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Becky Rubinstein: El vientre de Pandora y caballero de polvoso azul

Dedicado "a todas las Evas", a todas las "madres de los vivientes", y sin duda a todas las mujeres, Becky Rubinstein hace una disección del vientre de Pandora, una Eva diferente de la bíblica, aquella de la mitología griega. Encuentra que ese vientre-caja de sorpresas, está alojado por Lilith, otra Eva más, que es madre de gigantes y demonios según el Talmud y las leyendas rabínicas. Es a través de Lilith, primera mujer de Adán que negó someterse a él y prefirió escapar para vivir en la región del aire, con quien Becky construye -como acostumbra hacerlo- una alegoría en la que nos narra poéticamente su versión de la historia de los deseos y contradicciones que tiene el simple y laberíntico hecho de ser mujer. Mujer-Blanca Nieves, tábula rasa que se arranca la piel, se desnuda, habita ataúdes de cristal y le es "preferible dormir cien años y despertar/roto el hechizo"; mujer-Eva, serpiente, pecadora de un solo fruto, y a quien nada le pertenece, ni siquiera sus propios pasos; mujer-Celestina, abuela, sabia y alquimista de palabras, quien todo ha aprendido de las experiencias de la vida; mujer-Lilith, fuego, dueña del pecado, bruja del cuento, quien se refleja en los espejos pero huye de ellos pues "hablan más de la cuenta/hay que silenciarlos con la huída o con la muerte".

Así transcurre EL VIENTRE DE PANDORA, repleto de mujeres que son muchas y una sola, reflejadas entre espejos que reproducen su verdad, el contenido del corazón y la inconciencia, que aunque oculta se descifra, como lo dice el siguiente poema de Mallarmé: ¡Oh espejo! Agua fría por el tedio en tu marco helado. Cuántas veces y durante horas, desolada De los sueños y buscando mis recuerdos que son Como hojas bajo tu cristal de agujero profundo. Me aparecí en ti cual sombra lejana, Mas, ¡horror!, algunas tardes, en tu severa fuente ¡conocí de mi esparcido sueño la desnudez! Desnudez, sueño y deseo surgen en cada página y se delatan, como lo dice Becky: "en esta Babilonia de apariencias" y en los versos siguientes - y cito-:

"Su voluntad: /abrazar y nombrar las sombras /germen del deseo". "al deseo más silencioso de la noche /cuando las sombras tiemblan/y el sol desaparece"
o estos otros: "y esa calentura que nace tras morder una manzana,/ tras contemplar el fruto oscuro de una higuera." /..."mujeres siempre vírgenes,/aunque más de un hombre las haya penetrado con la mirada."

Seguramente con miradas de caballeros azules, el más profundo de los colores, el más inmaterial y el más frío. Entrar en el azul, dicen algunos estudiosos de los símbolos, es pasar al otro lado del espejo, como Alicia en el País de las Maravillas. Impávido, indiferente, en ningún otro lugar que en sí mismo, el azul no es de este mundo, como tampoco lo es el CABALLERO DE POLVOSO AZUL al que se refiere Becky Rubinstein en la otra parte de su libro. Aquí lo que se busca es un sueño, todo azul en sus costumbres, corazón, hombría, rostro y manos. Un príncipe inexistente que le dé sentido a ese cuento de la vida repleto de vacíos, al que no sea necesario entregar dotes y arriesgue su amor por una dama en los campos de batalla. Un príncipe que no esté en venta, y que desee diluirse con el rosa de princesas también inexistentes, sólo presentes en los recuerdos de la infancia. Pero la fantasía se vale, de ella está hecha la mitad de nuestra vida, y como lo escribe Becky en homenaje a Xavier Villaurrutia: - y cito-

"La voz que madura/ tendió un puente/entre el príncipe y la princesa/ puente de plata para el príncipe/ Huyó en su corcel de sonidos galopantes la princesa cabalga sin palabras/ asegura que los opuestos se atraen/ y que la voz madura "

Y la voz insiste en la esperanza, lo único incorruptible que deja en suspenso nuestras penas. Además, recordemos que cuando fue abierta la caja de Pandora que contenía todos los males, y estos se esparcieron por toda la tierra, la Esperanza fue la única deidad que quedó dentro para consolar a los hombres.

Y a pesar de que los deseos no se cumplen sino sólo en la imaginación, para finalizar, cito a Becky Rubinstein: ¿Cuánto valen tus palabras/ príncipe AZUL?/ Envuélveme tres/ envíalas por correo ordinario/ A las princesas/ nos han enseñado a ser pacientes/ Te espero junto a mi rueca/ si me pincho un dedo/ y duermo una centuria/ despiértame sin prisa/ Los regalos se abren lenta/ silenciosamente/ lo que dura un beso/ Tan sólo cien años...

                                                                                                                     Andrea Montiel

                                                                                        (Palabras en la presentación del libro
                                                                                en La casa del Poeta, 27 de mayo de 1993)
Andrea Montiel Rimoch
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