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                                         Martirologios del siglo
                                   Homenaje al Marqués de Sade




















                                                                  PRÓLOGO

En cuanto al amor respecta, la literatura mexicana se ha comportado con pudibundez  
v ñoñería.

Quizás haya más erotismo en la lírica barroca colonial que a  lo largo de toda la poesía  
del siglo XIX; también encuentro mayores perversiones, en prosa, entre las monjas  
que narraban sus esponsales con Cristo (el misticismo y el erotismo poseen evidentes  
similitudes) que entre los prosistas del siglo pasado, quienes veían al amor como una  
dolencia romántica o una necesidad (la perpetuación de la especie) realista.  L0s  
naturalistas encararon la pasión amorosa como una enfermedad, no como una  
concupiscencia. Ean los escasos textos narrativos modernistas se atisban algunas  
escenas de erotismo de buena ley.

Santa, la novela de Federico Gamboa  publicada en 1903, es una obra en la que  
abunda la sexualidad y escasea la sensualidad. El erotismo, avergonzado, no se atreve  
a mirarse al espejo.

En la novela de la Revolución, hombres y mujeres estuvieron tan ocupados en la  
diaria tarea de subsistir que poco tiempo dedicaron al amor, el que, entre balazos y  
canciones, ocurre en las cantinas y prostíbulos. De nuevo el erotismo brilla por su  
ausencia, a no ser en ciertas escenas memorables de Pito Pérez de José Rubén  
Romero.

A lo largo de los cuatro tomos de sus memorias (sobre todo en La tormenta), José  
Vasconcelos vive el amor erótico con sorprendente despilfarro. Las páginas dedicadas  
a narrar su romance con Adriana son antológicas. Nunca antes en la prosa mexicana  
ningún autor había sido, por una parte, tan audaz como él y, por la otra, tan eficiente  
al mostrar el amor físico como un dolor por lo intenso de su goce. Si en los años  
treinta y cuarenta su voluptuosidad produjo el escándalo consabido de los mojigatos,  
ahora produce el goce del lector de dos tipos antagónicos: el que le pide a la literatura  
la realización de valores estéticos y el que le pide a las letras (o a sus sucedáneos) que  
lo excite, que lo conduzca a las puertas de la masturbación.

Alfonso Reyes en prosa y verso (sobre todo los que circularon únicamente entre sus  
amigos), frecuentemente y de pasada, se detiene en lo erótico. No se olvide que él era  
un hombre lujurioso por naturaleza.

Reyes es un desperdiciado escritor cachondo. Este desperdicio es un punto malo más  
que se puede agregar en contra de la sociedad burguesa, tan amante de las  
apariencias como enemiga de las oscuridades y demonios interiores.

En las novelas de laboratorio que produjeron los Contemporáneos no se describe el  
amor físico ni el amor pasión. Les interesa el desarrollo de este sentimiento en la  
conciencia de los personajes más que la descripción de este afecto como un juego  
lúbrico en el que intervienen sus criaturas. Fanáticos de la inteligencia, olvidan con  
reprobable asiduidad la exaltación de los sentidos. El homosexualismo de casi todos  
sus integrantes no se atreve a salir del clóset.

En Agustín Yáñez el amor es dulce o, mejor, agridulce cuando se trata de niños; entre  
los jóvenes esta pasión suele ser contraproducente a sus intereses materiales; entre  
los adultos la vehemencia amorosa los lleva a la catástrofe más que a la lujuria. El  
erotismo, sietemesino, 10 sienten y practican un poco más los niños que los hombres  
y mujeres hechos y derechos.

El apocalíptico José Revueltas conoció y padeció el amor en carne propia. Para él,  
amor, alcohol y política (el orden de los factores puede cambiar según el lector)  
constituían la felicidad. En sus obras, el erotismo surge aquí y allá, como poderosas  
manchas de color en un lienzo blanco: no lo rehúye, pero tampoco se detiene  
morosamente en él.

En Juan Rulfo el amor se da en un hombre que desea hasta el delirio a una mujer  
perturbada de sus facultades mentales. Cuando sus muertos vivos hablan de esa  
dolencia lo hacen más con picardía que con erotismo.

Carlos Fuentes en su vasta obra de ficción se ha detenido más de una vez, por  
exigencias del tema, en el erotismo. Lo hace por obligación y no por gusto. Lo hace  
bien, a secas. No recuerdo en este momento una página erótica suya que pueda  
considerar maestra, la que encontraría fácilmente en otros campos. Juan Carda  
Ponce es probablemente quien con mayor complacencia ha tratado en el siglo xx el  
amor como un juego erótico. En su estilo descuidado y reiterativo ha conseguido  
animar escenas libidinosas con evidente maestría. Si no sabe escribir, por lo menos  
sabe cómo crear personajes de tres dimensiones y atmósferas que cobijan  
insuperablemente bien a sus criaturas.

Salvador Elizondo prefiere lo complicado a lo sencillo, lo audaz a 10 timorato. Por ello,  
cuando escribe sobre el amor, le importa más describir los preámbulos eróticos que la  
fase final cuyo único propósito es la reproducción. En algunos momentos de su obra  
más conocida, Farabeuf, el sufrimiento físico, que aparece en escenas en las cuales el  
amor es un festejo erótico, se convierte en una poderosa ayuda para llegar al  
orgasmo.

Los narradores de la Onda y los que viene después de ellos tampoco se distinguen por  
su adhesión al erotismo. Conocen el amor, sus grandezas y miserias, pero, como  
sucede en sus antecesores, es sólo un tema importante entre otros muchos  
fundamentales.

Si saco conclusiones del paseo que he dado en busca del erotismo por las letras  
mexicanas, puedo afirmar que nuestros escritores son tímidos en el arte de ser  
cachondos. Son púdicos, o por lo menos partidarios de que la ropa lujuriosase saca en  
casa, y en privado.

Por este motivo saludo con entusiasmo (más temático que estético) a esta  
compilación de textos eróticos. Necesaria para los profesionales de la literatura,  
espero que reserve a sus lectores unas cuantas horas de lectura lujuriosa y  
placentera.

Hoy en día el erotismo puede caer en desuso por una razón muy sencilla: ya no  
contraviene rígidos códigos de comportamiento ético y, lo que es más, a muy pocos  
escritores les importa que la Iglesia católica lo considere un pecado mortal.

En estos días en 'que ya no cuentan las prohibiciones y los pecados (el erotismo  
alcanzó sus páginas supremas cuando transgredía un ordenamiento dela moral  
católica), puede transformarse lisa y llanamente en pornografía: gimnasia sexual que  
al estar desprovista de contenido erótico-espiritual sólo conmueve a los seres débiles  
e ingenuos, Es tan inocua como masticar chicle y beber avena por las mañanas.

                                                                                                                   Emmanuel Carballo



                                                 Cuento publicado en la antología:
                                                      Martirologios del siglo
                                              Homenaje al Marqués de Sade
                                                                         Carmen Nozal y Paco Pacheco
                                                                                       (compiladores)
                                                                Universidad Autónoma Metropolitana
                                                                                  Unidad Azcapotzalco
                                                                                                       y
                                                                                         gato encerrado
                                                                                                    2001


 


                                                        ALGUIEN TE BUSCA


001, marca estos números en tu teléfono.  001, ahora cuelga y sonará como si alguien te  
llamara, sonará hasta que lo contestes.  Al contestar escucharás en la bocina un sonido  
penetrante, un chirrido eterno.  En realidad no es nadie, nadie llama, pero te diste el gusto  
de escuchar tu teléfono sonando como si a alguien le importaras, como si alguien  
insistentemente estuviera buscándote por toda la ciudad.  Sí, en realidad alguien te busca.  
Por ahí me han dicho que al marcar 001, los teléfonos suenan porque están interceptados.   
¿Por qué te espían?, ¿qué has hecho para interesarles a aquellos que investigan?.   001, ¿
dónde has estado metida?, ¿en qué trabajas?   001 y saben lo que dices, se enteran también  
de lo que haces. Tus llamadas ya quedaron registradas en la central telefónica.  Cada  
conversación tuya sitiada en una grabación, en una especie de cárcel auditiva.  001, tu  
teléfono está interceptado, para saber todo de ti.  Un extraño te mira cuando te escucha.   
Un extraño te desea sin conocerte.  Tienes miedo, estás nerviosa, te han descubierto y  
despavorida quisieras cambiar de número, de dirección, de rumbo.  Bien sabes que aquí  
desnudo está quien más se abriga y deseas que nadie sepa de ti ni de tu paradero.  Pero lo  
que sucede todos lo saben.  Tus perversiones anotadas en esa lista inmensa de espías  
telefónicos.   001, tu descaro, tus ansias, tus excesos.  Tus mentiras capturadas por el eco  
de tu voz en la distancia.  001, no llores, ten calma, nadie sabrá a través de tus palabras lo  
que ya has decidido.  Serán sólo sospechas, interpretaciones, no existe nada por lo cual  
preocuparse.  001, marca tu teléfono y deja que suene, suene, suene hasta el cansancio, así  
creerán que no estás en casa y dejarán de llamarte algunos días.  Pensarán que estás de  
viaje, en cualquier sitio fuera de su alcance.  001, cálmate y deja que el ring del teléfono le  
rompa el tímpano al vecino.   Déjalo sonar, sonar, sonar para no sentirte a solas.  Ahora  
dirígete a tu alcoba, siéntate y escribe la carta para Mario, cuéntaselo todo y dile que tus  
orgasmos auditivos eran inevitables y esa inmensa lista de hombres sólo un delirio  
producto de tu invento.  Entra en el baño, abre el gabinete, ahí está el frasco, el vaso con  
agua.  001, el teléfono suena, suena, alguien te busca, no estás sola.  Recuéstate sobre la  
cama.  Lentamente hasta acabártelas ingiere las píldoras una por una.  Imagina cada  
escena de nuevo, abraza tus almohadas, muérdelas, acaricia tus senos, tu sexo.  001, el  
teléfono sigue sonando no estás en casa, acaríciate, no estás sola, acaríciate, no estás.  001,  
001, 00, 00, 0, 0.0......


                                                                                                                          Andrea Montiel
Andrea Montiel Rimoch
Andrea Montiel Rimoch
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