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Aimée Donnat y la búsqueda del tiempo perdido
















     Aprender a mirar el mundo que nos rodea y apreciar la belleza en los paisajes, los  
rostros o los objetos que nos acompañan, han sido las inquietudes más importantes y  
siempre presentes en la vida de Aimée Donnat.
 
     Desde los años de infancia, Aimée observaba a su madre pintar, expresarse sobre  
los lienzos y dar vuelo a la imaginación. De ella aprendió ese amor a lo bello y sobre  
todo a sorprenderse con el maravilloso mundo del color. Para Aimée la pintura es  
fundamentalmente color y su base el dibujo, con el cual comienza a manifestar sus  
primeros pasos que la llevaron a ser la pintora que hoy es. Por muchos años en París  
trabajó con la técnica de la acuarela y más tarde pasó al óleo, técnica con la cual ha  
realizado la mayoría de sus obras.
 
     La vida de Aimée Donnat transcurrió entre dos mundos, México que la vio nacer y  
Francia donde vivió hasta sus años adolescentes. Dos mundos que la hicieron viajar  
con frecuencia y a causa de los cuales experimentó uno de los sentimientos más  
íntimos y profundos: la nostalgia.
 
      Esta añoranza causada por la ausencia de las cosas y personas amadas la condujo  
poco a poco a reproducirlas dibujando, después pintando y así aparecieron uno a uno  
sus cuadros:  "Paisaje en violeta"..."Olivo en Provence"... "Loire"...o  "Les beaux"... en  
contraste con "Xochimilco"... "Iztaccíhuatl"..."Nopal"...y "Tepextlipa"...
 
     Dos mundos a los que Aimée pertenece y de los cuales sus raíces corresponden a  
México y su fuente a Francia, dos mundos que han trasformado su forma de ser y de  
mirar todo lo que pinta.
 
     "Al pintar siempre voy en búsqueda del tiempo perdido", -nos dice- y esto lo  
refleja en sus cuadros, cuadros en los que sin embargo nunca están presentes ni la  
angustia ni la ansiedad, sino más bien nos conducen a un mundo de paz y armonía.   
Una definitiva tranquilidad es lo que Aimée Donnat logra en sus lienzos a través de su  
manejo del color y de la ambientación de los temas que elige.
 
     En su universo pictórico siempre aparecen campos llenos de flores, follajes y  
montañas, caminos que conducen hacia horizontes turquesa, mares tranquilos e  
inverosímiles cielos color violeta.  Aparecen puentes, torres, casas, ríos, mujeres de  
campo y sobretodo  árboles,  árboles de diversos tamaños y formas, esos seres del  
mundo vegetal que no son otra cosa que el símbolo de la vida en perpetua evolución.

     La naturaleza misma de lo vital, de lo cíclico en sus calidades de muerte y  
regeneración, de despojo y recubrimiento, es lo que se expresa constantemente en la  
pintura de Aimée Donnat.  Por ello los campos en diferentes épocas del año, o los   
árboles cubiertos o desprovistos de hojas.  Por ello un afán de comunicación con el  
cosmos en niveles diversos: el subterráneo, reflejado por las raíces de troncos que se  
hunden en la tierra;  el de la superficie que se materializa en todo lo que cubre los  
paisajes; el de las alturas, ya que en la mayoría de los cuadros se expresa la atracción  
hacia cielos cubiertos de nubes y soles. Y no podía faltar la presencia de los elementos  
agua y aire, elementos con los que nos da la principal ambientación de su obra.
 
     Los cerezos, que se manifiestan como uno de los espectáculos naturales más bellos  
en muchas partes del mundo están incluidos en varios de sus cuadros.  En otros más  
aparecen lavandas, lilas, multitud de flores de los campos europeos y flores de las  
tierras mexicanas, flores que reflejan la diversidad del universo en sus formas y  
colores, además de la armonía y perfección que las caracteriza.
 
     Y  ¿cómo inicia Aimée Donnat su acción de pintar sobre un lienzo?
 
   Por el horizonte, por la parte más distante que pueden mirar los ojos, esa línea  
lejana que es el fondo del cuadro, y que paso a paso nos trae el resto de los elementos  
que lo conforman. El momento en que está  terminado es cuando se ejerce la magia  
de poder entrar en él, caminar por él, transitarlo.














     Esta sensación de penetrar por un cuadro es lo que Aimée admira en la corriente  
pictórica impresionista de la cual toma su inspiración y estilo, fundamentalmente de  
su creador y uno de sus principales expositores, el pintor francés Claude Monet a  
quien admira junto con Alfred Sisley y Vincent Van Gogh.
 
     Así, las atmósferas logradas en la pintura de Aimée Donnat, como todas aquellas  
del arte impresionista, se deben a que ella capta sus paisajes al aire libre y con la luz  
de la mañana. En ese momento registra sus sensaciones visuales y sus impresiones.   
Ya en su estudio termina el cuadro con todo eso que su imaginación le permite  
trasladando la realidad al mundo particular individual que posee. Lo más importante  
es pintar no lo que se ve sino cómo lo ve el artista, cómo lo traduce y cómo obtiene  
esa iluminación íntima en sus cuadros.  La conjugación de la luz y el tiempo es  
fundamental ya que a través de ellos se logra el momento exacto de la experiencia  
visual en la cual nunca está ausente el color.
 
     Color, vida y pintura son lo mismo para Aimée Donnat. Lo más importante y  
mágico de un cuadro son sus transparencias y su color, este último considerado como  
el principal vehículo de la emoción humana y de la universalidad geográfica. Por todas  
partes el color existe, sin embargo siempre es distinto, y así lo expresa Aimée al  
pintar los paisajes europeos, llenos de veladuras y con sus características de quietud  
y tranquilidad en contraste con los paisajes mexicanos de colorido rotundo y  
policromía en muchos casos verdaderamente escandalosa.
 
     En la pintura de Aimée es definitiva la presencia de los verdes, azules y violetas,  
colores relacionados con el espacio y el agua, símbolos de la vegetación y ese poder  
sedante y apaciguador característico de los llamados "colores fríos".  No obstante, su  
pintura también posee la otra gama de colores cálidos, especialmente del naranja y el  
amarillo, haciéndonos recordar con su "Campo de Trigo", aquellos trigales pintados  
por Van Gogh.  En sus cuadros titulados "Mis dos mundos", en los que se contrastan  
el trópico americano y un invierno europeo, le da presencia al
sol, a un rojizo sol fuente de luz y de calor vital.
 
     La calidez del colorido también se manifiesta en los paisajes mexicanos que Aimée  
pinta.  Así nos encontramos con campos sembrados no sólo de vegetación sino de  
pequeñas casitas con techos de teja, o mujeres que lavan sus ropas a la orilla de los  
ríos otras más que recorren en sus barcas sitios lacustres, y en contraste un pequeño  
pueblo en Suiza visto por los ojos de una pintora mexicana.
 
     Si recorremos la obra de Aimée Donnat encontraremos que en la mayoría de sus  
cuadros habita la presencia constante de la naturaleza, la luz diurna y lo apacible,  
habita el silencio que se une a un tiempo que con sus pinceles ha logrado detener y  
multitud de caminos solitarios por los que, con un poco de imaginación, es posible  
penetrar.

                                                                                                                   Andrea Montiel  

                                                                                           Texto traducido al inglés y francés  
                                                                                          y publicado en el libro de la pintora  
                                                                                                             AIMÉE DONNAT,1992
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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