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Beatríz Duarte: Mami, ¿jugamos a odiarnos?

La madre, simbólicamente, se relaciona con el mar y con la tierra, ya que mar y tierra son receptáculos y matrices de la vida, y al igual que estos símbolos, la madre posee la ambivalencia de la vida y de la muerte. Nacer es salir del vientre de la madre, morir es retornar a la tierra. Por un lado, la madre es la seguridad del abrigo, del calor, de la ternura y del alimento, por contra, el riesgo de opresión debido a la estrechez del medio y el ahogo por una excesiva prolongación de su función de nodriza y guía. Desde este ángulo de visión es quien devora el futuro, y en quien la generosidad se torna acaparadora y castrante. Este segundo ángulo es el que Beatriz Duarte nos ofrece en su novela, Mami ¿Jugamos a Odiarnos?

Desde las primeras páginas, un vértigo de palabras se sucede, un juego de espejos en donde nos dice: "Salí de mí en busca de mi madre. Anduve todos los caminos. Al final, sólo me encontré a mí misma". Así como si ser hija, nieta, bisnieta o madre, estuviera sujeto a una especie de maldición gitana donde el destino se repite.

Con un lenguaje agresivo, resentido y soez, a la vez que intimista, piscologizante y delicado, transcurre una historia, en donde la catarsis y la fantasía se unen, y la realidad real y lo real literario se confunden. Los personajes, reflejo de sus nombres -Clara, Narcisa, Romeo, Lucero, Remedios, Librada, Salvador -, dialogan a todo lo largo del libro sin ocultar la culpa y la penitencia de sus acciones y personalidades. Clara, protagonista de la historia, busca la transparencia entre sus deseos y su desolación; se duele del abandono materno y también lo reclama pues, a pesar de todo, afirma que su maternidad la obliga a continuar su tiempo en la vida de sus hijas.
Pero es el odio, esa actitud emotiva iracunda, acompañada del deseo de perjudicar al objeto odiado, la madre, el sentimiento que se complementa con la inclinación amorosa de Clara hacia su padre, un Complejo de Electra, "freudianamente" hablando, pero en el caso de la novela de Beatriz, ampliado al ámbito de lo familiar. Porque este libro nos habla de la lucha interna de un ser que desciende de dos clanes totalmente distintos, dos familias, que a partir de la unión de un hombre y una mujer, tienen que brindarse a los hijos por accidente histórico y sin haberles escogido.

La narración por momentos describe, a veces dialoga, o es un largo monólogo de Clara, quien a través de su pensamiento escandaloso, nos muestra rostros diferentes y varias voces: aquella conformista que accede a relaciones sado-masoquistas con la pareja, otra que protesta y cuestiona a todos y a todo, o la que nos habla del grupo familiar y sus costumbres barnizadas de reminiscencias provincianas, celos y chismes con los que casi todos están ocupados, no de sí mismos, sino de los demás. Voces que resaltan un erotismo acompañado de profunda insatisfacción sexual y resentimiento, porque en el lecho se tiene, no a un hombre, sino a un macho, un infiel y un cínico.

En muchas ocasiones, el resultado es parecerse a aquello que se odia, ya que la historia familiar es una interminable espiral que recorre los días de una abuela, de una madre y de una hija, mismas voces en diferentes tiempos y un dolor acumulado, no sólo por los años, sino heredado por generaciones. Sin embargo, siempre existe una tabla de salvación: los recuerdos de infancia, los intentos de deshacerse de los fantasmas de la herencia -como los llama Beatriz- y el vuelo hacia uno mismo.

Y así comienza el desfile de los personajes familiares, evocados a través de una pitonisa, entre cartas de tarot y magia, o surgidos del caos del insomnio, esa extraña frontera entre la vigilia y el sueño. El padre, como un cuerpo astral, la madre como algo perdido en desesperado afán de recuperarle. Los tíos, las tías y primas, en un aquelarre de acciones, burdas, vulgares, indeseables, en contraste con esos otros tíos, tías y primos delicados, de actitudes refinadas casi aristocráticas, pero que tampoco dejan de lado los comentarios canibalescos. Así, los rotundos contrastes familiares ocupan varios capítulos del libro, como lo demuestra el siguiente párrafo que resalta un mismo matriarcado con diferentes sesgos:

Cuán diferente ocurrían las cosas aquí. Mientras en mi familia materna el matriarcado hace cera y pabilo del hombre, en mi familia paterna el hombre no olvida sus atributos y no deriva en macho sin causa, por lo tanto, en agresor, en toro que todo lo embista y nada construye.

Así la vida, un erotismo en pleno con el cual la mujer resurge al deshacerse del miedo al placer y ser capaz de sentirse satisfecha aunque sea en sueños, capaz de lograr una especie de exorcismo a través del sexo, de introducirse en sí misma, de limpiar hasta el último reducto del recuerdo, de la experiencia contrahecha y malsana, y romper, al menos un poco, con ese pesado mito de la madre santa, inmaculada, abnegada y perfecta.

                                                                                                                     Andrea Montiel

                                                                                       (Palabras en la presentación del libro,
                                                                          en la Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles,
                                                                                                                  5 de diciembre 1993)
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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