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                                            NACIDOS PARA SOBREVIVIR
                                                              Capítulo III
Un inesperado trabajo

Sin esperarlo, había comenzado a trabajar para esta comandancia que saldría en tres horas más. Un cable les
informó que el enemigo había cruzado la frontera y se dirigía hacia nosotros. Los soldados desconocían sus
estrategias y era imposible quedarse más tiempo en ese lugar.
 
     Corría el mes de septiembre y comenzaba la época de frío. No había de que preocuparse, la comandancia me
resolvería el problema. Era la oportunidad para iniciar mi entrenamiento militar y la escuela podía esperar. La
mayoría del tiempo estaría aprendiendo de marxismo-leninismo, que en ese momento nada importaba, estábamos en
guerra. Además era una ventaja enorme contar con cierta protección. Sabía que saldría adelante. Si de niño había
sido pescador sin serlo, podía ser militar también. Empecé a tener fe en mí mismo y me sentí muy importante cuando
me dieron un pequeño portafolio para colgar del brazo, igual al que tenían los oficiales para guardar sus planos. Me
proporcionaron una pistola que no sabía manejar y la tenía de adorno. Ya uniformado y con un cinturón de hebilla
grandísima en forma de estrella, regresamos a las oficinas militares de la estación. 
     La gente formaba largas filas frente a los vagones y en cada vagón dos soldados con sus bayonetas haciendo
guardia. Separaban a personas con menos de cuarenta años en unas filas y a los mayores en otras. Me acerque a la
señora con quien había dejado a la niña y no quería encargarse de ella.  Me sentía responsable, y al contarle el
asunto al comandante, me prohibió que la llevara conmigo. ¿Quién la cuidaría si nadie quería encargarse de nadie, y
todo el mundo se ocupaba de salvarse a sí mismo? 

      Convencí al comandante, tomé a la niña y me acompañaron en un jeep a buscar un sitio donde colocarla.
Tuvimos infinidad de problemas, los caminos eran muy angostos y mucha gente quería huir. Angustiados colocaban
sus muebles en las calles esperando algún transporte. En el trayecto encontramos varios gitanos en carretas de
caballos. El comisario del jeep en que viajábamos quería que dejara a la niña con ellos. Los gitanos se detuvieron a
ver qué pasaba y un hombre de alta jerarquía se nos acercó. Hablaban su propio idioma, un poco de rumano,
mezclado con polaco y ruso. Algo de lo que decían se podía entender. Un grupo de chiquillos estaba en una de las
carretas, y cuando la niña los vio, aplaudió feliz entre todos.    Estuve a punto de dejarla, pero recapacité: -entre esta
gente sucia y ladrona, se va volver como ellos-… Además los alemanes mataban a los gitanos con mayor bestialidad
que a los judíos. Cuando vi los ojos de la niña y traté de despedirme, me abrazó con tal fuerza que quise saber cómo
se llamaba. A todos los nombres que dije, contestaba sí y nunca supe cuál era el suyo. El comandante me gritaba
que la dejara con los gitanos, pero la criatura se aferró a mí a tal grado, que me rompió un botón de la camisa y el
corazón también. Decidí que los gitanos se fueran y me quedé con la niña. El comandante me insultó a más no poder.  

     Camino de regreso a la estación, encontramos a una persona que estaba sin comer por más de un día y nos pidió
pan y leche. Pagó algo de dinero y le dimos pan seco, duro como una piedra, el que se conservaba bien y se
acostumbraba en tiempo de la guerra. Preguntamos si sabía de alguien que pudiera encargarse de la niña. Conocía
quien podría hacerlo y nos llevó a una casa abandonada en un campamento fronterizo de soldados del que se habían
llevado a todas las enfermeras y sólo estaba la conserje del lugar, una viejita con problemas en la pierna y caminando
con una muleta. La mujer con toda amabilidad localizó a una profesora de escuela a quien al fin le entregamos a la
niña. No tenían comida y les dejamos algunas provisiones. La niña, cansada del ajetreo, se quedó dormida y ya no
pude ver más sus inmensos ojos azules. Escribí mis datos sobre un papel y pedí que me avisaran de ella. Este
momento de mi vida me impactó tanto, que lo he tenido siempre en la conciencia. Un dolor profundo quedó dentro
de mí, pero sin titubear, tuve que partir de vuelta a la estación.   

     Después de muchos años puse anuncios en los periódicos para localizar a la niña. Tenía esperanzas que en los
comités de Moscú y varias otras ciudades que recibían información de la gente buscada y reclamada la localizaran.
Siempre consulté un sinnúmero de listas que pegaban en los muros de las calles con los nombres de personas que
trataban de encontrar. Ni siquiera sabía el de esa niña, pero siempre quise encontrarla de nuevo.

     Al llegar a la estación, había muchísimos problemas con la gente que no quería quedarse.  El comandante ordenó
disparar tres tiros con la pistola que me habían dado para que se callaran.   Sin tocar el arma, empecé a gritar: “¡Es
una orden, es una orden!”, y junto con otros soldados comenzamos a separar a la gente hasta que logramos
organizarla. Estos refugiados, en su mayoría, provenían de Polonia y Ucrania y, con su ignorancia del ruso y mi
conocimiento de idiomas, pude manejarlos. 

El inicio de mi vida militar

Al principio de mi inesperada nueva vida, no me despegaba del comandante. Entonces no había rangos. Los
uniformes con medallas aparecieron hasta 1943.  Las distinciones comenzaron en el momento en que se ganó la
guerra y como un estímulo para los soldados jóvenes que desde entonces tenían nombramientos, condecoraciones
de oro y uniformes muy elegantes, al igual que cualquier oficial de un ejército. Esto fue necesario para elevar los
espíritus. Por el momento había comisarios y todos éramos camaradas.  Ya en camino empezaron los bombardeos.
El tren se detuvo en muchas ocasiones, los aviones merodeaban por todas partes. Los alemanes se acercaban cada
vez más, y según los cálculos de los oficiales, era imposible que las guarniciones fronterizas sin equipo y sin soldados
suficientes los detuvieran. La guerra que enfrentaba Rusia era totalmente  imprevista.
  
     Arribamos a una ciudad más o menos a ciento ochenta kilómetros de donde partimos. No pudimos bajar. Había
una orden que ningún tren podía pararse, las vías debían estar limpias ya que se esperaba la llegada de trenes con
muchos heridos por los alemanes.  El ejército alemán no atacaba de frente sino que rodeaba por ambos lados en
forma de pinza. Los rusos no estaban preparados para esta estrategia. La llamada “guerra rápida” era una táctica
muy distinta a aquella descrita en todos los libros de instrucción militar desde el tiempo de Napoleón, en la cual, los
soldados con bayonetas iban siempre adelante. Los alemanes avanzaban por los lados y el ejército ruso se vio
sorprendido con su forma de ataque. Por esto, muchos soldados perecieron, su instrucción había sido totalmente
distinta y no había otro remedio que obedecer las órdenes de un plano abierto.

     Proseguimos avanzando con paradas constantes. A veces nos quedábamos en un lugar durante la noche
completa. Las vías sólo daban paso a trenes militares que iban de Rusia directo al frente. Todo se movía muy rápido,
los alemanes se apoderaban del territorio con una velocidad increíble y cada vez estaban más adentro de la frontera.
Era un caos completo, a tal grado que la mano derecha no sabía lo que hacía la izquierda. Las órdenes eran
cambiadas, se perdía el telégrafo, las líneas eran bombardeadas y no había manera de obtener señales. Cada uno
hacía su propia guerra, y durante la noche, era imposible dormir con los estruendosos bombardeos de multitud de
aviones…

                                                                                                                                          ANDREA MONTIEL
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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