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                                                             Capítulo IV
Y me nombraron traductor

Al fin llegamos a un lugar lejos de Moscú llamado Simbirsk.  Cuando comenzó la revolución y ganaron los
bolcheviques, cambiaron los nombres de muchas ciudades, y a ésta la nombraron Uliánovsk,  en honor al primer
nombre del padre de Lenin.   Estaba todo en orden ya que los alemanes aún no habían invadido hasta aquí. 
Bajamos a la gente del tren y la instalamos en escuelas equipadas con techo y camas.  Sin embargo, la
desorganización era total.  De seis o siete vagones, llevábamos a la mitad de las personas caminando alrededor de
cinco kilómetros, y hasta que llegaron soldados de la guarnición, pudimos organizarlos.  Había muchísimos
problemas.   La mayoría de la gente no hablaba ruso.  Aquello era un mosaico de razas y lenguas diversas. Esta
situación me salvó una vez más. Necesitaban una persona con conocimiento de idiomas.   En ocasiones durante  la
noche, me despertaban para traducir a personas e interrogarlas.  Había muchos espías que los alemanes
preparaban para sabotajes, además, gracias al pacto de neutralidad Germano-Soviético, surgieron cantidad de
relaciones comerciales.  Rusia movía hacia a Alemania toneladas de trigo y otros productos, así infiltraban a su
gente por todos lados.   Los rusos que se escaparon en tiempo del zar y vivían en Alemania, y los jóvenes ahí
nacidos que estaban en el ejército alemán, eran utilizados para la infiltración.   Se incorporaban a los consulados y
se dispersaban por el país.   Eran alemanes que hablaban muy bien el ruso.  Un poco después, llegó una orden en la
que requerían una revisión completa al encontrar paracaidistas de la Quinta Columna que estaban en contra de los
soviéticos preparándose para hacer sabotaje y dinamitar trenes y escuelas.  Yo me quedé en Simbirsk ayudando a
la gente. La comida se comenzó a racionar y la vida era miserable.
    
Trabajé en un departamento de investigación de temas relacionados con los partidos alemanes y el nazismo en
general.   Junto conmigo había varias personas, y entre todos, consultábamos libros, estudiábamos el manejo de
armas, el funcionamiento del código militar y cómo ir en contra de las maniobras alemanas. Más adelante me dieron
un nombramiento que me abrió todas las puertas, aunque aún sin rango, hasta ver como me desarrollaba. Tenía un
uniforme semi militar  con una tarjeta que decía “Intérprete de idiomas: lituano, polaco, ruso y alemán”.  El carnet
era importante.  Ya tenía una recámara con estufa para calentarme, un baño y un pase para comida como todos los
oficiales.  Estaba más tranquilo a pesar de la cantidad de ocasiones en que me despertaban a media noche para ir a
alguna prisión a ver personas, interrogarlas y realizar la interpretación de lo que decían. Durante cuatro meses,
noche y día, fui ayudante de uno de los altos jefes dirigente de una comisión que aún no enviaban al frente. Trabajé
intensamente con él interrogando paracaidistas y prisioneros alemanes. 




El hombre de la maleta

Antes de ingresar a la escuela, el panorama en Rusia era un caos pues la guerra llegó de manera intempestiva.  Con
la firma del tratado de paz entre Stalin y Hitler, nadie esperaba que explotara de un momento a otro. Gracias a esta
situación, reubicaban constantemente las escuelas militares y no pude ingresar como lo tenía planeado. Al llegar a
Rusia pensaba que podía estudiar de inmediato pero no fue así, entonces dediqué parte de mi tiempo a conocer
varias ciudades. Como refugiado, al igual que muchas personas, para cualquier sitio se viajaba en trenes, incluso sin
boletos. 
    
Durante un tiempo, visité un lado y otro, y a veces me quedaba en algún lugar que me gustaba.  Un día, en una de
las estaciones ferroviarias vi a un hombre de baja estatura, regordete, ojos azules, calvo, tal vez de un poco más de
40 años que cargaba una maleta.  Se acercó y me preguntó de dónde era.  Le dije extranjero, de Lituania, de Vilna
y comenzó la plática.  Le gustó la mochila que cargaba en la espalda y quería hacer un cambio con su maleta. No
me pareció, además quería darme cien rublos y lo sentí sospechoso.  Era una maleta grande y cuando traté de
levantarla, estaba tan pesada que no pude. Dijo ser un dentista que cargaba sus instrumentos dentales y por eso
pesaba tanto. Yo sólo traía ropa en mi mochila y sus cosas no cabían. El hombre insistió diciéndome que las
acomodaba pero tampoco me pareció. Yo quería conocer la ciudad y me despedí.  Este hombre, con todo y
maleta, terminó acompañándome.  Se llamaba Nikki, y nos conocimos en Kuibishev, ahora ciudad de Samara.
Salimos a pasear varias horas, que se convirtieron en tres días y sus noches.  
    
Nikki era una fina persona. Nuestra conversación fluía y me contó que trabajó en un banco durante veinticinco años
y era originario de Lvov, la capital de  Ucrania.  Yo estuve ahí alguna vez y mi padre en varias ocasiones y le dije
que conocía el lugar. Entre la plática del tercer día y a punto de tomar el tren, los trabajadores de la estación aún
realizaban maniobras para colocarlo en las vías. Al fin, abordamos en el último vagón donde no había nadie ya que
esa parte correspondía al conductor y gente del gobierno. Nikki pagó un buen dinero para ocuparlo por completo.
Incluso colocaron un aviso de “ocupado” y así no entrara nadie. En aquel tiempo, todo se ponía en venta, con
dinero se hacía cualquier cosa. Sin embargo, no entendí cómo pudo pagar los mil rublos que costaba.  Era una
fortuna.   Al fin, decidió enseñarme lo que traía en la maleta y me pidió que no me asustara.   Para mi sorpresa,
cuando la abrió, estaba repleta de billetes de un lado, y del otro, monedas de oro del tiempo del zar de cincuenta
rublos cada una.   No lo podía creer.    
    
Me contó que unas horas antes de la llegada de los alemanes, sacó lo que pudo del banco y escapó con dos
maletas.    Sólo fue posible cargar con una.  A la otra le sacó el dinero y lo metió en una bolsa de tela que quedó
enterrada en el jardín cerca de la casa de unos campesinos donde había pasado la noche.  Con miedo de que se
despertaran, durante cuatro horas cavó el agujero donde sepultó el dinero. Todo salió bien. Cuando terminó de
contarme esto, no sabía qué decirle. Si lo agarraban era hombre muerto, o al  menos, preso por mucho tiempo. Lo
acusarían de sabotaje, de robo al banco, y los demás se quedarían con todo. Confiado, Nikki pensaba que no
pasaría nada, y me invitó a asociarme con él. Con ese dinero tendríamos para vivir hasta el fin de nuestras vidas. Y
en época de guerra, era el mejor pasaporte de salvación. Mi intuición me dijo en ese momento que una asociación
con este hombre significaba un riesgo tremendo.  Y aunque yo no había hecho nada, el sólo hecho de ir en su
compañía, me convertía en su cómplice.   Si lo agarran a él, a mí también. Y, o nos fusilan, o vamos a parar a
Siberia. Además, de acuerdo a la constitución y las leyes de ese momento, las monedas del tiempo del zar en oro
estaban prohibidas.    
    
Los pensamientos revoloteaban en mi cabeza: “Vamos solos en el tren…tengo una tentación tremenda…es mucho
dinero…recuerdo a mi abuela Florence…sus monedas en el banco y los billetes en la casa…qué tontería … este
dinero me puede resolver la vida…pero es peligroso…tengo los nervios de punta…la noche avanza…el lento
movimiento del tren es desesperante…no logro conciliar el sueño…” Por momentos sentí la debilidad de quedarme
con Nikki y al mismo tiempo de irme.  No sabía qué hacer, hasta que al fin me quedé dormido. Al despertar,
recordé haber soñado con una profunda voz que me decía: “ese dinero no lo tocas”, y repetía de nuevo:  ese dinero
no lo tocas”.
    
Desde siempre estuve sujeto a mi intuición en la que siempre confío. La intuición nunca me ha fallado. Así decidí no
asociarme con Nikki. No tanto por miedo, sino porque consideraba que el asunto era un peligro. Si en tan poco
tiempo había escapado de situaciones imprevistas terribles, no iba a adoptar un peligro voluntariamente.  De
ninguna manera. Le pedí que tomara su camino y yo el mío.  Si me convertía en su cómplice, nunca tendría paz.
Además, en Rusia, sólo por robar diez rublos te daban hasta cinco años de prisión, o incluso la muerte. Yo quería
vivir y no arriesgarme por decisión propia. Nikki comprendió mi postura. Me dio dos mil rublos en billetes y nos
despedimos. Pensé que nunca más lo volvería a ver. Años más tarde nos encontramos de manera sorpresiva… 

                                                                                                                                         ANDREA MONTIEL
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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