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AUGUSTO ESCOBEDO: un desafío a la gravedad por el deseo de vuelo















Acudir a la casa y al estudio de Augusto Escobedo en Cuernavaca Morelos, es  
enfrentarse a un infinito conjunto de estímulos llenos de humor, arte y  
descubrimiento. Cada estancia está ocupada por sus esculturas de formas  
caprichosas, figuras femeninas, parejas abrazándose, o pájaros alzando el vuelo.   
Cada muro asoma una de sus pinturas, o los maravillosos y delicados collages de  
papel de Jody, su compañera. La atmósfera es invadida por la música de Mozart y las  
bromas de Augusto: ésta es la primera obra escultórica de protesta contra  
'prohibido tocar', y entonces invita a nuestras manos a recorrer sus piedras de ónix,  
de mármol, de cuarzo, sus maderas, sus bronces, todo un lenguaje de formas que se  
comunica con nosotros, no a través del intelecto sino de los sentidos.  Porque para  
Augusto el llamado arte contemporáneo nada tiene que ver con significados precisos  
sino con el mundo de las emociones: yo no utilizo mi intelecto cuando trabajo, es mi  
inconciente el que trabaja y aunque me inclino por la filosofía, prefiero vivir la vida  
más que estudiarla.

Cuando Augusto Escobedo trabaja con una piedra por vez primera, todo lo arriesga.   
Nada sabe de esa piedra, sólo ha visto su exterior, una apariencia que lo seduce e  
invita a trabajarla. Entonces escucha la voz de sus instintos y comienza a escarbar,  
pulir, tallar, a dialogar con ella.  Porque junto con ella quiere arribar a algo que ni  
siquiera sabe que es, y cuando termina se da cuenta que todo fue una apasionada  
lucha de sus manos con los materiales. Cada piedra es algo así como un episodio  
romántico con  una mujer, una aventura amorosa similar a aquella del mito de  
Pigmalión que al haber modelado su Galatea, su virgen de marfil, después pidió a los  
dioses que le concedieran por esposa a un mujer como ésta, una estatua viva.

Así, con el amor a la vida como principio, la escultura de Augusto Escobedo deriva de  
su energía erótica, de su impulso sexual logrando con él formas, figuras, contornos,  
volúmenes de sensualidad inagotable. Sus ojos son sus dedos, sus manos que  
necesitan tocar y acariciar como lo haría un ciego.  Con cada piedra, con cada color, el  
sentimiento es diferente, incluso los mismos materiales le dictan diseños distintos de  
magia única.  Esculpir es como vivir, como la vida misma que nunca sabemos cuándo  
comienza, cómo prosigue y dónde termina:  es por la fascinación de este misterio  
que no deseo morir, sino dejar parte de mí con mi trabajo.













Anterior a la escultura, Augusto Escobedo fue taxista, guía de turistas, poeta,  
cantautor y también se acercó al arte de los sonidos.  Estudió piano y composición en  
el Conservatorio Nacional de Música durante tres años y otros seis los dedicó a la  
pintura hasta que -como él cuenta-, visitó un rancho, una planicie que invitó a sus  
ojos a explorarla y percibir su espacio.  Ante él, entre tierra y cielo se abrió un vacío y  
allá en el horizonte, una nube de enormes volutas. Con un mármol trató de  
reproducir aquel recuerdo suspendido en el aire, pero su emoción había  
desaparecido, sólo la luz estaba ahí, tajante, adentro de sus ojos.  En ese momento  
comprendió que la escultura no es copia de la naturaleza, sino que el destino del  
artista es tomarla como punto de partida para crear algo inexistente y con ese acto  
creativo transmitir al espectador, más que una emoción, una conmoción.  Aunque  
este sentimiento sea distinto de aquel plasmado por el creador, lo importante es  
suscitar el interés de quien mira y palpa.  De otra forma el objeto creado deja de ser  
arte. Y ahí está su Nube, plena de cortes, ritmos, curvaturas y envolventes  
volúmenes, nube que se relaciona con la niebla, que constituye parte del océano de  
las 'aguas superiores', el reino del antiguo Neptuno, símbolo de las formas y  
apariencias siempre en metamorfosis.

Y es de este denso material llamado piedra del que surgen un sinnúmero de obras en  
alabastro, ónix, crisocola, cuarzo, mármol combinado con bronce y al que se unen la  
madera de ébano, las resinas, la plata, piedras y metales con las que en un alarde de  
técnica y evitando el rompimiento del material, ha dado a luz su Flor tántrica, sus  
Paisajes Interiores, Echecatl dios del viento, Amor, Selene, Nova, Símbolo, Aniara,  
Amanecer, Guerrero Olmeca, Gema, Saga, formas orgánicas plenas de pureza que  
invitan al ojo a recorrer en una especie de viaje, hondonadas, barrancas, cimas, que  
exploran y se deslizan a través de oquedades donde se percibe el aire dentro del aire,  
el color acariciado por otros colores propios de los minerales, la oxidación y pátinas  
que la naturaleza nos regala.

Anterior a estas formas libres, Augusto Escobedo realizó esculturas figurativas y  
figurativo-expresionistas, deformando el cuerpo humano para representarlo distinto  
de sí mismo y acentuar la emoción contenida en piezas tales como Pareja de  
amantes, Adán y Eva, Amantes sentados, Primeros pasos, La danza, La sirena  
gorda, Cristo iracundo, toda una poesía tridimensional que evoca mujeres media  
luna suspendidas en el aire, mujeres en vuelo, mujeres acariciando sus cabellos, o  
mirando a las estrellas, o retratos hiperrealistas, retratos psicológicos donde refleja el  
ser interior de la persona y rostros infantiles que combinan la ternura a imagen y  
semejanza de ese niño añoso que es Augusto.

Para sus manos la experiencia al trabajar con el llamado arte figurativo o abstracto  
es lo mismo, por ello se advierte una gran influencia figurativa en sus piezas  
abstractas, pletóricas de formas femeninas y masculinas, de ese movimiento  
maravilloso de los cuerpos humanos y su interés por el encuentro y las fusiones de  
manos, cabezas, muslos, una especie de ensimismamiento erótico de las presencias  
que al unirse se hacen uno y flotan en el aire.












Metamorfosis de una forma, obra en bronce pulido, es un juego escultórico que se  
inicia en un óvalo con paredes que se repiten, a las cuales se suman otras formas  
verticales que a su vez se repiten a manera de eco solidificado, curvas y rectas que  
nos conducen al recorrido de la mirada en una especie de ritmo musical sinfónico que  
incluye compases, codas y silencios.  Escultura y música unidos, ojos y oídos de los  
espectadores deteniéndonos a contemplar y escuchar el sonido contenido en la  
piedra.

Pájaro lleno de pájaros, es una obra en madera de ébano a través de la cual Augusto  
expresa su rechazo a la ley de la gravedad, ese  castigo que Dios le dio al hombre, no  
el de ganarse el pan con el sudor de su frente, sino el de no poder volar.  Sin embargo  
él vuela con su arte y recuerda a su buen amigo Santos Balmori en aquellos años  
cuando aún estaba entre nosotros:  Santos había cumplido sus 92 maravillosos años  
y una periodista -llamaría yo insensible-, le preguntaba: 'maestro y ahora que  
usted ya cumplió 92 años ¿qué piensa de la muerte?', y Santos como gran Señor  
que era contestó: 'pues la estoy esperando, porque ella me permitirá salir de este  
andrajo para poder volar'...

Más de una veintena de las obras de Augusto Escobedo son esculturas urbanas  
realizadas, como él dice, con limitantes de libertad puesto que son hechas por  
encargo, generalmente de políticos  o de instituciones públicas.  Ejemplos de ellas son  
multitud de fuentes con niños y bustos de figuras históricas que podemos admirar en  
la Ciudad de México, Durango, Tabasco y en el extranjero, en los Estados Unidos y  
Canadá.  Fuentes de diversas dimensiones donde Augusto encuentra que el agua es  
un elemento definitivamente escultórico, un líquido vital maravilloso con el que se  
pueden crear formas infinitas que se combinan con caracoles, anclas, pescadores,  
delfines y peces espada, esculturas que a su vez se integran con el aire y el espacio  
urbano. Tierra, aire y agua están presentes en mi obra, a excepción del fuego y lo  
que aún no he realizado, mi mejor escultura, la que vive dentro de mí y está por  
nacer un día.

Cuando comenzó a esculpir pensaba que su principal razón era trascender,  
sobrevivir, vivir para siempre a través de lo creado, pequeño o monumental.  Sin  
embargo, con el paso de los años, entendió que la vida es efímera y también lo que  
hacemos con ella. Entendió que la trascendencia del hombre no está en su transcurrir  
individual, sino en esa cadena de conocimientos y obras que todos nos heredamos a  
través de los siglos, ya sea con libros, con grabaciones, con pinturas o  
microfilmaciones de alta tecnología.  Entendió que trascender no es lo importante  
sino su amor a la vida, a la piedra y con ella expresar los profundos sentimientos que  
le habitan. Es así como Augusto Escobedo nos ha heredado con su obra, un camino  
más de continuidad al arte escultórico.




                                                                           Palabras de Andrea Montiel para el
                                    "Homenaje al Maestro Augusto Escobedo" (1914-1995)
                                             en la Galería Universitaria Aristos 30 agosto 1995.
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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