuerdo y el de este intenso
episodio de mi vida.

La historia de la gitana Aza

De aquella estancia en la montaña recuerdo que Rita me contó, a propósito de los amores imposibles, una historia que
ya en alguna ocasión había leído en un libro y también escuché en Vilna antes de salir a Rusia. Fue un caso tan
comentado que se hizo una película que llamaron: La gitana Aza. La historia sucedió en Polonia y trata de un polaco
de familia aristócrata que se enamoró de una gitana. Ante su sociedad esto era una locura. ¿Cómo escoger a una
mujer que vagaba por el mundo en caravanas de carretas jaladas por caballos, acompañada de gente mal viviente y
otros animales?  Al noble caballero no le importaron los comentarios y se casó con la gitana. Sin embargo, como ella
no era católica, para las leyes polacas este matrimonio no tenía validez. Durante dos meses vivieron su romance hasta
que Aza se sintió emocionalmente abandonada. La gitana se enteró que su marido tenía una amante polaca. Al
comprobarlo, una noche en que su esposo se había ido con aquella mujer, Aza le escribió una carta donde le decía
que, a diferencia de ella que había dejado a su pueblo y su cultura por vivir a su lado, a él lo consideraba un miserable
y lo abandonaba por engañarla. La mañana siguiente lo encontraron muerto y una víbora en su cama. Aza había
llevado a cabo la “vendetta gitana”.  

La verdad de los gitanos

Las tradiciones y actitud cerrada y separatista de los gitanos datan de cientos de años atrás.    Acostumbrados a no
trabajar, al llegar a cualquier lugar, se dedicaban a robar lo que podían, incluso en las casas. La mayoría de esta gente
tenía mala fama y nunca se asentaba en las grandes ciudades, sino en pueblos pequeños ubicados en la campiña.
Instalaban sus tiendas y se ponían a cantar, bailar, hacer acrobacias de todo tipo, y leer la suerte a través de las
barajas o las líneas de las manos. Su extraño atractivo, su vestimenta con faldas largas en las mujeres y camisas
bombachas en los hombres, magnetizaba a gran cantidad de personas. Además por sus actuaciones espectaculares,
mucha gente los veía con interés y les dejaba dinero. A tal grado corrió su popularidad de gente divertida, que
alquilaban sus servicios para amenizar bodas y fiestas. Su astucia en la adivinación y su poder de convencimiento al
predecir la suerte de los demás, los convirtió en reyes de la superstición de aquella época…

                                                                                                                                            ANDREA MONTIEL
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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